3. Novo millennio ineunte - Juan Pablo II III CAMINAR DESDE CRISTO
3. Novo millennio ineunte - Juan Pablo II
III
CAMINAR DESDE CRISTO
29.
« He aquí que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del
mundo » (Mt 28,20). Esta certeza, queridos hermanos y hermanas, ha
acompañado a la Iglesia durante dos milenios y se ha avivado ahora en
nuestros corazones por la celebración del Jubileo. De ella debemos sacar
un renovado impulso en la vida cristiana, haciendo que sea, además, la
fuerza inspiradora de nuestro camino. Conscientes de esta presencia del
Resucitado entre nosotros, nos planteamos hoy la pregunta dirigida a
Pedro en Jerusalén, inmediatamente después de su discurso de
Pentecostés: « ¿Qué hemos de hacer, hermanos? » (Hch 2,37).
Nos
lo preguntamos con confiado optimismo, aunque sin minusvalorar los
problemas. No nos satisface ciertamente la ingenua convicción de que
haya una fórmula mágica para los grandes desafíos de nuestro tiempo. No,
no será una fórmula lo que nos salve, pero sí una Persona y la certeza
que ella nos infunde: ¡Yo estoy con vosotros!
No se trata, pues,
de inventar un nuevo programa. El programa ya existe. Es el de siempre,
recogido por el Evangelio y la Tradición viva. Se centra, en
definitiva, en Cristo mismo, al que hay que conocer, amar e imitar, para
vivir en él la vida trinitaria y transformar con él la historia hasta
su perfeccionamiento en la Jerusalén celeste. Es un programa que no
cambia al variar los tiempos y las culturas, aunque tiene cuenta del
tiempo y de la cultura para un verdadero diálogo y una comunicación
eficaz. Este programa de siempre es el nuestro para el tercer milenio.
Sin
embargo, es necesario que el programa formule orientaciones pastorales
adecuadas a las condiciones de cada comunidad. El Jubileo nos ha
ofrecido la oportunidad extraordinaria de dedicarnos, durante algunos
años, a un camino de unidad en toda la Iglesia, un camino de catequesis
articulada sobre el tema trinitario y acompañada por objetivos
pastorales orientados hacia una fecunda experiencia jubilar. Doy las
gracias por la cordial adhesión con la que ha sido acogida la propuesta
que hice en la Carta apostólica Tertio millennio adveniente. Sin
embargo, ahora ya no estamos ante una meta inmediata, sino ante el mayor
y no menos comprometedor horizonte de la pastoral ordinaria. Dentro de
las coordenadas universales e irrenunciables, es necesario que el único
programa del Evangelio siga introduciéndose en la historia de cada
comunidad eclesial, como siempre se ha hecho. En las Iglesias locales es
donde se pueden establecer aquellas indicaciones programáticas
concretas -objetivos y métodos de trabajo, de formación y valorización
de los agentes y la búsqueda de los medios necesarios- que permiten que
el anuncio de Cristo llegue a las personas, modele las comunidades e
incida profundamente mediante el testimonio de los valores evangélicos
en la sociedad y en la cultura.
Por tanto, exhorto ardientemente
a los Pastores de las Iglesias particulares a que, ayudados por la
participación de los diversos sectores del Pueblo de Dios, señalen las
etapas del camino futuro, sintonizando las opciones de cada Comunidad
diocesana con las de las Iglesias colindantes y con las de la Iglesia
universal.
Dicha sintonía será ciertamente más fácil por el
trabajo colegial, que ya se ha hecho habitual, desarrollado por los
Obispos en las Conferencias episcopales y en los Sínodos. ¿No ha sido
éste quizás el objetivo de las Asambleas de los Sínodos, que han
precedido la preparación al Jubileo, elaborando orientaciones
significativas para el anuncio actual del Evangelio en los múltiples
contextos y las diversas culturas? No se debe perder este rico
patrimonio de reflexión, sino hacerlo concretamente operativo.
Nos
espera, pues, una apasionante tarea de renacimiento pastoral. Una obra
que implica a todos. Sin embargo, deseo señalar, como punto de
referencia y orientación común, algunas prioridades pastorales que la
experiencia misma del Gran Jubileo ha puesto especialmente de relieve
ante mis ojos.
