10. La Institución de la Eucaristía
Oh Dios, que en este sacramento admirable nos dejaste el memorial de tu pasión; nos concedas venerar de tal modo los sagrados misterios de tu Cuerpo y de tu Sangre, que experimentemos constantemente en nosotros el fruto de tu redención.
1. Antes de la fiesta de la Pascua, sabiendo Jesús que había llegado su hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo. (Jn. 13, 1).
2. Cuando llegó la hora, se puso a la mesa con los apóstoles. (Lc. 22, 14).
3. Y les dijo: con ansia he deseado comer esta Pascua con vosotros antes de padecer. (Lc. 22, 15).
4. Mientras estaban comiendo, tomó Jesús pan y lo bendijo, lo partió. (Mt. 26, 26).
5. Tomó luego pan, y, dadas las gracias, lo partió y se lo dio diciendo: este es mi cuerpo que es entregado por vosotros; haced esto en recuerdo mío. (Lc. 22, 19).
6. Tomó luego una copa y, dadas las gracias, se la dio diciendo: bebed de ella todos, (Mt. 26, 27).
7. Porque ésta es mi sangre de la Alianza, que es derramada por muchos para perdón de los pecados. (Mt. 26, 28).
8. Cuantas veces la bebiereis, hacedlo en recuerdo mío. (1 Cor. 11, 25).
9. Y cantados los himnos, salieron hacia el monte de los Olivos. (Mt. 26, 30).
10. El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna, y yo le resucitaré el último día. (Jn. 6, 54).
Misterio de luz es, por fin, la institución de la Eucaristía, en la cual Cristo se hace alimento con su Cuerpo y su Sangre bajo las especies del pan y del vino, dando testimonio de su amor por la humanidad « hasta el extremo » (Jn13, 1) y por cuya salvación se ofrecerá en sacrificio. (RVM, 21)
La Iglesia, Pueblo de Dios de la nueva alianza, se ha alimentado siempre con la Eucaristía. Es más, se ha construido a través de la Eucaristía: “Porque, aun siendo muchos, somos un solo pueblo y un solo cuerpo, pues todos participamos de un solo pan” (1Co 10, 17). La Iglesia se refleja en el sacramento eucarístico como en la fuente de la que brota su propia vida. En él está el núcleo incandescente y el corazón de la Iglesia, que puede leer en él la historia de su propia vocación.
Jesús es el pan vivo bajado del cielo para la vida del mundo. El Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros. Esto nos lleva hasta la Anunciación, cuando el ángel del Señor comunicó la gran nueva a María y, por su consentimiento libre y amoroso, Ella concibió en su seno al Verbo por obra del Espíritu Santo. Existe, pues, un vínculo estrechísimo entre la Eucaristía y la Virgen María, que la piedad medieval acuñó en la expresión “caro Christi, caro Mariae”: la carne de Cristo en la Eucaristía es, sacramentalmente, la carne asumida de la Virgen María.
Martínez Puche, José A., El Rosario de Juan Pablo II, Edibesa, Madrid, 2003, p. 24.