Vita Christi 5
Vita Christi 5
De la memoria de la muerte
Antes de estas tres cosas sobredichas (que son juicio, paraíso y infierno) precede la muerte, que es camino y puerta para ellas: y así no menos aprovecha la consideración de ella, que las demás.
Pues para esto considera primeramente cuán incierta sea la hora de esta muerte: porque ordinariamente suele venir al tiempo que el hombre está más descuidado y menos piensa que ha de venir, echando sus cuentas y haciendo sus trazas para adelante. Y por esto se dice que viene como ladrón, el cual suele venir al tiempo que los hombres están más seguros y más dormidos.
Piensa luego todo lo que precede la muerte, y lo que entreviene en la muerte, y lo que se sigue después de ella. Y para que mejor entiendas cada cosa de estas, imagina que tú eres el que has de morir, pues a la verdad has de morir, y piensa desde ahora todo esto que por ti ha de pasar.
Antes de la muerte, piensa en la enfermedad grave que ha de preceder la muerte, con todos los accidentes, hastíos, tristezas, medicinas y molestias y noches largas que allí te han de fatigar: lo cual todo es camino y disposición para la muerte. Porque así como antes de entrarse por fuerza un castillo o una ciudad, suele preceder una recia batería que derriba los muros y fuerzas por tierra, y tras de esto es luego entrada y conquistada, así para esto suele preceder a la muerte una gravísima enfermedad, la cual de tal manera bate noche y día sin parar las fuerzas naturales y los miembros principales de nuestro cuerpo, y de tal manera los deja maltratados, que el ánima no pudiéndose ya más defender ni conservar en ellos, los desampara y se va.
Piensa luego, cuando ya la enfermedad llega a lo postrero, y o el médico o ella nos desengañan y nos quitan la esperanza de la vida, las angustias que entonces te cercaran, y las cosas que se te representaran. Porque lo primero, allí luego se representa la salida de esta vida y el apartamiento de todas las cosas que amábamos en ella, hijos, mujer, amigas, parientes, hacienda, honra, y finalmente este mundo, este aire y esta luz que es a todos común. Tras de esto se representa todo el curso de la vida pasada y todos los mas graves pecados que se han hecho en ella, especialmente tal y tal pecado mas grave, y la cuenta que entonces de todo esto se ha de dar y la sentencia que por esto se ha de esperar. Pónese también ante los ojos el tiempo pasado y el venidero: y el pasado, como ya no es, parece un soplo, y el venidero, como está por venir y es eterno, parece lo que es, que es infinito. Y con esto comienza el hombre a reprehenderse y condenarse, viendo que por placeres y bienes que entonces le parecerán de un punto, está en peligro de padecer tormentos que durarán para siempre. Y para remedio de este tan grande yerro, comienza a desear espacio de penitencia y condenar su negligencia, y a caer, aunque ya muy tarde, en la cuenta. Estas y otras semejantes olas y fatigas son las que, demás de la enfermedad, combaten y afligen al doliente en aquel trabajoso tiempo noche y día sin parar.
Tras de esto piensa luego en los accidentes y trabajos que entrevienen en la misma muerte, que son aun mayores que los pasados. Mira como el cuerpo comienza ya a perder el calor natural, y los miembros las fuerzas y el movimiento, y quedar como si fuesen de piedra. Las partes altas y las extremidades se paran fría, la cara demudada, el color como el plomo, las cuencas de los ojos hundidas, los ojos envidriados, la boca llena de sarro y espuma, la lengua gruesa y torpe para hablar, y la garganta adelgazada. El pecho con angustias se levanta, los labios se vuelven azules y los dientes pardos, y cuasi todo el hombre viene a estar como muerto antes que muera.
Aquí puedes también pensar en el sacramento de la extrema unción que en este caso se administra para ayudar en esta postrer batalla, y en todas las oraciones y sufragios de que la Iglesia usa en esta necesidad, cuando el hombre está ya tirando y agonizando a la salida de esta vida: en la cual paga la deuda de las angustias con que en ella entró, padeciendo los dolores al tiempo del salir, que su madre padeció al tiempo de parir. Y así concuerda muy bien la entrada de la vida con la salida, pues la una y la otra es con dolores, aunque la una con los ajenos y la otra con los propios.