La santidad
30. En primer lugar, no dudo
en decir que la perspectiva en la que debe situarse el camino pastoral
es el de la santidad. ¿Acaso no era éste el sentido último de la
indulgencia jubilar, como gracia especial ofrecida por Cristo para que
la vida de cada bautizado pudiera purificarse y renovarse profundamente?
Espero que, entre quienes han participado en el Jubileo, hayan
sido muchos los beneficiados con esta gracia, plenamente conscientes de
su carácter exigente. Terminado el Jubileo, empieza de nuevo el camino
ordinario, pero hacer hincapié en la santidad es más que nunca una
urgencia pastoral.
Conviene además descubrir en todo su valor
programático el capítulo V de la Constitución dogmática Lumen gentium
sobre la Iglesia, dedicado a la « vocación universal a la santidad ». Si
los Padres conciliares concedieron tanto relieve a esta temática no fue
para dar una especie de toque espiritual a la eclesiología, sino más
bien para poner de relieve una dinámica intrínseca y determinante.
Descubrir a la Iglesia como « misterio », es decir, como pueblo «
congregado en la unidad del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo »,15
llevaba a descubrir también su « santidad », entendida en su sentido
fundamental de pertenecer a Aquél que por excelencia es el Santo, el «
tres veces Santo » (cf. Is 6,3). Confesar a la Iglesia como santa
significa mostrar su rostro de Esposa de Cristo, por la cual él se
entregó, precisamente para santificarla (cf. Ef 5,25-26). Este don de
santidad, por así decir, objetiva, se da a cada bautizado.
Pero
el don se plasma a su vez en un compromiso que ha de dirigir toda la
vida cristiana: « Ésta es la voluntad de Dios: vuestra santificación »
(1 Ts 4,3). Es un compromiso que no afecta sólo a algunos cristianos: «
Todos los cristianos, de cualquier clase o condición, están llamados a
la plenitud de la vida cristiana y a la perfección del amor ».16
31.
Recordar esta verdad elemental, poniéndola como fundamento de la
programación pastoral que nos atane al inicio del nuevo milenio, podría
parecer, en un primer momento, algo poco práctico. ¿Acaso se puede «
programar » la santidad? ¿Qué puede significar esta palabra en la lógica
de un plan pastoral?
En realidad, poner la programación
pastoral bajo el signo de la santidad es una opción llena de
consecuencias. Significa expresar la convicción de que, si el Bautismo
es una verdadera entrada en la santidad de Dios por medio de la
inserción en Cristo y la inhabitación de su Espíritu, sería un
contrasentido contentarse con una vida mediocre, vivida según una ética
minimalista y una religiosidad superficial. Preguntar a un catecúmeno, «
¿quieres recibir el Bautismo? », significa al mismo tiempo preguntarle,
« ¿quieres ser santo? » Significa ponerle en el camino del Sermón de la
Montaña: « Sed perfectos como es perfecto vuestro Padre celestial » (Mt
5,48).
Como el Concilio mismo explicó, este ideal de perfección
no ha de ser malentendido, como si implicase una especie de vida
extraordinaria, practicable sólo por algunos « genios » de la santidad.
Los caminos de la santidad son múltiples y adecuados a la vocación de
cada uno. Doy gracias al Señor que me ha concedido beatificar y
canonizar durante estos años a tantos cristianos y, entre ellos a muchos
laicos que se han santificado en las circunstancias más ordinarias de
la vida. Es el momento de proponer de nuevo a todos con convicción este «
alto grado » de la vida cristiana ordinaria. La vida entera de la
comunidad eclesial y de las familias cristianas debe ir en esta
dirección. Pero también es evidente que los caminos de la santidad son
personales y exigen una pedagogía de la santidad verdadera y propia, que
sea capaz de adaptarse a los ritmos de cada persona. Esta pedagogía
debe enriquecer la propuesta dirigida a todos con las formas
tradicionales de ayuda personal y de grupo, y con las formas más
recientes ofrecidas en las asociaciones y en los movimientos reconocidos
por la Iglesia.
