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Mostrando las entradas con la etiqueta Karl Rahner

¡Haz que yo te ame, Dios mío!

Así, pues, oraremos: «¡Haz que yo te ame, Dios mío! ¿Qué tengo yo en el cielo y qué, fuera de Ti, sobre la tierra? Tú, Dios de mi corazón y mi porción en la eternidad. Que yo me adhiera a Ti. Se Tú, Señor amado, el centro de mi corazón; límpialo para que te ame. Mi dicha sea tu felicidad, tu belleza, tu bondad, tu santidad. Está siempre a mi lado, y cuando sea tentado de dejarte, entonces, ¡Dios mío!, Tú no me dejes. Una sola cosa te pido: tu amor. Que crezca en mí. Tu amor es lo supremo, lo definitivo y nunca cesa, y sin él yo nada soy. Llegue yo, al fin, a estar unido a Ti por el amor para siempre.» Rahner, Karl, De la necesidad y don de la oración, Ediciones Mensajero, Bilbao, 2004, p. 55.

¡Ora ** en la tentación!

Por ello, ¡ora en la tentación! ¡Aprende a orar! No te digas a ti: no puedo. Di a Dios: Tú puedes. No te digas a ti: sin esto... no puedo estar, no puedo vivir. Di a Dios, dilo alto y siempre y siempre; dilo pacientemente, obstinadamente: ¡sólo sin Ti no puedo estar, ni vivir, ni ser! No digas a la renuncia: tú eres la muerte de mi ser; dile más bien: ¡tú eres la aurora de la verdadera vida que en esta muerte comienza a vivir! Clama por la firme claridad que no se deja ofuscar cuando la tentación se transfigura en ángel de luz; cuando el hombre que hay en ti y que es todo mentira, sabe colorear con mil razones tu caso, para hacerte creer que no tiene allí aplicación la común ley de Dios; cuando te enhila un sutil y hasta piadoso discurso, para convencerte de que tu situación es excepcional y no hay que medirla con las medidas corrientes. Ora para estar en forma contra la mística del pecado que ya San Pablo condenó cuando dijo: «¿Habremos de seguir pecando para que sobreabunde la gracia...

Herido por tu luz

El cristiano de hoy realiza en general su ser cristiano personal a través de su existencia después del bautismo. El bautismo está al comienzo de su vida; la transparencia de la misericordia del Señor ilumina el comienzo de los caminos de su vida aún antes que él la haya emprendido. Y el que sabe lo que son las cosas de Dios y lo que son las del hombre, hallará esto justificado. Pero con ello no se le ha quitado al hombre el correr, la lucha y el ataque de la parte del poder de las tinieblas. No se le ha ahorrado sino se le ha convertido en alta y decisiva misión de su vida: irse haciendo lo que ya es desde el bautismo: un cristiano. Pero esto significa encontrarse e ir a una con Dios en espíritu y corazón en la decisión de su más íntimo ser; encontrarse con Dios, el Dios de la tremenda majestad, el Dios de la justicia juzgadora, el Dios de la incomprensible misericordia y gracia, el Dios que se nos hizo visible en la faz de Jesús, que se manifestó en la humanidad y en la cruz y se sien...

La oración de Jesucristo es nuestra enseñanza

Si Jesucristo es la respuesta a nuestra pregunta, su oración es nuestra enseñanza. Tres palabras de su oración condensan esta enseñanza: la palabra de la oración realista; la palabra de la confianza en lo Alto; la palabra de la entrega incondicional. Jesús pronuncia la palabra de la oración realista: «Pase de Mí este cáliz.» Pide con toda el ansia del hombre acosado por la angustia y el pavor. Suplica así bajo el angustioso sudor de sangre; suplica bajo la aniquilante congoja de la muerte. No pide cosas sublimes, celestiales, sino lo ínfimo, lo terreno, pero lo más precioso para nosotros: la vida; que pase de Él el tormento corporal y la afrenta de la ejecución. Su plegaria es de celestial confianza: «Sabía que Tú siempre me escuchas» (Jn 11,42). Su oración es una oración de total e incondicional entrega: «Mas no se haga mi voluntad, sino la tuya.» Tan incondicional es su entrega, que abandonado de Dios, fracasado y martirizado en el tormento de la cruz, en trance de expirar, entrega c...