Después de esto, considera lo que se sigue tras de la muerte, que es la suerte que al cuerpo y ánima ha de caber. La del cuerpo es la sepultura: en la cual te debes hallar con el espíritu presente, mirando cómo te llevan a enterrar, cómo te acampanan, cómo te lloran, cómo doblan por ti, cómo preguntan los que oyen doblar por el muerto, cómo te depositan en el sepulcro entre los otros huesos de los muertos, y te pisan y dejan en aquel estrecho y oscuro aposento, acampanado de perpetua soledad.
Dejando el cuerpo en este lugar, camina con tu propia anima hasta el tribunal de Dios: donde irás acampanado por una parte de ángeles y por otra de demonios, alegando cada cual de las partes de su derecho: y mira la cuenta que allí se te pedirá del tiempo, de los beneficios y inspiraciones divinas, de los aparejos que tuviste para bien vivir, y de todos los males que hiciste, y aún de los mismos bienes, si no los hiciste como debías. Y considerando todas estas cosas, trabaja, hermano, por vivir agora de tal manera, cual entonces desearas haber vivido.
De los beneficios divinos
Después de la vida de Cristo y de estas cuatro postrimerías, es utilísima la consideración de los beneficios divinos, así para incitarlos a amar a quien tanto bien nos hizo, como para entender la obligación que tenemos a su servicio. Y es bien tener muchas cosas en qué meditar, porque con la variedad de ellas tengamos con que encender más nuestro corazón y excusar el hastío que aquí podría entrevenir.
Y aunque los beneficios divinos sean innumerables, pero todos ellos pueden reducirse a estos ocho mas principales, conviene saber, al beneficio de la creación, conservación, redención, cristiandad, llamamiento sacramentos, inspiraciones divinas, beneficios particulares y ocultos.
Pues cuanto al primer beneficio de la creación, considera cómo antes que Dios te criase, eras nada; y de ésa nada te hizo el Señor, no piedra, ni palo, ni serpiente, sino hombre, que es una nobilísima criatura, dándote ese cuerpo con todos sus miembros y sentidos, y esa ánima con todas esas nobilísimas potencias que tiene para conocer a Dios y ser capaz del sumo bien.
Cuanto al segundo, de la conservación, mira cómo el mismo Señor que te crió y te sacó de no ser a ser, ese mismo te conserva en ese ser, de tal manera, que lo que una vez te dio, siempre te lo está dando y conservando. Y mira cómo para este efecto crió toda esta tan gran máquina del mundo con todas cuantas cosas hay en él, de las cuales unas sirven para mantenerte, otras para curarte, otras para enseñarte, otras para regalarte y otras también para castigarte: porque de todo es razón que haya en la casa de buen padre.
Cuanto al tercero, de la redención, ya has visto todos los pasos que este Señor dio por ti, y lo mucho que te dio, y lo mucho que le costó, y lo mucho mas que te amé: por donde verás el amor y gracias que por todo esto le debes. Y para sentir mas la grandeza de este beneficio y del pasado, imagina que a ti solo fueron hechos estos dos grandes beneficios, pues aunque hayan sido hechos para todos, no menos sirven para ti que si para ti solo fueran hechos. Porque no menos gozas tú de todas las cosas de este mundo y de todos los trabajos de Cristo, que si para ti solo fuera hecho todo.
Cuanto al cuarto, que es de la cristiandad, mira lo que le debes por haberte hecho cristiano, y nacido en tierra de cristianos, pues tanta es la muchedumbre de hombres que hay por esos mares y mundos, que nacen y mueren paganos y se van a los infiernos. Pues ¿qué fuera de ti, si fueras uno de esos? Y ¿qué debes a quien hizo que no lo fueses? etc.