La oración
32. Para esta pedagogía de
la santidad es necesario un cristianismo que se distinga ante todo en el
arte de la oración. El Año jubilar ha sido un año de oración personal y
comunitaria más intensa. Pero sabemos bien que rezar tampoco es algo
que pueda darse por supuesto. Es preciso aprender a orar, como
aprendiendo de nuevo este arte de los labios mismos del divino Maestro,
como los primeros discípulos: « Señor, enséñanos a orar » (Lc 11,1). En
la plegaria se desarrolla ese diálogo con Cristo que nos convierte en
sus íntimos: « Permaneced en mí, como yo en vosotros » (Jn 15,4). Esta
reciprocidad es el fundamento mismo, el alma de la vida cristiana y una
condición para toda vida pastoral auténtica. Realizada en nosotros por
el Espíritu Santo, nos abre, por Cristo y en Cristo, a la contemplación
del rostro del Padre. Aprender esta lógica trinitaria de la oración
cristiana, viviéndola plenamente ante todo en la liturgia, cumbre y
fuente de la vida eclesial,17 pero también de la experiencia personal,
es el secreto de un cristianismo realmente vital, que no tiene motivos
para temer el futuro, porque vuelve continuamente a las fuentes y se
regenera en ellas.
33. ¿No es acaso un « signo de los tiempos »
el que hoy, a pesar de los vastos procesos de secularización, se detecte
una difusa exigencia de espiritualidad, que en gran parte se manifiesta
precisamente en una renovada necesidad de orar? También las otras
religiones, ya presentes extensamente en los territorios de antigua
cristianización, ofrecen sus propias respuestas a esta necesidad, y lo
hacen a veces de manera atractiva. Nosotros, que tenemos la gracia de
creer en Cristo, revelador del Padre y Salvador del mundo, debemos
enseñar a qué grado de interiorización nos puede llevar la relación con
él.
La gran tradición mística de la Iglesia, tanto en Oriente
como en Occidente, puede enseñar mucho a este respecto. Muestra cómo la
oración puede avanzar, como verdadero y propio diálogo de amor, hasta
hacer que la persona humana sea poseída totalmente por el divino Amado,
sensible al impulso del Espíritu y abandonada filialmente en el corazón
del Padre. Entonces se realiza la experiencia viva de la promesa de
Cristo: « El que me ame, será amado de mi Padre; y yo le amaré y me
manifestaré a él » (Jn 14,21). Se trata de un camino sostenido
enteramente por la gracia, el cual, sin embargo, requiere un intenso
compromiso espiritual que encuentra también dolorosas purificaciones (la
« noche oscura »), pero que llega, de tantas formas posibles, al
indecible gozo vivido por los místicos como « unión esponsal ». ¿Cómo no
recordar aquí, entre tantos testimonios espléndidos, la doctrina de san
Juan de la Cruz y de santa Teresa de Jesús?
Sí, queridos
hermanos y hermanas, nuestras comunidades cristianas tienen que llegar a
ser auténticas « escuelas de oración », donde el encuentro con Cristo
no se exprese solamente en petición de ayuda, sino también en acción de
gracias, alabanza, adoración, contemplación, escucha y viveza de afecto
hasta el « arrebato del corazón. Una oración intensa, pues, que sin
embargo no aparta del compromiso en la historia: abriendo el corazón al
amor de Dios, lo abre también al amor de los hermanos, y nos hace
capaces de construir la historia según el designio de Dios.18
34.
Ciertamente, los fieles que han recibido el don de la vocación a una
vida de especial consagración están llamados de manera particular a la
oración: por su naturaleza, la consagración les hace más disponibles
para la experiencia contemplativa, y es importante que ellos la cultiven
con generosa dedicación. Pero se equivoca quien piense que el común de
los cristianos se puede conformar con una oración superficial, incapaz
de llenar su vida. Especialmente ante tantos modos en que el mundo de
hoy pone a prueba la fe, no sólo serían cristianos mediocres, sino «
cristianos con riesgo ». En efecto, correrían el riesgo insidioso de que
su fe se debilitara progresivamente, y quizás acabarían por ceder a la
seducción de los sucedáneos, acogiendo propuestas religiosas
alternativas y transigiendo incluso con formas extravagantes de
superstición. Hace falta, pues, que la educación en la oración se
convierta de alguna manera en un punto determinante de toda programación
pastoral. Yo mismo me he propuesto dedicar las próximas catequesis de
los miércoles a la reflexión sobre los Salmos, comenzando por los de la
oración de Laudes, con la cual la Iglesia nos invita a « consagrar » y
orientar nuestra jornada. Cuánto ayudaría que no sólo en las comunidades
religiosas, sino también en las parroquiales, nos esforzáramos más para
que todo el ambiente espiritual estuviera marcado por la oración.
