5. El Niño perdido y hallado en el templo
Gracias del misterio de Jesús hallado en el templo, descended a mi alma y convertidla.
Te pedimos, Señor, proclamar continuamente tu misericordia con la bienaventurada Virgen María, y experimentar la protección de aquella a quien llamamos Reina para los pecadores, Camino para el encuentro con Cristo y Madre de misericordia con los pobres.
1. Cuando (Jesús) tuvo doce años, subieron ellos (a Jerusalén) como de costumbre a la fiesta. (Lc. 2, 42).
2. Y pasados los días, al regresar ellos, el Niño Jesús se quedó en Jerusalén sin que sus padres se dieran cuenta. (Lc. 2: 43).
3. Y al no dar con Él, se volvieron a Jerusalén, sin dejar de buscarlo. Al cabo de tres días lo hallaron en el Templo. (Lc. 2, 45-46).
4. Sentado en medio de los doctores, escuchándoles y haciendo a la vez sus preguntas. (Lc. 2, 46).
5. Todos los que le escuchaban estaban asombrados de su talento y de las respuestas que daba. (Lc. 2, 47).
6. Hijo mío, ¿por qué te has portado así con nosotros? Tu padre y yo te buscábamos llenos de angustia. (Lc. 2, 48).
7. ¿Por qué me buscabais? ¿No sabíais que yo debo ocuparme en los asuntos de mi Padre?. (Lc. 2, 49).
8. Pero ellos no comprendieron el alcance de sus palabras. (Lc. 2, 50).
9. Descendió Jesús con ellos, fue a Nazaret y les estaba sumiso. (Lc. 2,51).
10. Jesús crecía en sabiduría, en edad y en gracia delante de Dios y de los hombres. (Lc. 2, 52).
Entre este acontecimiento y el precedente median doce años, y dieciocho pasarán hasta el siguiente. En torno a él reina el silencio que guarda la Escritura sobre la infancia, la juventud y los primeros años de la edad adulta de Cristo. Salvo lo que cuentan los Evangelios acerca de la primera infancia, no oímos nada acerca de estos treinta años. Sólo destaca un suceso: que Jesús, a los doce años, cumple el precepto de la Ley y realiza su primera peregrinación a Jerusalén. Allí se queda en el templo, sin que lo sepan los suyos, y María se angustia por su hijo. El modo como, al fin, lo encuentra -“sentado en medio de los doctores, oyéndolos y preguntándoles”- debe de haberle procurado una mayor zozobra, pues, al preguntarle, apenada: “Hijo, ¿por qué has hecho esto?”, recibe esta respuesta: “¿Por qué me buscabais? ¿No sabíais que yo debo ocuparme de los asuntos de mi Padre?”. La profunda vinculación maternal de María con su hijo es afectada aquí por algo poderoso que lo aleja de ella: la voluntad del Padre. Qué difícil esto y qué grande el desconcierto que agita su corazón lo indica la frase siguiente: “Ellos no comprendieron lo que les decía” (Lc 2, 46, 50).
Esto se repite espiritualmente en cada vida creyente. Siente a Cristo como suyo; está cierta de Él en la fe y participa en su vida mediante el amor. Pero luego Él desaparece, a menudo de repente y sin motivo alguno. Se crea una distancia. Surge un vacío. La persona se siente abandonada. La fe le parece una locura. La esperanza tiene que conservarla “contra toda esperanza”. Todo se vuelve difícil, penoso, sin sentido. Debe continuar sola y seguir buscando. Pero un día vuelve a encontrar a Cristo, y entonces se le hace patente el poder de la voluntad del Padre, al que ella pertenece.
Guardini, Romano, Orar con... El Rosario de Nuestra Señora, Desclée de Brouwer, Bilbao, 2008, p. 113.
Gozoso y dramático al mismo tiempo es también el episodio de Jesús de 12 años en el templo. Aparece con su sabiduría divina mientras escucha y pregunta, y ejerciendo sustancialmente el papel de quien 'enseña'. La revelación de su misterio de Hijo, dedicado enteramente a las cosas del Padre, anuncia aquella radicalidad evangélica que, ante las exigencias absolutas del Reino, cuestiona hasta los más profundos lazos de afecto humano. (RVM, 20)
Desde entonces su mirada (la de María), siempre llena de adoración y asombro, no se apartará jamás de Él. Será a veces una mirada interrogadora, como en el episodio de su extravío en el templo: « Hijo, ¿por qué nos has hecho esto? » (Lc 2, 48). (RVM, 10)
Jesús tenía conciencia de que « nadie conoce bien al Hijo sino el Padre » (cf. Mt 11, 27), tanto que aun aquella, a la cual había sido revelado más profundamente el misterio de su filiación divina, su Madre, vivía en la intimidad con este misterio sólo por medio de la fe…
A lo largo de la vida oculta de Jesús en la casa de Nazaret, también la vida de María está « oculta con Cristo en Dios » (cf. Col 3, 3), por medio de la fe… Pues de este modo María, durante muchos años, permaneció en intimidad con el misterio de su Hijo, y avanzaba en su itinerario de fe, a medida que Jesús « progresaba en sabiduría ... en gracia ante Dios y ante los hombres » (Lc 2, 52). Se manifestaba cada vez más ante los ojos de los hombres la predilección que Dios sentía por él. La primera entre estas criaturas humanas admitidas al descubrimiento de Cristo era María , que con José vivía en la casa de Nazaret. (RM, 17)
Martínez Puche, José A., El Rosario de Juan Pablo II, Edibesa, Madrid, 2003, p. 14.