Cuanto al quinto beneficio, que es del llamamiento, si por ventura te ha Dios llamado, sacándote de pecado, mira lo que le debes por este beneficio, considerando cuánto tiempo te esperó, cuántos pecados te sufrió, cuantas inspiraciones te envío, y cuán benignamente te recibió, y que fuera de ti, si te tomara la muerte estando en pecado, como a muchos otros tomó, puesto caso que nadie puede saber de cierto si está fuera de él.
Cuanto al sexto, que es de los sacramentos, mira lo que le debes por el remedio que te dejé en los sacramentos de su Iglesia, y señaladamente en el sacramento del altar, donde se te da Él mismo en mantenimiento y en remedio. Donde puedes considerar todos los favores y espirituales consolaciones que por medio de este venerable sacramento habrás en este mundo recibido, y lo que por todo esto le debes.
Cuanto al séptimo, de las inspiraciones divinas, mira lo que debes a este Señor porque continuamente te está siempre llamando y despertando a bien obrar. Porque todos cuantos pasos buenos das, todos cuantos deseos, propósitos, pensamientos, movimientos y sentimientos buenos tienes, todos son beneficios y inspiraciones suyas y obras de esta especial providencia que tiene de ti. Pues ¿con qué le podrás pagar tan grande deuda?
Cuanto al octavo, que son beneficios particulares y ocultos, aquí tienes que considerar todas las particulares mercedes así espirituales como temporales que Dios te ha hecho, y todas las preservaciones de males así espirituales como temporales de que te habrá librado sin que tú por ventura lo hayas sentido. En esta cuenta entran todos los males de pena o de culpa que padecen todos los otros hombres, los cuales tú también pudieras padecer. Ves aquél ciego, el otro tullido, el otro perniquebrado, el otro sacrílego, o blasfemo, o amancebado. ¿Quién quita que no pudieras tu también estar así? Pues ¿que dieras, si así te vieras, a quien te librará de estos males? Adora, pues, ama y sirve al Señor, porque Él fue el que de todos esos males te preservó, pues no es menos preservar del mal para que no venga, que curarlo después de venido.
Por aquí, pues, verás lo que debes a Dios por cada uno de sus beneficios: y por ellos mismos verás cuántas veces es Dios tu padre, pues está claro que es padre porque te crió, y padre porque te conserva en ese ser que te dio, y padre porque te redimió, y padre porque en la cruz con tantos dolores te reengendró, y padre porque en el santo bautismo te adoptó por hijo, y padre, si después de perdido por el pecado este titulo, lo volvió a renovar con el beneficio del llamamiento. Pues si tanto debes y quieres al que una sola vez fue tu padre, ¡cuánto más debes al que tantas veces te ha sido padre por tan excelentes maneras! ¡Cuánto más le debes querer, y servir, y obedecer, y confiar en Él, y recurrir a Él en todas tus necesidades como a verdadero padre!
Y para entender mejor la grandeza de estos beneficios divinos, hace mucho al caso considerar cada beneficio con las circunstancias que tiene, que son quien lo da, a quien se da, por qué causa y en qué manera se da.
Cuanto a lo primero, mira cuan grande sea el que te hace estos beneficios, que es Dios. Considera la grandeza de su omnipotencia, la cual declara toda la máquina de este mundo, con toda la universidad de criaturas que hay en él. Considera también la grandeza de su sabiduría, la cual se conoce por el orden, concierto y providencia maravillosa que hay en todas ellas. Porque si consideras esto, no digo yo tan grandes beneficios, sino una manzana que te enviará este tan grande Rey y Señor, habla de ser muy estimada, por la dignidad de quien la da.
Y no menos crece la grandeza del beneficio con la otra circunstancia, que es con la vileza del que lo recibe, que con la excelencia del que lo da. Por lo cual decía David: Señor, ¿quién es el hombre, para que Tú te acuerdes de él, o el hijo del hombre, para que Tú le visites? Porque si todo este mundo apenas es una hormiga delante la majestad de Dios, ¿que será el hombre, que tan pequeña parte es de este mundo? Pues ¿cómo no será grande misericordia y maravilla que un tan alto y tan soberano Señor tenga tan especial cuidado de hacer tan grandes bienes a una tan pequeña hormiguita?