Convendría valorizar, con el oportuno discernimiento, las formas
populares y sobre todo educar en las litúrgicas. Está quizá más cercano
de lo que ordinariamente se cree, el día en que en la comunidad
cristiana se conjuguen los múltiples compromisos pastorales y de
testimonio en el mundo con la celebración eucarística y quizás con el
rezo de Laudes y Vísperas. Lo demuestra la experiencia de tantos grupos
comprometidos cristianamente, incluso con una buena representación de
seglares.
La Eucaristía dominical
35. El mayor empeño se
ha de poner, pues, en la liturgia, « cumbre a la cual tiende la
actividad de la Iglesia y al mismo tiempo la fuente de donde mana toda
su fuerza ».19 En el siglo XX, especialmente a partir del Concilio, la
comunidad cristiana ha ganado mucho en el modo de celebrar los
Sacramentos y sobre todo la Eucaristía. Es preciso insistir en este
sentido, dando un realce particular a la Eucaristía dominical y al
domingo mismo, sentido como día especial de la fe, día del Señor
resucitado y del don del Espíritu, verdadera Pascua de la semana.20
Desde hace dos mil años, el tiempo cristiano está marcado por la memoria
de aquel « primer día después del sábado » (Mc 16,2.9; Lc 24,1; Jn
20,1¿, en el que Cristo resucitado llevó a los Apóstoles el don de la
paz y del Espíritu (cf. Jn 20,19-23). La verdad de la resurrección de
Cristo es el dato originario sobre el que se apoya la fe cristiana (cf. 1
Co 15,14), acontecimiento que es el centro del misterio del tiempo y
que prefigura el último día, cuando Cristo vuelva glorioso. No sabemos
qué acontecimientos nos reservará el milenio que está comenzando, pero
tenemos la certeza de que éste permanecerá firmemente en las manos de
Cristo, el « Rey de Reyes y Señor de los Señores » (Ap 19,16) y
precisamente celebrando su Pascua, no sólo una vez al año sino cada
domingo, la Iglesia seguirá indicando a cada generación « lo que
constituye el eje central de la historia, con el cual se relacionan el
misterio del principio y del destino final del mundo ».21
36.
Por tanto, quisiera insistir, en la línea de la Exhortación « Dies
Domini », para que la participación en la Eucaristía sea, para cada
bautizado, el centro del domingo. Es un deber irrenunciable, que se ha
de vivir no sólo para cumplir un precepto, sino como necesidad de una
vida cristiana verdaderamente consciente y coherente. Estamos entrando
en un milenio que se presenta caracterizado por un profundo entramado de
culturas y religiones incluso en Países de antigua cristianización. En
muchas regiones los cristianos son, o lo están siendo, un « pequeño
rebaño » (Lc 12,32). Esto les pone ante el reto de testimoniar con mayor
fuerza, a menudo en condiciones de soledad y dificultad, los aspectos
específicos de su propia identidad. El deber de la participación
eucarística cada domingo es una de éstos. La Eucaristía dominical,
congregando semanalmente a los cristianos como familia de Dios entorno a
la mesa de la Palabra y del Pan de vida, es también el antídoto más
natural contra la dispersión. Es el lugar privilegiado donde la comunión
es anunciada y cultivada constantemente. Precisamente a través de la
participación eucarística, el día del Señor se convierte también en el
día de la Iglesia,22 que puede desempeñar así de manera eficaz su papel
de sacramento de unidad.
El sacramento de la Reconciliación
37.
Deseo pedir, además, una renovada valentía pastoral para que la
pedagogía cotidiana de la comunidad cristiana sepa proponer de manera
convincente y eficaz la práctica del Sacramento de la Reconciliación.