¡Ora el «cada día»!

 ¡Ora el «cada día»! Hay todavía un ideal más alto al que consagrar la oración de cada día. Feliz ya aquél que en el cada día ora, y ora de tiempo en tiempo. De seguro, no será el suyo un cada día del todo cotidiano, insulso y banal. Y cierto, debemos expresamente orar sin desfallecer en el cada día. Pero el fallo del hombre espiritual en la cotidianidad de su vida no está ya por eso solo superado. Porque aun orando a menudo cada día, parece que ese mismo cada día se queda siendo siempre el mismo que era, cotidiano y banal. Es interrumpido, para nuestro bien, muchas veces; pero no es transformado en sí mismo. Nuestra alma parece que continúa siendo una ancha calzada por la que rueda sin cesar todo el tráfago de este mundo, con sus infinitas pequeñeces, con su palabrería, sus gesticulaciones, su curiosidad y sus vacías intrascendencias. Sigue siendo el mercado público donde se dan cita desde los cuatro puntos cardinales todos los traficantes que vienen a vender allí la pobre mercanc...

¡Aprende a orar!

 ¡Aprende a orar¡ Es gracia de Dios. Pero es también obra de una buena voluntad, un arte que se ha de ejercitar. Se puede aprender a recoger el espíritu antes de entrar en la oración, a apaciguar nuestro interior y pensar en lo que se va a hacer, elevar el alma hasta Dios. Se puede aprender a hablar con Dios sin necesidad de fórmulas de oración, a hablar con Dios de la propia necesidad, de la propia vida, de la misma repugnancia que se siente en tener que tratar con Él; a hablar con Él de los propios deberes, de las personas queridas, del propio estado de ánimo, del mundo y su miseria, de los que nos han precedido en la muerte; a hablar con Él de Él mismo, que es tan grande y tan distante, tan incomprensible y tan luminoso al mismo tiempo, que es Él la verdad y nosotros la mentira, Él el amor y nosotros el egoísmo, Él la vida y nosotros la muerte, Él la plenitud y nosotros la pobreza y el deseo. Se puede aprender a dar una compostura conveniente al cuerpo, a evitar toda tensión mus...

Las siete palabras de Jesús en la cruz

 Las siete palabras de Jesús en la cruz por Karl Rahner, SJ Escrito por Ecclesia Digital Primera Palabra: "PADRE, PERDÓNALOS PORQUE NO SABEN LO QUE HACEN” (Lc 23,34) Cuelgas de la cruz. Te han clavado. No te puedes separar de este palo erguido sobre el cielo y la tierra. Las heridas queman tu cuerpo. La corona de espinas atormenta tu cabeza. Tus manos y tus pies heridos son como traspasados por un hierro candente. Y tu alma es un mar de desolación, de dolor, de desesperación. Los responsables están ahí, al pie de la cruz. Ni siquiera se alejan para dejarte, al menos, morir solo. Se quedan. Ríen. Están convencidos de tener la razón. El estado en que estás es la demostración más evidente: la prueba de que su acto no es sino el cumplimiento de la justicia más santa, un homenaje a Dios, del que deben estar orgullosos. Se ríen, insultan, blasfeman. Mientras tanto cae sobre ti, más terrible que los dolores de tu cuerpo, la desesperación ante tal iniquidad. ¿Existen hombres capaces de ta...

Dios nos visita con el dolor o con la alegría

Y cuando en medio de este desengaño de todo lo de acá, que todo cristiano debe vivir, sentimos que sólo uno es capaz de recoger ese nuestro ser total, que queremos entregar en un incontenible impulso de amor; cuando soportamos a pie firme ese profundo y total desengaño de todo, sin desesperación y sin ilusión; entonces comenzamos a amar a Dios. Suspiramos por algo, y no sabemos a punto fijo qué es, pero estamos bien seguros de que es algo que el mundo no nos puede dar. Y a este desconocido ser, ansiado y amado, debemos darle, con exclusión de todo otro ser, su propio nombre: Dios. Así despierta espontáneamente el amor a Dios en nuestra alma; casi sin advertirlo, suspira el hombre por el Dios de su corazón y por su participación en la eternidad. Así, suave y espontáneamente, comienza a buscar a Aquel Único que permanece cuando todo se hunde, a Aquel Único que nos envuelve y nos ama, al Dios de los deseos de nuestro pobre corazón. Otras veces no es este desengaño de las cosas de acá lo q...