Pues ¿que será si consideras la causa del beneficio? Claro está que nadie hace bien, ni da un paso, sin esperar o pretender algún interese. Solo este Señor nos hace todos estos bienes sin pretender ni esperar de nosotros cosa que redunde en provecho suyo. De manera que todo lo que hace, puramente lo hace de gracia, por sola bondad y amor. Si no, dime: si eres predestinado, ¿por qué otra causa te predestinó, y después te crió, y te redimió, y te hizo cristiano, y te llamó a su servicio? ¿que causa pudo haber aquí para tan grandes beneficios, sino sola bondad y amor?
Ni hace menos para esto considerar el modo y manera con que nos hace todos estos bienes, que es el corazón y voluntad con que los hace. Porque todo cuanto bien nos ha hecho en tiempo, desde ab aeterno nos lo determino de hacer, y así desde ab aeterno con perpetua caridad, y grandísima caridad, nos amé: y por esta caridad y amor que nos tuvo, se determinó de hacernos todos estos bienes y tener tan especial cuidado de nuestra salud. En la cual entiende con tanta providencia y recaudo, como si desocupado de todos los otros negocios, no tuviera otro en que entender sino en la salud sola de cada uno.
Aquí, pues, tiene el ánima devota en que rumiar, como animal limpio, noche y día: donde hallará pasto abundantísimo y suavísimo para toda la vida.
De la manera que se ha de tener en la consideración de todas las cosas susodichas
Dicho ya de la materia de la consideración, que es todo lo que hasta aquí se ha tratado, diremos ahora .. manera y forma que en este santo ejercicio se ha de tener. Para lo cual debe el hombre primeramente buscar cada día tiempo convertible, según la condición de su estado y de su vida: aunque el mejor tiempo de todos es el de la media noche o el de la madrugada. El lugar también ayuda para esto, cuando es oscuro y solitario, para que así esté el corazón mas recogido, no teniendo en que derramarse los sentidos. Puesto el hombre en este lugar, y armando el corazón y la frente con la señal de la cruz, levante los ojos de su ánima a considerar qué es lo que quiere hacer, que es tratar de Dios o tratar con Dios, para recibir el espíritu de gracia del mismo Dios. Y viendo cuan inhábil es el de su parte para tan gran negocio, pida a aquel dador de todos los bienes que recoja su corazón y lo guíe y enseñe en este camino. Y para esto puede rezar algunas oraciones vocales o salmos al principio del recogimiento, como arriba se dijo, para comenzar a encender su corazón con el fuego de las palabras divinas.
Luego puede tomar para cada día un paso, o dos, o tres, de la vida de Cristo para el tiempo de su ejercicio, y hacer cuenta que allá donde el está, se celebra y trata este misterio como se trató en su proprio lugar. El cual oficio pertenece a la imaginación, que sabe figurar y representar todas estas cosas como pasaron, y como las dibujaría un pintor.
Mire, pues, al Señor en el tal paso, lo que hace, o lo que padece, y mucho más el corazón con que lo padece. De manera que no sólo ha de mirar a Cristo por de fuera, sino mucho más lo que está encerrado en su ánima, que es la caridad, y la humildad, y la benignidad y mansedumbre con que hace todo lo que hace. Y en cada uno de estos pasos podemos considerar aquellas mismas cinco cosas que señalamos en cada uno de los beneficios divinos; conviene saber, lo que se padece, quien lo padece, por quien lo padece, por que causa lo padece y de qué manera lo padece, que es con aquel corazón y con todas aquellas virtudes que dijimos. Porque cada una de estas circunstancias declara mucho la grandeza del negocio y del beneficio. Y no se requiere de necesidad pensar de cada vez todas estas cosas juntas, sino unas veces puede el hombre detenerse en una circunstancia de estas, y otras en otra, según que el Espíritu Santo le moviere.
