Vita Christi 2

 Vita Christi 2

De la Anunciación de Nuestra Señora
Después que se cumplió el tiempo que la divina Sabiduría tenía determinado para dar remedio al mundo, envió el ángel san Gabriel a una virgen llena de gracia, la más bella y la más pura y escogida de todas las criaturas del mundo: porque tal convenía que fuese la que había de ser madre del Salvador del mundo. Y después que este celestial embajador la saludó con toda reverencia, y le propuso la embajada que de parte de Dios le traía, y le declaró de la manera que se había de obrar aquel misterio, que no había de ser por obra de varón sino por Espíritu Santo, luego la Virgen con humildes palabras y devota obediencia consintió a la embajada celestial: y en ese punto el Verbo de Dios omnipotente descendió en sus entrañas virginales, y fue hecho hombre: para que de esta manera haciéndose Dios hombre, viniese el hombre a hacerse Dios.
Aquí puedes primeramente considerar la conveniencia de este medio que la sabiduría de Dios escogió para nuestra salud, de la manera que en el preámbulo precedente está platicado, porque ésta es una de las consideraciones que más poderosamente arrebata y suspende el corazón del hombre en admiración de esta inefable sabiduría de Dios, que por tan conveniente medio encaminó el negocio de nuestra salud, dándole juntamente con esto gracias, así por el beneficio que nos hizo, como por el medio porque lo hizo, y mucho más por el amor con que lo hizo, que sin comparación fue mayor.
Después de esto pon los ojos en las virtudes excelentes de esta Virgen que Dios escogió para su templo y morada. Mira primeramente la pureza y gloria de su virginidad, pues ella fue la primera que trajo esta invención al mundo, haciendo voto de perpetua virginidad. Mira su clausura y recogimiento, cual convenía a tal propósito, y los ejercicios espirituales de oraciones y lágrimas en que gastaría las noches y los días en aquel su retraimiento. Mira el rigor de su silencio, pues entre tantas palabras como habló el ángel, habló ella tan pocas y tan necesarias. Mira también su humildad y obediencia en aquel final consentimiento que dio al ángel, diciendo: Ecce ancilla Domini 8 , etc. La humildad, en llamarse sierva la que era escogida por madre; y la fe, en creer tan grandes misterios sin pedir señal, como Zacarías y como otros pidieron: y la obediencia, en resignarse y entregarse en las manos del Señor para lo que de ella quisiese hacer. Mas sobre todo esto es mucho más para considerar los movimientos, los júbilos y los ardores que en aquel purísimo corazón entonces habría con la supervención del Espíritu Santo, y con la encarnación del Verbo Divino, y con el remedio del mundo, y con la nueva dignidad y gloria que allí se le ofrecía, y con tan grandes obras y maravillas como allí le fueron reveladas y obradas en su persona. Mas ¿qué entendimiento podrá llegar a entender esto como ello fue?