Las tenues llamadas de nuestro inquieto corazón hacia Dios

Si nos parece muchas veces que no tenemos poder alguno sobre nuestro frío corazón, podemos siempre, al menos, una cosa: poner oído atento a los callados, tímidos, casi inconscientes movimientos de este amor de Dios, a las tenues llamadas de nuestro inquieto corazón hacia Dios. Los mil afanes de nuestra vida nos dejan con frecuencia cansados y desabridos; las mismas alegrías se tornan insípidas; presentimos a veces que aun nuestros mejores amigos quedan lejos de nosotros, y las mismas palabras de cariño de los hombres de nuestra mayor intimidad penetran en nuestros oídos como de lejos, lánguidas y frías. Todo lo que el mundo valora lo sentimos como vana granjería sin valor de fondo. Lo nuevo se hace viejo, los días quedan atrás, el seco saber se torna vacío y frío, la vida se marcha, la riqueza se evapora, el favor del vulgo sabe a capricho, los sentidos se embotan, el mundo es cambio, los amigos mueren. Y todo esto no es más que la suerte común de la vida ordinaria, aunque los hombres ...

Dame que yo me deje amar por Ti; porque aun esto es don Tuyo

Una cosa queda por declarar de este amor de Dios para que no sea mal comprendido. Verdad es que en mayor o menor grado vibra en el altar del corazón de todo hombre la llama del impulso a olvidarse de sí, a entregarse al más alto (esto aun en la rencorosa llama del perdido y desesperado que no puede amar); pero esta llama no es aún por sí sola el amor a Dios, ni aun por el solo hecho de subir hacia Aquél que llama su Dios. Tal impulso hacia arriba sólo entonces es amor cristiano cuando Dios lo salva con su gracia. Esto quiere decir dos cosas. Primero, que Dios ha de preservar este altísimo vuelo del hombre (preservarlo, salvarlo) de constituirse en una suprema expresión de soberbia, en pretensión loca de hacerse por su propio esfuerzo semejante a Dios, o en centelleante impaciencia de arrebatar para sí a Dios. Sólo cuando la inaccesible majestad y santidad del Dios eterno se abaja al hombre; cuando el hombre, para su gran bien, se hunde en adoración ante el lejano Dios, y postra ante Él...

La gozosa certeza de que primero nos amó Dios

 Y este amor de Dios se estremece con la gozosa certeza de que primero nos amó Él, y de que en todo momento responde a la llamada del amor, que sube hasta su corazón desde este valle de lo caduco y de la muerte. El amor no piensa en sí, es delicado y fiel; ama a Dios por Él mismo y no por la paga, pues él se es a sí mismo bastante paga. Aguanta en las horas turbias, sobrepuja amarguras; las aguas de la aflicción no llegan a apagarlo; es callado y no gusta de muchas palabras; porque el amor grande es casto y recatado. Valiente y confiado, y con todo respetuoso, odia la plebeya confianza y descorteses maneras ante el incomprensible Dios, pues no es amor a un cualquiera, sino amor a todo un Dios. El amor es un adherirse a otro, un darse todo a otro; por ello todo lo noble e indeciblemente sabroso encerrado en lo supremo y último que un corazón amante puede hacer, deriva de aquello que se ama. Por ello es tan supereminentemente santo y grande el amor de Dios; por ello es inextinguible....