Debe también tener aquí respecto, cuando en esto piensa, a enderezar su atención a aquellas cuatro cosas que arriba dijimos, que son, a la compasión de los trabajos de Cristo, a la imitación de sus virtudes, al aborrecimiento del pecado y al conocimiento de la bondad y caridad inmensa de Dios, que resplandece en estos misterios, para movernos a amar a quien tan amable aquí se nos mostró.
Mas cuando el hombre entendiere en esto, no debe trabajar demasiadamente por exprimir a fuerza de brazos las lagrimas y la devoción, como hacen algunos, sino con un corazón humilde y atento, no caldo, ni tibio, ni flojo, se presente a nuestro Señor, haciendo lo que es de su parte: porque el Señor hará lo que es de la suya. Y cuando ningún otro fruto de aquí sacare sino sequedad de corazón, conténtese con haber allí acompañado y hecho presencia al Salvador, y peleado con el desasosiego de su corazón: porque no carece esto de fruto, y grande fruto.
Ni debe desistir luego de un santo ejercicio, si a las primeras azadonadas no saca agua: porque muchas veces se da al cabo al que fiel y humildemente persevera, lo que se niega a los principios: y aquí esta la llave de este negocio. Por tanto, trabaja, y persevera, y porfía: porque tales son las mercedes que aquí el Señor suele hacer a tiempos, que muchos años de trabajo que se pasasen por ellas, eran muy bien empleados.
Verdad es que una de las principales causas de esta sequedad, o dilación de esta gracia, es traer el corazón muy ocupado en negocios exteriores y peregrinos: por donde con dificultad y tarde se viene a tomar las cosas de Dios. Por esto conviene mucho traerlo cuanto sea posible siempre ocupado en sus cosas: porque andando siempre caliente y devoto con esta memoria, fácilmente se levanta a Dios, cuando lo queremos levantar.
Para lo cual señaladamente ayudan dos cosas: la primera, lición ordinaria de libros espirituales y devotos, la cual trae el corazón ocupado en aquello de que anda lleno; y la segunda y muy más principal, trabajar todo lo posible por andar siempre en la presencia de Dios y nunca perderlo de vista, o a lo menos levantar muchas veces entre día y noche el corazón a Él con algunas breves oraciones, tomando ocasión de las mismas cosas que vemos o que tratamos: y así debe el hombre tener su manera de oraciones y consideraciones diputadas para cuando se acuesta, y para cuando se levanta, y para cuando ha de comer, o hablar, o negociar, para cuando es tentado, para cuando oye el reloj dar la hora, para cuando ve los campos floridos y el cielo estrellado, o cuando ve algunos males corporales o espirituales de prójimos: para que todo le sea motivo de levantar el corazón a Dios, y así pueda conservar siempre en el con estos tizones el fuego de la devoción. Porque así como en la leña seca se enciende presto la llama, así también se enciende la devoción en el corazón que anda siempre caliente con el uso de la continua oración, y lición, y meditación de las cosas de Dios.
Acabada la meditación en la manera que dicho es, puede el hombre acabar su ejercicio con dar gracias al Señor por aquel paso que ha considerado, y por todos los otros beneficios divinos: y luego ofrecer aquel misterio al Eterno Padre, y con él a sí mismo y todas sus obras; y luego pedir mercedes por esta tan rica ofrenda que le ofreció, que fueron los trabajos de su unigénito Hijo.
Y lo que debe cada uno pedir es lo que su necesidad le enseñare que ha menester: porque este es el mejor maestro de la oración. Por do parece que pueden entrevenir en este santo ejercicio cinco partes principales; conviene saber, preparación, meditación, hacimiento de gracias, ofrecimiento y petición: no porque todo esto sea siempre necesario, sino para que tenga el hombre materia copiosa en que ocupar su corazón, y así tenga también más estímulos e incentivos de devoción: porque lo que no se halla en una parte, a veces se halla en otra.
