Cristo se pone a vuestro lado para convertiros en Él

Significan algo mucho más importante que eso. Significan que una auténtica Persona, Cristo, aquí y ahora, en esa misma habitación donde estáis rezando, está haciéndoos cambiar. No se trata de un hombre bueno que murió hace dos mil años. Se trata de un Hombre vivo tan hombre como vosotros, y aun tan Dios como lo fue cuando creó el mundo, que realmente aparece y entra en contacto con vuestro ser más íntimo, mata el viejo yo natural en vosotros y lo sustituye por la clase de Yo que Él tiene. Al principio, sólo por momentos. Luego, durante períodos más largos. Finalmente, si todo va bien, os transforma permanentemente en alguien diferente, en un nuevo pequeño Cristo, en un ser que, a su humilde manera, tiene la misma vida que Dios, que comparte Su poder, Su gozo. Su conocimiento y Su eternidad. Y en seguida hacemos dos descubrimientos más.
1) Empezamos a darnos cuenta, además, de nuestros actos pecaminosos particulares, de nuestro estado de pecado; empezamos a alarmarnos no sólo por lo que hacemos sino también por lo que somos. Puede que esto os parezca algo difícil, así que intentaré aclarároslo basándome en mi propio caso. Cuando rezo mis plegarias nocturnas e intento hacer un recuento de los pecados del día, nueve veces de cada diez se trata de algún pecado contra la caridad; me he enfurruñado o he contestado bruscamente o me he burlado o he despreciado a alguien o he dado rienda suelta a mi ira. Y la excusa que inmediatamente surge en mi mente es que la provocación fue tan súbita e inesperada que me cogieron de sorpresa, que no tuve tiempo de controlarme. Es posible que esa sea una circunstancia atenuante e lo que respecta a esos actos en particular; evidentemente habrían sido peores si hubiesen sido premeditados o deliberados. Por otra parte, no cabe duda de que lo que un hombre hace cuando lo cogen por sorpresa es la mejor evidencia de lo que ese hombre es. Está claro que lo que surge espontáneamente, antes de que el hombre tenga tiempo de ponerse un disfraz, es la verdad. Si hay ratas en el desván es más probable que las veáis si entráis allí de repente. Pero ese «de repente» no crea a las ratas; sólo les impide esconderse. Del mismo modo, lo intempestivo de la provocación no me convierte en un hombre de mal carácter; sólo demuestra el mal carácter que tengo. Las ratas siempre están allí en el desván; pero si entráis dando gritos se habrán puesto a cubierto antes de que hayáis encendido la luz. Aparentemente, las ratas de la vindicación y el resentimiento siempre están allí, en el desván de mi alma. Y ese desván está fuera del alcance de mi voluntad consciente. Puedo, hasta cierto punto, controlar mis actos, pero no tengo un control directo sobre mi temperamento. Y si (como dije antes) lo que somos importa aún más que lo que hacemos -si, ciertamente, lo que hacemos importa principalmente como evidencia de lo que somos- entonces se sigue que el cambio que más necesito llevar a cabo es un cambio que mis propios esfuerzos directos y voluntarios no pueden realizar. Y esto puede aplicarse también a mis buenas acciones. ¿Cuántas de ellas fueron hechas por el motivo correcto? ¿Cuántas por miedo a la opinión pública, o por un deseo de ostentación? ¿Cuántas por una suerte de obstinación o de sentido de superioridad que, en circunstancias diferentes, podrían haber conducido igualmente a una mala acción? Pero yo no puedo, a través de un esfuerzo moral directo, proporcionarme a mí mismo nuevos motivos. Después de los primeros pasos en la vida cristiana nos damos cuenta de que aquello que verdaderamente necesita hacerse en nuestras almas sólo puede ser hecho por Dios. Y esto nos lleva a algo que hasta ahora ha dado pie a malos entendidos en mi idioma.
2) Yo he estada hablando como si fuésemos nosotros los que lo hiciéramos todo. En realidad, por supuesto, es Dios quien lo hace todo. Nosotros, como mucho, permitimos que se nos haga. En cierto sentido podría decirse que es Dios quien lleva a cabo el fingimiento. El Dios Tripersonal, por así decirlo, ve de hecho ante Sí un animal humano egoísta, avaricioso, gruñón y rebelde. Pero Él dice: «Finjamos que esta no es una mera criatura, sino nuestro Hijo. Es como Cristo en cuanto que es un Hombre, puesto que Él se hizo Hombre. Finjamos que también es como Cristo en espíritu. Tratémoslo como si fuera lo que en realidad no es. Finjamos, para hacer que esa ficción se convierta en realidad.» Dios os mira como si fueseis pequeños Cristos: Cristo se pone a vuestro lado para convertiros en Él.  Me atrevo a decir que esta idea de un divino fingimiento parece algo extraña al principio. Pero, ¿es en realidad tan extraña? ¿No es así como lo más alto siempre hace ascender a lo más bajo? Una madre le enseña a hablar a su hijo hablándole como si la entendiera mucho antes de que éste lo haga en realidad. Tratamos a nuestro perro como si fuera «casi humano»; es por eso que al final estos se vuelven «casi humanos».

Lewis, C.S., Mero Cristianismo, Rayo, EEUU, 2006, p. 201.

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