Volcarlo todo en Tu santo corazón

¡Si el hombre se juntara a Dios con este amor! ¡Si supiera hallar a este Dios excelso, santo, alto sobre todo límite y concepto! ¡Si se abriera de par en par en este amor ante Él, olvidado de sí, deshecho de sí, hundido y abandonado todo su ser en Dios, en aquel sutilmente dulce y doloroso deliquio que se apodera del hombre cuando se pierde todo en su Dios! ¡Oh mi Dios! ¡Si llegara el hombre a entregarse a Ti enteramente, a hacerse suave y no duro e inaccesible! ¡Si llegara a vencer el sacral rubor de descubrirse hasta lo último, y bañado en lágrimas, que son júbilo, desplegara ante Ti cuanto tiene y proyecta en dicha y en amargura, y lo volcara todo en Tu santo corazón! Rahner, Karl, De la necesidad y don de la oración, Ediciones Mensajero, Bilbao, 2004, p. 47.

El amor que aspira al todo: a Dios

No, el amor es por definición pasional; pero pasional con aquel impulso que empuja al hombre todo (carne y espíritu, y espíritu tomado como lo más íntimo del hombre total) a hacer saltar la estrecha esfera de su egoísmo, para darse todo (siquiera sea sólo su pobreza) en la entrega completa a algo superior a él; a olvidarse de sí mismo, porque lo otro se le ha hecho lo único importante. De este desinteresado amor del espíritu entre hombres queremos hablar aquí. Lo caracterizaríamos como un embeleso del alma, desnudo de todo utilitarismo, proyectado hacia la persona amada, como un movimiento del corazón hacia el ser amado. El hombre se pierde todo en él, en aquel dichoso olvidarse de sí que acontece en el hombre cuando todo su ser, dominado por el amor, rompe los fríos muros de su auto-afirmación, que le confinan en las estrechuras de su pobreza, y liberado de esa asfixia deriva su cauce hacia otro ser al que va ahora a pertenecer. Olvidado de sí, centra este amor en el amado, quiere su ...

El mandamiento del amor es la plenitud de la oración

Toda elevación del corazón que apunta directamente a este Dios, es oración. Y la plenitud pura de esta oración en la que el hombre, cara a Dios, lo consuma todo en uno, en cuanto le es posible, tiene por nombre amor cristiano. El mandamiento del amor no sólo es la plenitud de la ley, sino también la plenitud de la oración. En esta oración no pronuncia ya el hombre ante Dios una particular intención: una súplica, una confesión de su pecado, una alabanza de las divinas perfecciones. Se pronuncia a sí mismo en una entrega total a Dios, se sumerge en el amor a Él, en la medida en que el hombre puede anegarse y perderse en Dios. Y por ello en esa oración reza y dice el hombre de Dios lo más alto que puede de Él positivamente decir. Que es Él el sólo digno de ser amado con todas las fuerzas, sin reservas, sin condiciones, con amor eterno. Rahner, Karl, De la necesidad y don de la oración, Ediciones Mensajero, Bilbao, 2004, p. 44.

Atrevernos a hablarle y llamarle: «Tú» y «Padre»?

Cuando esto advertimos, reconocemos al punto el profundo acierto de los antiguos, cuando afirmaban que la relación objetiva entre Dios y el hombre exige que el hombre dirija también directamente su mirada a Dios, conociéndole, reconociéndole, creyendo, adorando, esperando y amando, sin contentarse con honrarle indirectamente con meros actos terminados a las creaturas. Porque Dios es cognoscible por sus obras, aunque siga siendo el incomprensible, y como tal se nos revele, lo mismo que nos son incomprensibles todas sus obras. Dios nos ha hablado en su Hijo, si bien sólo con palabras de hombre podía hablarnos del Padre. Dios nos ha dado su espíritu y lo ha infundido en nuestro corazón, si bien de ello sabemos sólo lo que el Hijo nos ha querido revelar. ¿Por qué, pues, no levantar nuestra mirada hasta Él y abrir en su presencia nuestro corazón y nuestra boca, y confesarle de modo expreso y patente, y darle el honor, y atrevernos a hablarle y llamarle: «Tú» y «Padre»? Rahner, Karl, De la n...

