Entradas

Mostrando las entradas con la etiqueta Bernardo

Del cómo se sabe

 Como ves, no vale saber mucho, si no se sabe medir la sabiduría. Verás también que el fruto y la utilidad de la ciencia depende del como se sabe. ¿Qué quiere decir eso del modo de saber? Simplemente que sepas con qué orden, con qué aplicación y para qué fin se debe llegar a saber. ¿Con qué orden? Ante todo lo que es más oportuno para la salvación. ¿Con qué aplicación? Con mayor amor cuanto más impetuosamente nos lleve el amor. ¿Con qué finalidad? No por vanagloria o curiosidad, o algo semejante; sino únicamente para tu edificación y la del prójimo. San Bernardo, En la escuela del amor, Biblioteca de autores cristianos, Madrid, 1999, p 139.

El conocimiento propio es un paso hacia el conocimiento de Dios

Y suspirando (el alma), al ver su miseria e incapaz de ocultar su verdadera situación ¿no clamará al Señor con el Profeta: Me has humillado con tu verdad? (Sal 119, 75). No puede menos de humillarse sinceramente ante este conocimiento de sí misma, al verse cargada de pecados, al verse aplastada por el peso de su cuerpo mortal, enmarañada entre los afanes terrenos, corrompida por la hez de sus deseos carnales, ciega, encorvada, enferma, embrollada en muchos errores, expuesta a mil peligros, temblando por mil temores, angustiada por mil dificultades, sujeta a mil sospechas, oprimida por mil necesidades, propensa a los vicios e incapaz por la virtud. ¿Cómo podría levantar altivamente sus ojos y su frente? ¿No se revolcará más en su miseria, mientras tenga clavada la espina? Volverá a las lágrimas, retornará al llanto y los gemidos, se convertirá al Señor y exclamará desde su humildad: Sáname porque he pecado contra ti (Sal 41, 5). Convertida al Señor será consolada, porque es Padre cariño...

Al volver vuelven cantando

Has sembrado para ti la justicia, si mediante el verdadero conocimiento de ti mismo cultivas el temor de Dios, te humillas, te deshaces en llanto, prodigas las limosnas, te entregas a las demás obras de piedad, afliges tu cuerpo con ayunos y vigilias, golpeas tu cuerpo y persistes ante el cielo con tu clamor: todo esto equivale a sembrar segun justicia. Las semillas son las buenas obras, las lágrimas, los rectos afanes. Al ir, dice, iban llorando llevando la semilla. ¿Y estarán siempre llorando? De ningun modo. Al volver vuelven cantando, trayendo sus gavillas (Salmo 122,1). San Bernardo, En la escuela del amor, Biblioteca de autores cristianos, Madrid, 1999, p. 143.

Cuando ** escucho el nombre de Jesús

Cuando pronuncio el nombre de Jesús evoco el recuerdo de un hombre sencillo y humilde, bueno, sobrio, casto, misericordioso, el primero por su rectitud y santidad. Evoco al mismo Dios todopoderoso, que me convierte con su ejemplo y me da fuerzas con su ayuda. Todo esto revive en mi cuando escucho el nombre de Jesús. De su humanidad extraigo un testimonio de vida para mí, de su poder, fuerzas. Lo primero es un jugo medicinal; lo segundo es como un estímulo al exprimirlo. Y con ambos me preparo una receta que ningún médico puede superar.  San Bernardo, En la escuela del amor, Biblioteca de autores cristianos, Madrid, 1999, p. 93.

Te reconfortaré con mis alabanzas

Escucha finalmente a Dios: él mitiga el sinsabor del corazón quebrantado, saca al abatido del abismo de la desesperación, consuela al afligido con la miel de una promesa tierna y fiel, y anima al desalentado. Lo dice por el Profeta: "Moderaré tus labios con mi alabanza para que no perezcas" (Is 48, 9). Es decir:«Para que no caigas en una tristeza extrema al contemplar tus maldades, para que desesperado no te precipites como caballo desbocado y perezcas, yo te contengo con el freno, saldrá al paso mi indulgencia, te reconfortaré con mis alabanzas. Tu que te ofuscas con tus males, sentirás el alivio en mis bienes, al descubrir que es mayor mi benignidad que todas tus culpas». San Bernardo, En la escuela del amor, Biblioteca de autores cristianos, Madrid, 1999, p. 77. 