Como se recordará, en 1984 intervine sobre este tema con la Exhortación
postsinodal Reconciliatio et paenitentia, que recogía los frutos de la
reflexión de una Asamblea del Sínodo de los Obispos, dedicada a esta
problemática. Entonces invitaba a esforzarse por todos los medios para
afrontar la crisis del « sentido del pecado » que se da en la cultura
contemporánea,23 pero más aún, invitaba a hacer descubrir a Cristo como
mysterium pietatis, en el que Dios nos muestra su corazón misericordioso
y nos reconcilia plenamente consigo. Éste es el rostro de Cristo que
conviene hacer descubrir también a través del sacramento de la
penitencia que, para un cristiano, « es el camino ordinario para obtener
el perdón y la remisión de sus pecados graves cometidos después del
Bautismo ».24 Cuando el mencionado Sínodo afrontó el problema, era
patente a todos la crisis del Sacramento, especialmente en algunas
regiones del mundo. Los motivos que lo originan no se han desvanecido en
este breve lapso de tiempo. Pero el Año jubilar, que se ha
caracterizado particularmente por el recurso a la Penitencia sacramental
nos ha ofrecido un mensaje alentador, que no se ha de desperdiciar: si
muchos, entre ellos tantos jóvenes, se han acercado con fruto a este
sacramento, probablemente es necesario que los Pastores tengan mayor
confianza, creatividad y perseverancia en presentarlo y valorizarlo. ¡No
debemos rendirnos, queridos hermanos sacerdotes, ante las crisis
contemporáneas! Los dones del Señor -y los Sacramentos son de los más
preciosos- vienen de Aquél que conoce bien el corazón del hombre y es el
Señor de la historia.
Primacía de la gracia
38. En la
programación que nos espera, trabajar con mayor confianza en una
pastoral que dé prioridad a la oración, personal y comunitaria,
significa respetar un principio esencial de la visión cristiana de la
vida: la primacía de la gracia. Hay una tentación que insidia siempre
todo camino espiritual y la acción pastoral misma: pensar que los
resultados dependen de nuestra capacidad de hacer y programar.
Ciertamente, Dios nos pide una colaboración real a su gracia y, por
tanto, nos invita a utilizar todos los recursos de nuestra inteligencia y
capacidad operativa en nuestro servicio a la causa del Reino. Pero no
se ha de olvidar que, sin Cristo, « no podemos hacer nada » (cf. Jn
15,5).
La oración nos hace vivir precisamente en esta verdad. Nos
recuerda constantemente la primacía de Cristo y, en relación con él, la
primacía de la vida interior y de la santidad. Cuando no se respeta
este principio, ¿ha de sorprender que los proyectos pastorales lleven al
fracaso y dejen en el alma un humillante sentimiento de frustración?
Hagamos, pues, la experiencia de los discípulos en el episodio
evangélico de la pesca milagrosa: « Maestro, hemos estado bregando toda
la noche y no hemos pescado nada » (Lc 5,5). Este es el momento de la
fe, de la oración, del diálogo con Dios, para abrir el corazón a la
acción de la gracia y permitir a la palabra de Cristo que pase por
nosotros con toda su fuerza: ¡Duc in altum! En aquella ocasión, fue
Pedro quien habló con fe: « en tu palabra, echaré las redes » (ibíd.).
Permitidle al Sucesor de Pedro que, en el comienzo de este milenio,
invite a toda la Iglesia a este acto de fe, que se expresa en un
renovado compromiso de oración.
Escucha de la Palabra
39. No cabe duda de que esta primacía de
la santidad y de la oración sólo se puede concebir a partir de una
renovada escucha de la palabra de Dios. Desde que el Concilio Vaticano
II ha subrayado el papel preeminente de la palabra de Dios en la vida de
la Iglesia, ciertamente se ha avanzado mucho en la asidua escucha y en
la lectura atenta de la Sagrada Escritura. Ella ha recibido el honor que
le corresponde en la oración pública de la Iglesia. Tanto las personas
individualmente como las comunidades recurren ya en gran número a la
Escritura, y entre los laicos mismos son muchos quienes se dedican a
ella con la valiosa ayuda de estudios teológicos y bíblicos.
Precisamente con esta atención a la palabra de Dios se está
revitalizando principalmente la tarea de la evangelización y la
catequesis. Hace falta, queridos hermanos y hermanas, consolidar y
profundizar esta orientación, incluso a través de la difusión de la
Biblia en las familias. Es necesario, en particular, que la escucha de
la Palabra se convierta en un encuentro vital, en la antigua y siempre
válida tradición de la lectio divina, que permite encontrar en el texto
bíblico la palabra viva que interpela, orienta y modela la existencia.
Anuncio de la Palabra
40.