La oración del amor

El amor de Dios y la oración ofrecen una común dificultad. Pertenecen ambas cosas a los hechos del corazón que sólo se realizan con éxito cuando se centra la atención en aquello a que se dirigen y se olvida uno de que los está haciendo; y, por el contrario, fracasan las más de las veces, y casi necesariamente, cuando se cae en la cuenta de que se están haciendo. Se puede, naturalmente, volver después sobre ellos, y puede ser ésta una excelente cosa; puede uno reflectir sobre el amor y sobre la oración y tratar de reconstruir en un examen metódico el proceso seguido. Pero toda reflexión examinadora y crítica es siempre algo así como la muerte de la acción misma (igual que no se puede disparar con tino mientras se examina el arma). Únicamente en el momento mismo en que se hacen, y no advirtiendo que se hacen ni que se han hecho, puede tenerse conocimiento cuasi intuitivo e inmediato de que han tenido o van teniendo éxito los grandes actos del corazón. Rahner, Karl, De la necesidad y don ...

El Espíritu de Dios ora en nosotros

 El Espíritu de Dios ora en nosotros. Éste es el más santo consuelo de nuestra oración. El Espíritu de Dios ora en nosotros. Ésta es la más alta prez de nuestra oración. El Espíritu de Dios ora en nosotros cuando nosotros sintonizamos con su oración. Ello significa para nosotros un nuevo, pero dichoso, deber de orar efectivamente, de orar con constancia, de orar y no desfallecer. Él ora en nosotros. Ésta es la indeficiente fuerza de la oración. Él ora en nosotros. Éste es el inagotable contenido de todas nuestras plegarias, que brota de las vacías cisternas de nuestro corazón. Él ora en nosotros. Éste será el fruto de eternidad de la oración dicha en este tiempo. Nuestro orar queda así consagrado por el Espíritu Santo. Hagamos un alto interiormente antes de comenzar a orar. Y cuando el hombre interior ha recobrado el sosiego, y en este sosiego silencioso todas las fuerzas del ser se conjugan suave y libremente, y de los hontanares del alma ascienden mansamente, según la santa dispo...

Una **** cosa puedes siempre, a lo menos: clamar de rodillas

Si crees que tu corazón no puede orar, ora con la boca, arrodíllate, junta tus manos, habla en alta voz. Aun en el caso de que todo ello se te represente como una mentira; es sólo la desesperada defensa de tu incredulidad ya sentenciada a muerte. Reza y di: «Credo Domine», creo, Señor, ayuda mi incredulidad. Soy impotente, ciego, muerto. Pero Tú eres poderoso, Tú eres luz y vida, y me has vencido ya mucho tiempo ha con la mortal impotencia y angustia de tu Hijo. ... Una cosa puedes siempre, a lo menos: clamar de rodillas y con la boca; golpear con tus gemidos la noche impotente y sin horizontes de tu desierto corazón; gritar tus anhelos de Dios. Una cosa puedes, que todos debemos hacer: orar. * * * Algo queda aún por decir. Esta lejanía de Dios no sería el amanecer de Dios dentro del muerto y hundido corazón, si el Hijo del Hombre, que es el Hijo del Padre, no hubiera padecido y  practicado con nosotros, por nosotros y antes de nosotros, esto mismo en su corazón. Pero El lo ha pade...

Padre nuestro

Si en la soledad de nuestro corazón sepultado bajo ruinas descubriéramos que este pobre corazón lleva en sí la infinitud. Si comenzáramos entonces a decir bajito: Padre nuestro que estás en el cielo de mi corazón, aunque él más parezca un infierno. Santificado sea tu Nombre; sea invocado en la mortal calma de mi necia mudez. Venga a nosotros tu Reino, cuando todo nos desampara. Hágase tu Voluntad, aunque nos mate, porque ello es la vida, y lo que en la tierra parece un ocaso es en el cielo el amanecer de tu vida. El pan nuestro de cada día dánosle hoy; haz, te rogamos, que nunca nos cambiemos a nosotros por Ti, ni en la hora en que Tú estás cerca de nosotros, sino que, al menos en nuestra hambre, advirtamos que somos pobres e intrascendentes criaturas. Absuélvenos de nuestras ofensas y cúbrenos con tu escudo en la tentación contra la culpa y el asalto temido, que no hay propiamente más que uno: el que nos empuja a no creer en Ti y en lo incomprensible de tu amor. Mas líbranos de nosotr...