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De la *** práctica de la oración (San Buenaventura)

1) Debes pensar igualmente cuánto te has alejado de Dios por tus pecados, tú que estuviste antes tan cerca; lo desemejante que te has hecho de él, tú que eras tan semejante; lo hermosa que tu alma era en un tiempo, y ahora qué indecente y fea. ... y como María Magdalena, bañar con lágrimas los pies del Señor.  2) ... ha de agradecer con humildad a su Creador los beneficios que ha recibido de él y aun aquellos que le quedan por recibir... que te eligió para una altísima y perfectísima religión y que, además, sin que te esfuerces, te ha nutrido y te nutre; agradécele que por ti se hizo hombre, fue circuncidado y bautizado; por ti estuvo pobre y desnudo, fue humillado y despreciado; por ti ayunó, sintió hambre y sed, trabajó y se cansó; que por ti lloró, sudó sangre, te alimentó con su cuerpo santísimo, te dio a beber su sangre preciosísima; por ti soportó bofetadas, esputos, burlas y azotes; que por ti fue crucificado y herido, sufrió una muerte ignominiosa y amarga para redimirte; p...

Vaso en que se recoge la gracia del Espíritu Santo

 Pues la oración es como un vaso en que se recoge la gracia del Espíritu Santo de la fuente de la sobreabundante dulzura que es la Santísima Trinidad... Escucha de nuevo: oración es la orientación del alma a Dios... cuando estás orando entra con tu Amado en el aposento de tu corazón, y allí sola morar solo con El. San Buenaventura, Experiencia y teología del misterio, Biblioteca de autores cristianos, Madrid, 2000, p. 249.

La Sagrada Escritura nos enseña cómo volvernos puros, iluminados y perfectos

... la Sagrada Escritura, que nos enseña cómo volvernos puros, iluminados y perfectos, y esto según la triple ley en ella transmitida, es decir, la ley de la naturaleza, de la Escritura y de la gracia; o mas bien según las tres partes principales de ella, a saber, la ley mosaica purificante, la revelación profética iluminante y la doctrina evangélica perfeccionante; o mucho mejor aun, según su triple sentido espiritual: tropológico, que nos purifica para vivir honestamente; alegórico, que nos ilumina clarificando la inteligencia; anagógico, que nos perfecciona con el éxtasis, haciéndonos gustar las suavísimas delicias de la sabiduría, de acuerdo con las tres virtudes teologales mencionadas, con los sentidos espirituales reformados, con los tres excesos referidos, y con estos actos jerárquicos por los que logra nuestra alma volver a entrar en sí misma para contemplar a Dios en esplendor sagrado (Sal 109, 3) y  en ellos, como en un lecho, dormir en paz y descansar (Sal 4, 9), porque ...

Aprende a amar 1

O también, como expresa san Bernardo: «Aprende de Cristo, alma cristiana, de qué forma debes amar a Cristo. Aprende a amar de manera dulce, sabia y fuerte: dulcemente, para que todo otro amor sea insípido en razón de su amor y sólo él sea para ti como miel en la boca, melodía en el oído, alegría en tu corazón; sabiamente, para que tu amor se encienda siempre en Cristo y nadie más; fuertemente, para que tu fragilidad pueda soportar alegremente durezas y asperezas por aquel amor, diciendo: Mi esfuerzo dura apenas una hora, y aunque fuera más, no lo siento por amor.» San Bernardo citado en  Experiencia y teología del misterio de San Buenaventura, Biblioteca de autores cristianos, Madrid, 2000, p. 124.

Las tres partes del templo

Las tres partes del templo representan respectivamente, según nuestro autor,  el conocimiento de Dios en el mundo externo (atrio), en el alma (santuario) y en la contemplación mística (Santo de los Santos). San Buenaventura, Experiencia y teología del misterio, Biblioteca de autores cristianos, Madrid, 2000, cita 60, p. 29.

Nadie conoce los secretos de Dios sino el Espíritu de Dios

Llena de todas estas iluminaciones intelectuales, el alma es inhabitada, como templo de Dios, por la sabiduría divina, convertida en hija de Dios, esposa y amiga, hecha también miembro del cuerpo místico, hermana y coheredera de Cristo, su cabeza; es elegida templo del Espíritu Santo, fundado en la fe, elevado por la esperanza y consagrado a Dios con la santidad del cuerpo y de la mente. Todo ello es fruto del ardentísimo amor de Cristo que ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado (Rom 5, 5), y sin el cual no podemos penetrar los secretos divinos. Pues, como de hecho ninguno puede conocer lo íntimo del hombre sino el espíritu del hombre que está en él, del mismo modo nadie conoce los secretos de Dios sino el Espíritu de Dios (1 Cor 2, 11). Enraicémonos, pues, y asentémonos en la caridad, para que podáis comprender con todos los santos cuál es la largura de la eternidad, la anchura de la liberalidad, la altura de la majestad y la profundidad de ...

Jesucristo, mediador de Dios entre los hombres

Ahora bien, ya que donde uno cae allí queda tendido y, a menos que alguno se ponga al lado, ya no ha de levantarse (Sal 40, 9; Is 24, 20), tampoco nuestra alma habría podido alzarse desde las cosas sensibles a la contemplación de sí misma y de la Verdad eterna en ella, si la Verdad misma, tomando forma humana en Jesucristo, no se hubiera convertido en escala reparadora de la precedente, rota por el pecado de Adán. Por lo que, aunque sea bien iluminado por la luz de la naturaleza y de la ciencia adquirida, nadie puede entrar en sí, para tener tus delicias en el Señor (Sal 36, 4), sino por medio de Cristo que dice: Yo soy la puerta, si uno entra por mi estará salvo; entrará y saldrá y encontrará pasto (Jn 10, 9). Pero a esta puerta no podemos acercarnos si no creemos y esperamos en Él, si no lo amamos. Entonces, si queremos gozar nuevamente de la Verdad como en el Paraíso, es necesario entrar de nuevo por medio de la fe, la esperanza y la caridad del mediador de Dios entre los hombres, J...

Al alma humana la deja insatisfecha cualquier cosa que sea inferior a Dios

Reflexiona atentamente con qué nobleza fuiste creada por el sumo Artífice en tu naturaleza, cómo por tu voluntad has sido viciosamente deformada por la culpa, y cuántas veces la bondad divina te ha restaurado por la gracia.  p. 98. Dice Hugo de San Víctor: «Todo gozo, toda suavidad, toda belleza de las criaturas puede ocupar el corazón humano, pero no saciarlo». Y san Anselmo: «Toda la riqueza para mí que no sea Dios, para mí es pobreza». «En realidad -dice san Gregorio en su moral-, al alma humana, hecha para alcanzar a Dios, le deja insatisfecha cualquier cosa que sea inferior a Dios: no le basta, justamente, porque no es Dios». San Buenaventura, Experiencia y teología del misterio, Biblioteca de autores cristianos, Madrid, 2000, p. 101.