Alimentarnos de la Palabra para ser « servidores de la Palabra » en el
compromiso de la evangelización, es indudablemente una prioridad para la
Iglesia al comienzo del nuevo milenio. Ha pasado ya, incluso en los
Países de antigua evangelización, la situación de una « sociedad
cristiana », la cual, aún con las múltiples debilidades humanas, se
basaba explícitamente en los valores evangélicos. Hoy se ha de afrontar
con valentía una situación que cada vez es más variada y comprometida,
en el contexto de la globalización y de la nueva y cambiante situación
de pueblos y culturas que la caracteriza. He repetido muchas veces en
estos años la « llamada » a la nueva evangelización. La reitero ahora,
sobre todo para indicar que hace falta reavivar en nosotros el impulso
de los orígenes, dejándonos impregnar por el ardor de la predicación
apostólica después de Pentecostés. Hemos de revivir en nosotros el
sentimiento apremiante de Pablo, que exclamaba: « ¡ay de mí si no
predicara el Evangelio! » (1 Co 9,16).
Esta pasión suscitará en
la Iglesia una nueva acción misionera, que no podrá ser delegada a unos
pocos « especialistas », sino que acabará por implicar la
responsabilidad de todos los miembros del Pueblo de Dios. Quien ha
encontrado verdaderamente a Cristo no puede tenerlo sólo para sí, debe
anunciarlo. Es necesario un nuevo impulso apostólico que sea vivido,
como compromiso cotidiano de las comunidades y de los grupos cristianos.
Sin embargo, esto debe hacerse respetando debidamente el camino siempre
distinto de cada persona y atendiendo a las diversas culturas en las
que ha de llegar el mensaje cristiano, de tal manera que no se nieguen
los valores peculiares de cada pueblo, sino que sean purificados y
llevados a su plenitud.
El cristianismo del tercer milenio debe
responder cada vez mejor a esta exigencia de inculturación.
Permaneciendo plenamente uno mismo, en total fidelidad al anuncio
evangélico y a la tradición eclesial, llevará consigo también el rostro
de tantas culturas y de tantos pueblos en que ha sido acogido y
arraigado. De la belleza de este rostro pluriforme de la Iglesia hemos
gozado particularmente en este Año jubilar. Quizás es sólo el comienzo,
un icono apenas esbozado del futuro que el Espíritu de Dios nos prepara.
La propuesta de Cristo se ha de hacer a todos con confianza. Se
ha de dirigir a los adultos, a las familias, a los jóvenes, a los
niños, sin esconder nunca las exigencias más radicales del mensaje
evangélico, atendiendo a las exigencias de cada uno, por lo que se
refiere a la sensibilidad y al lenguaje, según el ejemplo de Pablo
cuando decía: « Me he hecho todo a todos para salvar a toda costa a
algunos » (1 Co 9,22). Al recomendar todo esto, pienso en particular en
la pastoral juvenil. Precisamente por lo que se refiere a los jóvenes,
como antes he recordado, el Jubileo nos ha ofrecido un testimonio
consolador de generosa disponibilidad. Hemos de saber valorizar aquella
respuesta alentadora, empleando aquel entusiasmo como un nuevo talento
(cf. Mt 25,15) que Dios ha puesto en nuestras manos para que los hagamos
fructificar.
41. Que nos ayude y oriente, en esta acción
misionera confiada, emprendedora y creativa, el ejemplo esplendoroso de
tantos testigos de la fe que el Jubileo nos ha hecho recordar. La
Iglesia ha encontrado siempre, en sus mártires, una semilla de vida.
Sanguis martyrum - semen christianorum.25 Esta célebre « ley » enunciada
por Tertuliano, se ha demostrado siempre verdadera ante la prueba de la
historia. ¿No será así también para el siglo y para el milenio que
estamos iniciando? Quizás estábamos demasiado acostumbrados a pensar en
los mártires en términos un poco lejanos, como si se tratase de un grupo
del pasado, vinculado sobre todo a los primeros siglos de la era
cristiana. La memoria jubilar nos ha abierto un panorama sorprendente,
mostrándonos nuestro tiempo particularmente rico en testigos que, de una
manera u otra, han sabido vivir el Evangelio en situaciones de
hostilidad y persecución, a menudo hasta dar su propia sangre como
prueba suprema. En ellos la palabra de Dios, sembrada en terreno fértil,
ha fructificado el céntuplo (cf. Mt 13,8.23). Con su ejemplo nos han
señalado y casi « allanado » el camino del futuro. A nosotros nos toca,
con la gracia de Dios, seguir sus huellas.