Y después de acabado todo este glorioso itinerario de la vida de Cristo, y corridas todas estas estaciones, con todo lo demás que se sigue después de ellas, debe tomar, como el sol después de corridos los doce signos del cielo, a andar por esta misma rueda: porque no menor fruto se sigue en las ánimas de este espiritual movimiento, que del sol se sigue en el mundo. De manera que mientras durare al hombre la vida, siempre ande por estos pasos de la vida de Cristo: aunque no debe por eso tener cerrada la puerta, cuando el Señor le llamare a otra cosa con que su devoción sea mas ayudada.
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Apéndice
1. Versos de M. Marulo 19 en que se tocan cuasi todas las materias de este presente tratado, preguntando el cristiano y respondiéndole Cristo brevemente desde la Cruz
Pregunta el cristiano
Piadoso y clementísimo Señor, ¿por qué te vestiste de carne humana, y quisiste bajar del cielo a la tierra?
[Responde Cristo]
Para que el hombre terreno (a quien su culpa había derribado) pudiese con mi favor y ayuda subir desde la tierra al cielo.
—¿quien a ti (que eras inocente y estabas libre de pecado) forzó a padecer muerte y dolores por los pecados?
El amor grande que tuve al hombre, para que lavado él con mi sangre, se hiciese hábil para morar en el cielo.
—¿Por que tienes los brazos tendidos en ese madero, y los pies juntos y traspasados con un clavo?
Porque de una parte y de otra llamo las gentes del mundo, y así las vengo a juntar en unión de una misma fe.
—¿Por que estando en esa cruz, tienes inclinada la cabeza, y los ojos humildemente abajados y puestos en tierra?
Porque con esta figura enseño a los hombres a no levantarse con soberbia, sino bajar humildemente la cerviz, y ponerla debajo de yugo.
—¿Por que estás en esa cruz desnudo, y por que está ese rostro y ese divino cuerpo tan consumido y tan flaco?
Porque con esto quise enseñarte a despreciar las riquezas y bienes del mundo, y a padecer hambre y pobreza conmigo.
—¿Por que tienes cubiertos los lomos con un velo de lienzo? ¿que es lo que me significa esa cobertura real?
De aquí quiero que aprendas que me agradan los cuerpos limpios y castos, y que aborrezco toda torpeza y fealdad.
—¿que quieren decir esas bofetadas, salivas, azotes, corona de espinas, y los otros tormentos de la cruz?
Que tenga paciencia en las injurias y no quiera dar mal por mal el que desea sobre las estrellas del cielo vivir en perpetua paz.
La vida es breve, el trabajo pequeño, el galardón grande y que durara para siempre.
Mas si alguno hay que no sienta la grandeza del premio, a lo menos muévalo el miedo del destierro de aquella cárcel infernal.
Y aquellos fuegos que nunca se apagan, y aquellas tinieblas que nunca resplandecen, y aquel gusano que siempre muerde, y aquella miseria que nunca cesa.
Porque tales cosas están guardadas para los que agora tiene cautivos el fugitivo deleite, engañándolos con diversos halagos.
Ofreciendo riquezas a los avarientos, descanso a los perezosos, torpes pasatiempos a los carnales, vino precioso a los amigos del vientre, pompa y fausto a los soberbios, y despojos a los esforzados.
Con estos cebos, engañado el pueblo miserable, olvidado de su propia salud, camina derecho y corre a su perdición.
Y ni oye mis amonestaciones, ni hace caso de mis ejemplos, y finalmente no tiene cuenta con mi juicio.
Pues cuando venga este horrible juicio, este día será día de ira, día de nieblas y de torbellinos.
Cuando los cielos se estremecerán y sacudirán de si las estrellas, que caerán del cielo en la tierra.
Entonces espantará al mundo la luna con su cara sangrienta, y el sol se oscurecerá, y esconderá sus rayos.
Todas las cosas temblaran, y el mundo se acabara, y hasta los coros de los ángeles se estremecerán.
Una llama de fuego abrasador volará por el mundo, y la mar y la tierra quedarán hechas una foguera.
Entonces vendré yo con gran poder y majestad, asentado en una nube resplandeciente.
Al derredor de mi vendrán millares de santos gloriosos y millares de espíritus bienaventurados.
