13. Cristo, coronado de espinas

Gracias del misterio de la Coronación de espinas de Jesús, descended a mi alma y hacedla verdaderamente opuesta al mundo.

Concédenos, Señor, que, por los meritos de la pasión de Cristo, y de los dolores de la Virgen, el Espíritu Santo, presente con plenitud en la Iglesia, inunde con su amor el mundo entero.

1. Los soldados lo condujeron dentro del atrio, o sea, al pretorio, y le vistieron de púrpura. (Mc. 15, 16; Mt. 27, 28).
2. Y trenzando una corona de espinas, se la pusieron sobre su cabeza, y en su mano derecha una caña. (Mt. 27, 29).
3. Después doblaban la rodilla delante de El, y le hacían burla diciendo: ¡Salve, Rey de los judíos!. (Mt. 27, 29).
4. Y le escupían y le quitaban la caña para golpearle en la cabeza. (Mt 27, 30).
5. Salió Pilato otra vez fuera, y les dijo: mira, os lo voy a sacar fuera para que sepáis que no encuentro en El culpa alguna. (Jn. 19, 4).
6. Salió entonces Jesús fuera, llevando la corona de espinas y el manto de púrpura. (Jn. 19, 5).
7. Les dice Pilato: aquí tenéis al Hombre. Ellos decían: ¡Fuera, fuera! ¡Crucifícale!. (Jn. 19; 5, 15).
8. Pues, ¿qué mal ha hecho? Y ellos cada vez más fuerte gritaban: ¡Crucifícalo! . (Mc. 15, 14).
9. ¿A vuestro Rey voy a crucificar? Replicaron los Sumos Sacerdotes: no tenemos más rey que el César. (Jn. 19, 15).
10. Entonces lo puso en sus manos para que lo crucificasen. Se apoderaron, pues, de Jesús. (Jn. 19, 16). (Lc. 2, 19).

En la cabeza se manifiesta la dignidad del hombre. La corona es el signo de la dignidad real, que viene de Dios. Contra la cabeza del Señor, que porta -invisible- la corona del "Rey de reyes", se vuelve aquí el escarnio. Los soldados hacen de él un rey de mofa. Pero, tras su sórdida crueldad, late el deseo de hacer de Él un hombre de mofa y -digámoslo sin miedo- un Dios de mofa. Todo el escarnio del mundo se concita aquí para aniquilar la dignidad de Dios, y, con ella, la del hombre, que, en definitiva, procede de Él... El ser del hombre está transido de orgullo, altanería y vanidad. A veces, abiertamente; casi siempre, en lo oculto. Sus raíces no puede descubrirlas ni la mirada del hombre ni su voluntad. El Señor delata ese afán de poderío del hombre abriéndole posibilidades contra Él mismo. El orgullo con el que nos ensalzamos y la vanidad en la que nos recreamos se transforman para Él en la figura de la humillación. La medida del mal que late bajo esta figura es tan grande como el sufrimiento del Señor.
También éste es un momento decisivo en el proceso de crecimiento de los cristianos: cuando descubren el fraude que se esconde en cuanto llamamos grandeza, poder, logros, belleza, apariencias. Todo esto no es malo en sí mismo, pero el mal está dentro. Ese mal debe reconocerlo el cristiano, mantener los ojos abiertos, reconocerse a sí mismo en lo que sucede. Y, luego, luchar por ser humilde. Pero la humildad no es más que la verdad de que Dios es Dios, sólo Él, y el hombre es hombre, realmente hombre.
Guardini, Romano, Orar con... El Rosario de Nuestra Señora, Desclée de Brouwer, Bilbao, 2008, p. 122.

Jesús tomó sobre sí todo el sufrimiento humano, confiriéndole un valor nuevo…
Vosotros, los que vivís bajo la prueba, que os enfrentáis con el problema de la limitación, del dolor y de la soledad interior frente a él, no dejéis de dar un sentido a esa situación… En el aparente fracaso del Hombre justo que sufre y que con su sacrificio salva a la humanidad, en el valor de eternidad de ese sufrimiento está la respuesta. Mirad hacia Cristo, hacia la Iglesia y el mundo, y elevad vuestro dolor, completando con él, hoy, el misterio salvador de su cruz.
En la escuela del Verbo encarnado comprendemos que es sabiduría divina aceptar con amor la cruz de la humildad de la razón ante el misterio; la cruz de la voluntad en el cumplimiento fiel de toda la ley moral, natural y revelada; la cruz del propio deber, a veces arduo y poco gratificante; la cruz de la paciencia en la enfermedad y en las dificultades de todos los días; la cruz del empeño infatigable para responder a la propia vocación; y la cruz de la lucha contra las pasiones y las asechanzas del mal.
Los cristianos que viven en situaciones de enfermedad, de dolor y de vejez, no están invitados por Dios solamente a unir su dolor a la pasión de Cristo, sino también a acoger ya ahora en sí mismos y a transmitir a los demás la fuerza de la renovación y la alegría de Cristo resucitado.

Martínez Puche, José A., El Rosario de Juan Pablo II, Edibesa, Madrid, 2003, p. 30.

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