La Visitación a Santa Elisabet
Como el ángel dijo a la Virgen que su parienta Elisabet en su vejez había concebido un hijo, dice el evangelista que se partió luego con gran prisa a visitarla. Y entrando en su casa y saludándola húmilmente, así como oyó Elisabet la salutación de María, saltó de placer el niño en su vientre. Y en este punto fue llena del Espíritu Santo Elisabet, y exclamó con una grande voz, diciendo: Bendita tú entre las mujeres, y bendito el fruto de tu vientre. ¿Y de dónde a mí tan grande bien que la Madre de mi Señor venga a mí, etc. 9 .
Tres personas tienes aquí en que poner los ojos: el niño, san Juan, su madre y la Virgen.
En el niño considera una tan extraña manera de movimiento y sentir miento como fue el que tuvo en la presencia de Cristo. Porque allí le fue acelerado el uso de la razón, y le fue dado conocimiento de quién era el Señor que allí venía. De lo cual fue tan grande el alegría que recibió en su voluntad, que vino a hacer aquella manera de salto y movimiento con el cuerpo, por la grandeza del alegría del espíritu. Donde podrás ver que tan grande sea el misterio y beneficio de la encarnación de Cristo, pues con tal manera de sentimiento y reverencia quiso el Espíritu Santo que fuese por este niño celebrado, y por consiguiente, qué es lo que debe hacer el que es ya hombre perfecto, pues este niño encerrado en las angosturas del vientre de su madre tal sentimiento tuvo.
Mas en la madre considera qué tan grande sería la admiración y alegría de esta santa mujer con el súbito resplandor de tan grande luz, que es con el conocimiento de tan grandes maravillas como allí le fueron reveladas, pues en aquel instante por una muy alta manera le fue hecha revelación cuasi de todo el discurso del evangelio. Porque allí conoció que aquella doncella que tenía delante, era Madre de Dios, y que había concebido del Espíritu Santo, y que el Hijo de Dios había encerrado en sus entrañas, y que el Mesías era ya venido, y que el mundo con su venida había de ser reformado: y finalmente allí conoció todo lo que el ángel con la misma Virgen había tratado. Pues si el estilo del Espíritu Santo es dar el sentimiento de la voluntad conforme a la lumbre que da al entendimiento, ¿cuáles serían los ardores y sentimientos de aquella santa voluntad, precediendo tal lumbre en el entendimiento? No hay palabras que basten para explicar esto como es: porque por aquí veas cuan grandes sean los dones y favores de Dios, aun en esta vida mortal, para con los suyos.
Entendido por esta vía el corazón de esta santa mujer, trabaja, como pudieres, por entender el corazón de la Virgen y las palabras de aquella maravillosa canción que allí cantó sobre este tan alto misterio. Mira cuan alabada es allí la humildad, cuán detestada la soberbia, y cuán encarecida la misericordia, la fidelidad y la providencia paternal de Dios para con los suyos. Oh bienaventurada Virgen, ¿qué sentía tu piadoso corazón cuando decías: Engrandece mi ánima a Dios, y mi espíritu se alegró en Dios, y hizo en mí grandes cosas el Todopoderoso? 10 . ¿Qué grandezas y qué maravillas eran esas? No es dado a nosotros escudriñarlas, sino maravillarnos, y alegrarnos, y quedar atónitos con la consideración de ellas. ¡Oh, dichosa suerte la de los justos, pues tan altamente son a veces visitados y consolados de Dios!

La revelación de la virginidad de Nuestra Señora
Vuelta la Virgen a su casa, como el santo Josef la vió preñada, y no sabía de dónde esto fuese, dice el evangelista que no queriendo acusarla, se quiso ir y desampararla, hasta que el ángel de Dios le apareció en sueños y le reveló este tan grande misterio.
Acerca de lo cual primeramente considera la grandeza del trabajo que padescería la Virgen en este tiempo, viendo al esposo tan amado con tan grande turbación y aflicción como consigo traía: para que por aquí veas cómo a tiempos desampara el Señor a los suyos, y los ejercita y prueba con grandes angustias y tribulaciones para acrescentar su perfección.
Considera también la paciencia, y el silencio, y la confianza con que la Virgen padescería este trabajo, pues ni por eso perdió la paz de su consciencia, ni descubrió el secreto de aquel gran misterio, ni perdió la confianza de que el Señor volvería por su inocencia, sino puesta en continua oración, descubría y encomendaba al Señor su causa.
Piensa luego en la revelación hecha al santo Josef: para que por aquí entiendas cómo el Señor azota y regala, mortifica y da vida, derriba hasta los abismos y saca de ellos, y cómo finalmente es verdad lo que dice el Apóstol: Sabe muy bien el Señor librar a los justos de la tribulación 11 .
Aquí puedes también considerar qué tan grande sería el alegría de este santo varón, cuando hallase inocencia en quien tanto deseaba hallarla, y qué tan grande sería el alegría de la Virgen viendo, por una parte, el esposo dulcísimo despenado, y vueltas sus lágrimas en alegría, y, por otra, considerando el socorro de la divina Providencia y la fidelidad que el Señor mantiene con todos aquéllos que fielmente esperan en Él. Pues ¿qué sería ver allí con cuántas lágrimas el esposo pediría perdón a la esposa de la sospecha pasada, y con qué ojos la miraría de ahí adelante, y con cuánta reverencia y acatamiento la trataría? Y ¿qué sería ver las lágrimas de la Virgen, y las alabanzas con que alabarían a Dios toda aquella noche por este tan grande beneficio?