Luego una trompeta daré un terrible sonido de lo alto, el cual rasgue las tierras y llegue al profundo de los infiernos.
Y luego sin tardanza resucitarán todos aquellos que perdida la lumbre de la vida, nuestra gran madre la tierra recibió en su grande gremio.
Y estará toda esta compañía resucitada delante de mi justo tribunal, esperando con temeroso corazón la terrible sentencia de mi juicio.
Ninguna cosa secreta ni escondida pasara sin examen, aunque sea lo que el hombre pensé dentro de su corazón.
Y según los méritos se dará a cada uno su galardón: a unos vida perpetua y a otros muerte que nunca morirá.
Oh pues hombres miserables, que estáis enredados con tantos engaños, mientras tenéis poder ahora, sacad vuestros pies de ese lazo.
Abrid los ojos y velad, porque el día oscuro de este tiempo no os tome cerrados los ojos y cargados de sueño.
Mirad con cuán ligera carrera huyen y se pasan los tiempos, y cómo las horas apresuradas no saben sentir tardanza.
Dichoso aquel que emplea bien los días de la vida, y piensa que el fin de el será hoy o será mañana.
2. Habla del crucifijo que está a la entrada de las iglesias, compuesta en verso por Lactancio Firmiano 20
Quienquiera que por aquí pasas, y subes por estos grados del templo, espera un poco, y pon los ojos en mi, que siendo inocente, por tus culpas tan cruel muerte padecí. Yo soy Aquél que habiendo lástima de la caída miserable del género humano, vine a este mundo a ser medianero de paz y perdón de la culpa común. Aquí se dio una clarísima luz a la tierra, aquí esta la imagen de la verdadera salud, aquí soy tu descanso, camino derecho, redención verdadera, bandera de Dios, y estandarte real, digno de perpetua recordación.
Por tu causa y por amor de tu vida entré en el vientre de una Virgen: por ti fui hecho hombre y por ti padecí terrible muerte, sin hallar descanso en todos los fines de la tierra, sino en todo lugar amenazas, y en todo lugar trabajos. El establo y las majadas esperas de Judea fueron la hospedería de mi nacimiento y las compañeras de mi pobre Madre. Aquí entre las bestias brutas tuve una cama de paja en un angosto y humilde pesebre. Los primeros años de mi edad viví en tierra de Egipto desterrado del reino de Herodes; y vuelto de ahí, gasté los otros en Judea, donde siempre padecí ayunos, siempre trabajos y siempre extrema pobreza. Y con esto siempre trabajé por encaminar a los hombres con saludables consejos al estudio de la virtud, acompañando y confirmando mi doctrina con obras maravillosas. Por las cuales cosas la malvada Jerusalén, movida con crueles odios y rabiosa envidia, y ciega con furor, extendió las manos contra mi, y me procuró en una terrible cruz muerte cruel. La cual si yo quisiere explicar por sus partes, y tu quisieres conmigo acompañarme y sentir todos mis dolores, pon primero ante los ojos los ayuntamientos y consejos de mis enemigos; y las celadas que me armaron, y el precio vil de mi inocente sangre, y los besos fingidos de mi discípulo, y el acometimiento y los clamores de aquella cruel compañía. Piensa también aquellos crueles azotes, y aquellas criminosas lenguas tan aparejadas para mentir, aquellos testigos falsos, y aquel perverso juicio del ciego presidente, y aquella grande y pesada cruz cargada sobre mis hombros y espaldas cansadas, y aquellos pasos dolorosos con que caminé a la misma cruz. Y después de puesto en ella, mírame levantado en alto y desviado de los ojos de la dulce Madre, y rodéame desde los pies hasta la cabeza por todas partes. Mira los cabellos cuajados con sangre, y la cerviz ensangrentada debajo de ellos, la cabeza agujereada con crueles espinas, corriendo hilos de sangre viva sobre el divino rostro. Mira también los ojos cerrados y oscurecidos, y las mejillas afligidas, y la lengua seca y atoxicada con hiel, y el rostro amarillo con la presencia de la muerte. Mira los brazos extendidos, y las manos atravesadas con clavos, y la herida grande en el costado, y el río de sangre que manaba de ella, los pies enclavados, y todos los miembros sangrientos. Hinca, pues, las rodillas, y adora este venerable madero de la cruz, y besando la tierra sangrienta con boca humilde, derrama sobre ella muchas lagrimas, y nunca me pierdas de vista, ni me apartes de tu corazón, siguiendo siempre los pasos de mi vida. Y considerando estos tormentos y esta muerte cruel, con todos los otros innumerables trabajos y dolores míos, aprende de aquí a padecer adversidades y tener perpetuo cuidado de tu salud.
