Introducción 14 a la vida devota
Capitulo XXV
De la conveniente decencia del vestido
Enseña S. Pablo que las mugeres devotas (otro tanto pudiera decirse de los hombres) deben usar vestidos modestos y decentes, adornándose con pudor y moderacion122. Consiste la decencia del vestido en su materia, forma y aseo: el aseo casi siempre debe ser igual en nuestros vestidos, no llevando en ellos, en cuanto sea posible, mancha ni indecencia alguna; porque la limpieza esterior representa en cierto modo la honestidad interior, y el mismo Dios exige la pureza corporal en los que se acercan á los altares, y ejercen el principal cargo de la devocion.
En cuanto á la materia y forma se ha de medir la decencia por las circunstancias del tiempo, edad, calidad, compañías y ocasiones. Es regular componerse mas los dias de fiesta, á proporcion de la solemnidad que se celebra, y en tiempo de penitencia, como es la cuaresma, se debe disminuir mucho el adorno: á los duelos de luto: cuando se ha de andar al rededor de los príncipes se aumenta la compostura, y se disminuye cuando se vive en los domésticos. La muger casada puede y debe ataviarse cuando está presente su marido, si en ello le complace; pero si tambien se engalana cuando está ausente, se podrá preguntar á que ojos quiere agradar con este particular cuidado. A las doncellas se les permite mas adornos porque lícitamente pueden procurar parecer bien á muchos, aunque solamente con el fin de ganar la voluntad de uno con quien contraer el santo matrimonio. Tampoco puede vituperarse que se atavien algun tanto aquellas viudas que se hallan proporcionadas para volverse á casar, pero son mostrar ligereza, pues habiendo sido ya madres de familia, y habiendo sufrido los contratiempos de la viudez, pasan por gentes de espíritu madurado y templado. Pero á las verdaderas viudas que no solamente lo son de cuerpo, sino tambien de espíritu, no les sienta bien otro adorno que la humildad, modestia y devocion, pues si quieren enamorar á los hombres no son verdaderas viudas, y si no pretenden enamorarlos, ¿para qué son aquellos atavíos? el que no piensa en recibir huéspedes, quite la muestra de la posada. ¿Quién no se ha de reir de las viejas que quieren parecer bien? locura que solo se puede disimular en los jóvenes.
Has de andar aseada, Filotea, sin llevar pingajos ni desgarrones, porque parece desprecio de las personas con quienes se trata andar entre ellos en trage que repugna; pero huye de toda afectacion, vanidad, primor y locura. Arrímate cuanto puedas á la sencillez y modestia, que es ciertamente el mayor ornamento de la belleza, y el mejor disimulo de la fealdad. San Pedro advierte en particular á los jóvenes que no lleven los cabellos tan batidos, rizados, ensortijatos y ondeando123. Los hombres que incurren en la afeminacion de gustar de tales afeites son mirados en todas partes como hermafroditas, y las mugeres vanas son tenidas por poco firmes en la castidad, pues si la tienen, á lo menos no la manifiestan con tantos adornos y bagatelas. Suele decirse que no se hace con mal pensamiento, pero yo respondo, como otras veces, que el enemigo siempre piensa mal. Quisiera yo que el devoto y devota á quienes hablo fuesen los mejores vestidos de su clase, pero los menos pomposos y afectados, y que estuviesen adornados de gracia, de modestia y de magestad, como se dice en los proverbios124. En pocas palabras dice san Luis que cada uno se ha de vestir segun su estado, de tal modo, que los buenos y prudentes no pueden decir que hay esceso, ni los jóvenes puedan notar que hay falta; pero en caso de que los jóvenes no se quieran dar por satisfechos de esta decencia, es justo atenerse al parecer de los prudentes.
Capitulo XXVI
Del modo de hablar, y primeramente como se ha de hablar con Dios
Registrando la lengua conocen los médicos el estado de salud ó enfermedad de una persona, así tambien las palabras son indicios verdaderos de las calidades de alma. Por tus palabras serás justificado, dice el Salvador, y por tus palabras serás condenado125. A donde se siente dolor acude la mano, y la lengua á donde se tiene amor: así pues, Filotea, si estás muy enamorada de Dios, hablarás frecuentemente de Dios en las conversaciones familiares que tengas con tus domésticos, amigos y vecinos, pues la boca del justo meditará la sabiduría, y su lengua hablará el juicio126. Al modo que las abejas solo chupan con el pico la miel, tu lengua estará siempre endulzada de su Dios, y en nada encontrará mayor suavidad que en ver salir de tus labios alabanzas y bendiciones de su nombre, como se cuenta de san Francisco, que cuando pronunciaba el santo nombre del Señor se chupaba y lamia los labios, en prueba de la suma dulzura que encontraba.