El Nacimiento del Salvador
En aquel tiempo, dice el evangelista que mandó el emperador César Augusto que todas las gentes fuesen a sus tierras a escribirse. Por cuya causa la sagrada Virgen caminó de Nazaret a Betleem a cumplir este mandamiento; donde, cumplidos los nueve meses, parió su Hijo, y, como dice el evangelista, lo envolvió en pañales y recostó en un pesebre, porque no tenía otro más conveniente lugar en aquella posada.
Aquí puedes primeramente considerar el trabajo que la Virgen pasaría en este camino, pues el tiempo era tan contrario al caminar, y ella era tan delicada, y la despensa y provisión para el camino tan pobre. Camina, pues, tú con el espíritu en esta santa romería, y sigue estos pasos piadosos, y sirve en lo que pudieres a estos santos peregrinos, y mira cómo en todo este camino unas veces hablan de Dios, otras van hablando con Dios, unas veces orando, otras dulcemente platicando: y así alternando los ejercicios, vencían el trabajo del caminar.
Pon luego los ojos en la sacratísima Virgen, y mira con qué amor y reverencia abrazaría aquel santo Niño, como lo adoraría, con que devoción lo arrimaría a sus pechos y le daría su leche, y cuáles serían allí las alegrías de su corazón, cuántas las lágrimas de sus ojos, viéndose madre de tal Hijo, viéndose abrazada en tal tesoro, y viéndose finalmente parida sin dolor ni menoscabo de su pureza virginal.
Mira luego con cuánta devoción y compasión lo acostaría en aquel pesebre: donde hallarás maravillosos ejemplos de humildad, pobreza, aspereza y caridad del Hijo de Dios. ¿Qué mayor humildad que nacer en un establo? ¿Qué mayor pobreza que los pañales en que fue envuelto? ¿Qué mayor aspereza que ser en tan tierna edad reclinado en un pesebre? ¿Qué mayor caridad que ponerse a padecer todos éstos trabajos por nuestra causa el Señor de todo lo criado? Y mira como las cosas mas bajas escogió Dios: por do parece que éstas deben ser las mejores, aunque todo el mundo lo contradiga.
También tienes aquí que mirar, demás de aquellas dos resplandecientes lumbres Madre y Hijo, las lágrimas y alegría del santo Josef, los cantares de los ángeles, y particularmente la devoción de los pastores. Y si tú quieres que te quepa alguna parte de esta fiesta como a ellos, trabaja por imitar la simplicidad, la humildad, la pobreza y las vigilias de ellos, y serás visitado de los ángeles y cercado de luz como ellos. No seas doblado, ni malicioso, ni ambicioso: conténtate con las riquezas de la simplicidad, vive según naturaleza, y luego este Niño, amador de simples y de niños, te hará participante de estos misterios.
En cabo de todo esto mira cómo la sacratísima Virgen meditaba y confería todos estos misterios en su corazón, como dice el evangelista, para que por aquí veas cuán alto y cuán divino ejercicio sea la consideración de la vida de Cristo, pues aquella que fue consumadísimo dechado de toda perfección y contemplación, tan a la continua se ejercitaba en él.

La Circuncisión del Señor
Pasados ocho días, dice el evangelista que fue circuncidado el Niño, y le fue puesto por nombre Jesús: el cual nombre fue declarado por el ángel antes que en el vientre fuese concebido.
Acerca de este misterio puedes primeramente considerar el dolor que padecería aquella delicadísima y ternísima carne con este nuevo martirio; el cual era tan grande, especialmente al tercero día, que algunas veces acaecía morir de él. Por donde verás lo que debes a este Señor, que tan temprano comenzó a padecer tan graves dolores y hacer tan dura penitencia por las demasías y torpezas de tus culpas. Y mira como el primer día de su nacimiento derramó lágrimas, y el octavo, sangre: para que veas como no se cansa la caridad de Cristo, y como le va constando el hombre de cada vez más.
Considera también el dolor y lágrimas del santo Josef, que tan tiernamente amaba este Niño, que por ventura fue el ministro de esta circuncisión, y mucho más de su sacratísima Madre, que mucho más le amaba, y mira la diligencia que pondría en arrullar y acallar el Niño, que como verdadero niño, verdadero Dios, lloraba, y con que reverencia recogería aquellas santas reliquias y aquella preciosa sangre, cuyo valor ella tan bien conocía.
Mira también cuán tarde comenzó el Hijo de Dios a predicar, y cuán temprano a padecer, pues a los treinta años comenzó la predicación, y a los ocho días padeció la circuncisión y comenzó a hacer oficio de redentor. Mira cómo aquel esposo de sangre comienza ya a derramar sangre por su esposa la Iglesia. Mira como el segundo Adán, salido del paraíso de las entrañas virginales, comienza ya a saber de bien y de mal, y mira como aquel caudaloso mercader y redentor del linaje humano comienza ya a dar señal de la paga advenidera, derramando ahora esta poquita de sangre en prendas de la mucha que adelante derramará. Por aquí verás con que deseos viene al mundo, pues tan temprano comenzó a dar por el hombre este tesoro. Adora, pues, oh ánima mía, adora y reverencia esta preciosa gota de sangre, en la cual está todo el precio de tu salud, la cual sola bastara para nuestro remedio, si la superabundante misericordia de Dios no quisiera tan superabundantemente satisfacer por nuestras culpas.
Mira también como hoy le ponen por nombre Jesús, que quiere decir Salvador, para que si la señal de pecador te desmayaba, te esfuerce este dulcísimo y eficacísimo nombre de Salvador. Adora, pues, oh ánima mía, abraza y besa ese dulcísimo nombre, más dulce que la miel, más suave que el olio, más medicinable que el bálsamo, y más poderoso que todos los poderes del mundo. Este es el nombre que deseaban los patriarcas, por quien suspiraban los profetas, a quien repetían y cantaban los salmos y todas las generaciones del mundo. Este es el nombre que adoran los ángeles, que temen los demonios, y de quien huyen todos los poderes contrarios, y con cuya invocación se salvan los pecadores.