El que sacia de bienes todos los anhelos

El que sacia de bienes todos los anhelos, será plenitud luminosa para la razón, torrente de paz para la voluntad, presencia eterna para la memoria. San Bernardo, En la escuela del amor, Biblioteca de autores cristianos, Madrid, 1999, p. 79.

Señor, no a nosotros, sino a tu nombre da la gloria

Pero el hombre virtuoso, aquel a quien ni su propio conocimiento le hace daño, ni su dignidad personal le adormece, confiesa sencillamente y dice a Dios: «No a nosotros, Señor, no a nosotros, sino a tu nombre da la gloria» (Sal 114, 9). Como si dijera: Señor, nada nos pertenece a nosotros mismos, ni nuestro propio conocimiento, ni nuestra propia dignidad; todo lo atribuimos a ti de quien todo procede. San Bernardo, En la escuela del amor, Biblioteca de autores cristianos, Madrid, 1999, p. 7.

Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza

¿Quién, por impío que sea, podrá siquiera concebir que la dignidad humana, tan refulgente en el alma, haya podido ser creada por otro ser distinto al que dice en el Génesis: «Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza?» (Gen 1, 26). ¿Quién puede pensar que el hombre pudiera haber recibido la ciencia de otro que no sea justamente el mismo que enseña al hombre la ciencia? ¿De quién, sino del Señor de las virtudes, piensa que ha podido recibir el don de la virtud que se le ha dado o espera que se le de? Con razón, pues, merece Dios ser amado por sí mismo, incluso por el que no tiene fe, pues si desconoce a Cristo, se conoce, al menos, a sí mismo. Por eso nadie, ni el mismo infiel, tiene excusa si no ama al Señor su Dios con todo el corazón, con toda el alma y con toda su fuerza. Clama en su interior una justicia innata y no desconocida por la razón, y le impulsa a amar con todo su ser a quien reconoce como autor de todo cuanto ha recibido.  Pero es difícil, e incluso imposible, qu...

Se le clava en lo más hondo de su alma el dardo del amor

Ve al divino Salomón con la diadema con que le coronó su madre; al Único del Padre cargado con la cruz; cubierto de llagas y salivazos al Señor de la majestad; al autor de la vida y de la gloria clavado con clavos, traspasado por una lanza, harto de oprobios y dando esa vida tan hermosa por sus enemigos. Al contemplar este cuadro, se le clava en lo más hondo de su alma el dardo del amor y exclama: «Dadme fuerza con flores y vigor con manzanas, pues desfallezco de amor (Cant 2, 5).» San Bernardo, En la escuela del amor, Biblioteca de autores cristianos, Madrid, 1999, p. 9.

Un retorno a Dios

 La vida cristiana se puede concretar, pues, en un intento continuo por divinizar la imagen, buscar al Verbo consintiendo a la gracia. La doctrina de la imagen es algo dinámico, un movimiento, una actividad, un retorno a Dios. Este movimiento, cuyo origen y meta es Dios, se realiza por la virtud, especialmente por el amor. Y la virtud supone la ayuda divina, el "apoyo de la gracia". San Bernardo, En la escuela del amor, Biblioteca de autores cristianos, Madrid, 1999, p. XXII.

La salvación consiste en restaurar la imagen divina en el hombre

La salvación consiste en restaurar la imagen divina en el hombre, cuyo pórtico es entrar dentro de sí mismo, «volver al corazón», y su meta la visión: "Dios se deja ver por medio de su imagen renovada en ti". Los Padres explican ampliamente en qué consiste esta imagen divina: en su dignidad real o dominio sobre la creación, en su naturaleza espiritual, su inteligencia y libertad, en la simplicidad e inmortalidad del alma. San Bernardo, En la escuela del amor, Biblioteca de autores cristianos, Madrid, 1999, p. XX.