Pero habla siempre de Dios como de Dios, esto es, con reverencia y devocion, sin querer parecer sabia ni predicadora, sino procurando cuanto puedas, como la esposa de los cantares, destilar con espíritu de dulzura, caridad y humildad la deliciosa miel de la devocion y de las cosas divinas gota á gota, ya en los oidos de uno, ya en los de otro, rogando interiormente á Dios se digne hacer que este santo rocío penetre hasta el corazon de los que te oyen.
Sobre todo, has de practicar este angelical ministerio dulce y suavemente, no corrigiendo, sino inspirando, porque es un prodigio lo que vale para ganar las voluntades usar de suavidad, y proponer amistosamente lo bueno.
Nunca has de hablar de Dios ni de la devocion por cumplimiento y pasatiempo, sino siempre con respeto y devocion: y te hago esta advertencia para que no caigas en la reparable vanidad, de algunos devotos, que á cada paso dicen, por decir, y sin pensar lo que dicen, palabras santas y fervorosas, y despues de haberlas pronunciado, se creen tales como indican sus palabras, no siéndole en la realidad.
Capitulo XXVII
De la decencia de las palabras y del respeto que se debe á las personas
El que no peca en las palabras es hombre perfecto, dice el apostol Santiago127. Has de tener gran cuidado de que no se te escapen palabras menos honestas, pues aunque tú no las digas con mala intencion, los que las oyen pueden entenderlas en mal sentido. Cuando cae en un corazon flaco la palabra deshonesta se estiende y dilata como en el paño una gota de aceite, y á veces se apodera de tal modo que llena el corazon de pensamientos y tentaciones de impureza; que si la ponzoña del cuerpo entra por la boca, la del corazon entra por el oido: y así es homicida la lengua de donde sale, aunque su veneno tal vez no haya hecho efecto, por encontrar los corazones de los oyentes precavidos con algun contraveneno; porque siempre se le debe imputar la malicia de haber procurado darles muerte: y no se escusen diciendo que no lo pensaron, pues el Señor, que ve los pensamientos, dice: Que de la abundancia del corazon habla la boca128: y aun cuando nosotros no pensemos mal, lo piensa siempre el maligno, y se sirve ocultamente de estas malas palabras para traspasarle á alguno el corazon. Se dice que los que comen la yerba llamada angélica tienen siempre el aliento suave y agradable, así tambien los que conservan en su corazon la honestidad y caridad, virtud angélica, dicen siempre palabras puras, urbanas y púdicas. Las cosas indecentes y locas quiere el apostol que ni aun se nombren entre nosotros, asegurando que las conversaciones malas corrompen las buenas costumbres129.
Son muchos mas venenosas estas palabras deshonestas cuando se dicen encubiertas con arte y agudeza, pues si el dardo, cuanto mas agudo, mas fácilmente penetra el cuerpo: la palabra mala, cuanto mas aguda, tanto mas penetra nuestros corazones. Los que piensan acreditarse de urbanos y discretos diciendo semejantes palabras, no saben siquiera el fin de las conversaciones, que es juntarse como un enjambre de abejas para sacar miel de las pláticas dulces y virtuosas, y no como abispas, que se reunen para chupar la podredumbre. Si te dijere algun necio palabras mal sonantes, dále á entender que ofende tus oidos, ó ya apartándote de alli, ó ya por algun otro medio que te dictare la prudencia.
No puede haber peor propiedad que la de burlarse: aborrece Dios este vicio en gran manera, y le ha castigado en los pasados tiempos con estraordinarios castigos; pues siendo la desestimación y desprecio del prójimo el mayor contrario de la caridad, y mucho mas de la devocion, siempre la mofa y burla llevan consigo este desprecio: por lo cual es pecado tan grave, que, como enseñan con mucha razon los doctores, no se puede hacer mayor ofensa de palabra al prójimo que mofarse de él, pues entre las demas ofensas se conserva alguna estimacion de la persona ofendida, pero esta se comete con desestima y menosprecio.
Aquellos chistes ó juegos de palabras que con modesta alegría y gracejo se dicen unos á otros pertenecen á la virtud que llaman los griegos eutrapelia, y nosotros podemos llamar buena conversacion: con tales chismes se hace que sirvan de honesta y familiar recreacion los asuntos de poca entidad, que suministran las imperfecciones humanas; pero es preciso tener cuidado de no pasar desde el honesto gracejo á la mofa, pues la mofa provoca á risa por la desestima y menosprecio del prójimo, y el chiste y buen humor hace reir por una sencilla libertad, confianza y familiar franqueza junta con el donaire de algun dicho. Cuando querian algunos religiosos hablar á san Luis de asuntos graves despues de comer, respondia, ahora no es tiempo de tratar negocios, sino de esparcirse con chistes y ocurrencias: diga cada uno honestamente lo que le ocurra. Lo cual decia atendiendo á los nobles que le rodeaban para disfrutar su benevolencia. Pero cuidemos, Filotea, de pasar el tiempo con la recreacion, de modo, que con la devocion conservemos la eternidad santa.