La adoración de los Magos
Entre las maravillas que acaecieron el día que el Salvador nació, una de ellas fue aparecer una nueva estrella en las partes de oriente: la cual significaba la nueva luz que había venido al mundo para alumbrar a los que vivían en tinieblas y en la región de la sombra de la muerte. Pues conociendo unos grandes sabios, que en aquella región había, por especial instinto del Espíritu Santo lo que esta estrella significaba, parten luego a adorar este Señor. Y llegados a Jerusalén, preguntan por el lugar de su nacimiento. Y informados de esto, y guiándolos la misma estrella que habían visto en oriente, llegaron al portalico de Betleem, y allí hallaron al Niño en los brazos de su Madre; y postrados en tierra, le adoraron y ofrecieron sus dones, que fueron oro, incienso y mirra.
Donde puedes primeramente considerar la bondad y caridad inefable de este Señor, el cual apenas había nacido en el mundo, cuando luego comenzó a comunicar su luz y sus riquezas al mundo, trayendo con su estrella los hombres a sí desde el cabo del mundo: para que por aquí veas que no huirá de los que le buscan con cuidado, el que con tanta diligencia busco a los que estaban tan descuidados.
También puedes considerar la devoción, la fe y la ofrenda de estos santos reyes, y el misterio que por ella nos es significado. La devoción, en ver a cuanto trabajo y peligro y a cuán largo camino se pusieron por ir a adorar a este Señor y gozar de su presencia corporal: para que tú por aquí condenes tu pereza, viendo por cuán poco trabajo dejas muchas veces de gozar de este mismo beneficio por no acudir a las iglesias y frecuentar ahí los sacramentos. La fe, viendo con cuanta humildad y reverencia adoraron como a rey y como a Dios al que estaba tan pobremente aposentado y acompañado. Porque si fue grande la fe del buen ladrón, que en la cruz conoció el reino, no es menor la de estos santos reyes, que en una tan grande humildad adoraron y reconocieron la Divinidad soberana. Más la ofrenda que juntaron con esta fe, nos enseña que debemos acampanar nuestra fe con obras dignas de tal fe, pues la fe sin ellas esta muerta.
Pero considerando mas profundamente el misterio de esta ofrenda, hallaremos que en ella está significada la suma y cumplimiento de toda la justicia cristiana. Porque tres cosas comprende esta justicia: que son, cumplir con Dios, y con nos, y con nuestros prójimos; y con estas tres partes cumple perfectamente quien estos tres dones espiritualmente ofrece; conviene saber, el que ofrece incienso de devoción para con Dios, y mirra de mortificación para consigo, y oro de caridad para con sus prójimos. Con lo primero cumple el hombre, trayendo una continuada oración y elevación del espíritu inflamado para con Dios. Con lo segundo, reformando todas las partes y fuerzas de su cuerpo y ánima, castigando la carne, mortificando las pasiones, enfrenando la lengua y recogiendo la imaginación. Más con lo tercero cumple, socorriendo a las necesidades de sus prójimos con caridad, y sufriendo sus faltas con paciencia, y tratándolos benignamente con suavidad y buenas palabras. De suerte que el que quisiere ser perfecto cristiano, ha de tener en un corazón tres corazones, conviene saber, un corazón devotísimo, humilísimo y inflamadísimo para con Dios; y otro rigurosísimo y vigilantísimo para consigo; y otro liberalísimo, sufridísimo y suavísimo para con los prójimos. Bienaventurado el que adora la Trinidad en unidad, y bienaventurado el que tiene estas tres maneras de corazones en un corazón.
Últimamente puedes aquí considerar el alegría que la sagrada Virgen recibiría en este paso, viendo la devoción y fe de estos santos varones, y levantando los ojos a las esperanzas que aquellas primicias prometían, y viendo este nuevo testimonio de la gloria de su Hijo entre los otros que habían precedido, que eran Hijo sin padre, virgen y madre, parto sin dolor, cantar de ángeles, adoración de pastores, y ahora esta ofrenda de reyes venidos al cabo del mundo. Pues ¿cuáles serían aquí las alegrías de su ánima, y cuáles las lágrimas de sus ojos, cuáles los ardores y júbilos de su purísimo corazón?