3. Himno en alabanza de Cristo 21
A Jesús las vírgenes castas, a Jesús la santa juventud, a Jesús los varones, los viejos y las mujeres ancianas alabemos, en cuya fe vivimos, el cual nos favorece y ama con amor de padre. Eterno Hijo del sumo Dios, criador de las estrellas, de la tierra y de la mar, ninguna cosa encierra en sí la inmensidad del cielo y la redondez grande de la tierra, que no sea hecha por tu diestra. Tú asentado en el seno del Padre, sustentas y gobiernas todas las cosas. Tú por tu inmensa caridad apiadado de nuestra miseria, te vestiste de cuerpo mortal: enclavado en una áspera cruz, con tu muerte nos libraste de los fuegos eternos. Tú vencida la muerte, volviendo a tu palacio real, colocaste contigo a los tuyos en esa parte del cielo dorado. A ti canta días y noches la compañía de los moradores del cielo. De ti da testimonio aquel eterno Espíritu, diciendo que eres único autor de nuestra salud. Tu eres reposo, lumbre y deleite de las ánimas. Tu eres pastor y cordero que quitas los pecados del mundo. Tu eres eterno pontífice, poderoso para aplacar la ira del Padre soberano. Pues ¿quién no te alabará, Señor? ¿quién no te amará con todo su corazón? Pues, oh benigno Jesús, enciende, Señor, mi ánima en este amor, muéstrame ese rostro hermoso, y haz bienaventurados mis ojos con los tuyos, y no quieras negar, oh amante, al que te ama, beso de paz. Tu eres esposo de mi ánima, a ti busca ella, a ti con lágrimas llama. Tú, Santo, habiéndola librado de la muerte con tu muerte, y heridora con tu amor, no la has de aborrecer. Pues ¿por qué la miserable no siente la dulzura de tu presencia? Óyeme, Dios mío y Salvador mío, y concédeme esta petición, pues ninguna cosa hay mas dulce que arder siempre nuestro corazón en tu amor.
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1
Supra, pp. 87-127.
2
SANTO TOMÁS DE AQUINO, Summa Theologiae, IIII, q. 82, a. 3.
3
Cf. Is 11, 5.
4
Cf. Ct 1, 2.
5
S. BUENAVENTURA/Ubertino de Casale, Arbor vitae Crucifixi.
6
Ct 1, 12.
7
S. AGUSTIN, Confesiones IX, 1: PL 32, 763.
8
Lc 1, 38.
9
Lc 1, 42.
10
Lc 1, 46-47 y 49.
11
Sal 33, 7 y 18: 2 Co 1, 4.
12
Jn 18,23.
13
Esta página es una adaptación de G. SAVONAROLA, Trattato dell'amore di Gesu Cristo (operette spirituali), volt I, Roma, 1976, pp. 110-113.
14
Sal 41,4.
15
Sal 65, 12.
16
Mt 25, 41-42.
17
Sb 5,9.
18
Cf. Summa theologiae, I, q. 24: «De libro vitae».
19
M. MARULO, Carmen de doctrina Domini Nostri lesu Christi pendentis in Cruce. Cf. CH. BENE, Destin d'un poeme, Split, 1994, pp. 112: «La traduction espagnole de Luis de Granada».
20
Carmen incerti auctoris: PL 7, 283-286.
21
Poema de M. FLAMINIO, Carmina sacra, Rostochi, 1578, ff. 12v-13v.