La purificación de Nuestra Señora
Cumplidos los cuarenta días que mandaba la ley para haberse de purificar la mujer que paría, dice el evangelista que fue la Virgen a Jerusalén a cumplir esta ley y ofrecer el santo Niño en el templo. Donde fue recibido en los brazos del santo Simeón, que tanto tiempo aguardaba por este día, y donde también fue conocido y adorado por aquella santa viuda Ana, que acudió allí a esta sazón.
Aquí puedes primeramente considerar la humildad profundísima de esta Virgen, que habiendo quedado de aquel parto virginal más pura que las estrellas del cielo, no se desdeñó de subjectar a las leyes de la purificación y ofrecer sacrificio que pertenecía a mujeres no limpias. Donde verás cuán diferente camino llevan la Madre y el Hijo del que llevamos nosotros. Porque nosotros queremos ser pecadores, y no queremos parecerlo: más Cristo y su Madre no quieren ser pecadores, y no se desdeñan de parecerlo. Porque del Hijo se dice que después de los ocho días se sujetó al remedio de la circuncisión, que era señal de pecadores, y de la Madre, que después de los cuarenta días se sujetó a la ley de la purificación, que era sacrificio de no limpias.
Considera también la grandeza del alegría que aquel santo Simeón recibiría con la vista y presencia de este Niño: la cual excede todo encarecimiento. Porque cuando este varón, que tanto celo tenía de la gloria de Dios y de la salud de las ánimas, y que tanto deseaba ver antes de su partida Aquél en cuya contemplación respiraban los deseos de todos los padres, y en cuya venida estaba la salud y remedio de todos los siglos, cuando le viese delante de sí, y le recibiese en brazos, y conociese por revelación del Espíritu Santo que dentro de aquel corpecico estaba encerrada toda la majestad de Dios, y viene juntamente en presencia de tal Hijo tal Madre, ¿qué sentiría su piadoso corazón con la vista de dos tales lumbreras y con el conocimiento de tan grandes maravillas? ¿Qué diría? ¿Qué sentiría? ¿Qué sería ver allí las lágrimas de sus ojos, y los colores y alteración de su rostro, y la devoción con que cantaría aquel suavísimo cántico, en que está encerrada la suma de todo el evangelio? Oh, Señor, y cuán dichosos son los que os aman y sirven, y cuán bien empleados sus trabajos, pues aun antes de la paga advenidera tan grandemente son remunerados en esta vida!
Después que así hubieres considerado el corazón de este santo viejo, trabaja por considerar y entender el corazón de la santísima Virgen, y hallarla has, por una parte, llena de inefable alegría y admiración, oyendo las grandezas y maravillas que de este Niño se decían; y por otra, llena de grandísima y incomparable tristeza mezclada con esta alegría, oyendo las tristes nuevas que este santo varón del mismo Niño le profetizaba.
Pues ¿por qué quisiste, Señor, que tan temprano se descubriese a esta inocentísima esposa tuya una tal nueva, que le fuese perpetuo cuchillo y martirio toda la vida? ¿Por qué no estuviera este misterio debajo de silencio hasta el mismo tiempo del trabajo, para que entonces solamente fuera mártir, y no lo fuera toda la vida? ¿Por qué, Señor, no se contenta tu piadoso corazón con que esta doncella sea siempre virgen, sino quieres también que sea siempre mártir? ¿Por qué afliges a quien tanto amas, a quien tanto te ha servido, y a quien nunca te hizo por donde mereciese castigo? Ciertamente, Señor, por eso la afliges, porque la amas, por no defraudarla del mérito de la paciencia, y de la gloria del martirio, y del ejercicio de la virtud, y de la imitación de Cristo, y del premio de los trabajos, que cuanto son mayores, tanto son dignos de mayor corona. Nadie, pues, infame los trabajos, nadie aborrezca la cruz, nadie se tenga por desfavorecido de Dios, cuando se viere atribulado, pues la más amada y más favorecida de todas las criaturas fue la más lastimada y afligida de todas.

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