Capitulo XXVIII
De los juicios temerarios
No querais juzgar, y no sereis juzgados: no querais condenar, y no sereis condenados130, dice el Salvador de nuestras almas. No juzgueis antes de tiempo, dice el apostol, hasta que venga el Señor, que revelará lo escondido de las tinieblas, y manifestará los designios de los corazones131. ¡O cuanto desagradan á Dios los juicios temerarios! Son temerarios los juicios de los hijos de los hombres, porque como no son jueces unos de otros, usurpan á nuestro Señor su oficio cuando los juzgan: temerarios porque la principal malicia del pecado depende de la intencion y designio del corazon, la cual es para nosotros oscura como las tinieblas: temerarios porque bastante tiene que hacer cada uno en juzgarse á si mismo, sin ingerirse á juzgar á su prójimo. Para no ser juzgado es necesario no juzgar á los demas, y juzgarse á sí propio, pues el Señor nos prohibe lo primero, y el apostol nos manda lo segundo cuando dice: Si nos juzgasemos á nosotros mismos, no seriamos ciertamente juzgados132. Pero ¡ó Dios! todo lo hacemos al reves, continuamente estamos juzgando al prójimo, que es lo que se nos prohibe, y jamas queremos juzgarnos á nosotros mismos, como se nos manda.
En cuanto á los remedios, se han de aplicar segun las causas de que nacen los juicios temerarios. Hay algunos corazones naturalmente agrios, amargos y ásperos, que agrian y amargan todo cuanto reciben, y como dice el Profeta, convierten el juicio en ajenjos133. Estos necesitan precisamente dar en manos de un buen médico espiritual, porque siéndoles connatural la amargura de corazon, es muy dificil vencer, y aunque ella en sí no sea pecado, sino solo imperfeccion, es con todo peligrosa, porque da entrada y dominio en el alma al juicio temerario y murmuracion. Juzgan algunos temerariamente, no por amargura, sino por orgullo, pareciéndoles que, á medida que deprimen la estimacion del otro, realzan la suya propia: espíritus arrogantes y presuntuosos que se glorian en sí mismos, y se elevan tanto en su propia estima, que miran todo lo demas como humilde y bajo: tal era el necio Fariseo que decia: No soy como los demas hombres134. Otros no tienen este orgullo manifiesto, sino solamente cierta complacencia en considerar el mal de los demas, poara sentir mayor dulzura en reparar y hacer reparar á otros el bien opuesto de que se juzgan dotados; y es tan secreta é imperceptible esta complacencia, que solo una vista muy perspicaz puede descubrirla, pues aun los mismo que están tocados de este contagio no le conocen, sino hay quien se le muestre. Otros para lisonjearse y escusarse consigo mismos, y para acallar los remordimientos de su conciencia, juzgan de ligero que los otros tienen el mismo vicio á que ellos se han entregado, ó algun otro de no menor gravedad, creyendo que será menos vituperable su culpa, si son muchos los culpados. No pocos hay que, por ocupar el pensamiento, se echan á juzgar temerariamente, sin otro fin que divertirse en filosofar y adivinar las costumbres y temperamentos de las personas; y si por desgracia salen alguna vez verdaderos sus juicios, toma tal incremento su audacia y su apetito de continuar, que es muy dificil desviarlos. Otros juzgan por pasion, y así siempre piensan bien de lo que estiman, y mal de lo que aborrecen, exceptuando un caso digno de admiracion, pero sin embargo verdadero, en que el mismo esceso del amor induce á hacer malos juicios del amado: efecto monstruoso, que proviene de un amor impuro, imperfecto, inquieto y enfermo, que son los zelos, los cuales, ó por la menor sonrisa califican de pérfidos y adúlteros á los sugetos. Finalmente contribuyen de ordinario en gran manera á producir sospechas y juicios temerarios, el medio, la ambicion y otras semejantes flaquezas del espíritu.
Pues ¿qué remedio? Los que beben el zumo de la yerba ofusca de Etiopia ven por todas partes serpientes y otros objetos formidables, y los que han bebido la soberbia, la envidia, la ambicion y el rencor no ven cosa que no juzguen mala y reprensible: aquellos para curar han de beber vino de palma, lo mismo digo á estos, bebed cuanto podais el sagrado vino de la caridad, que os limpiará de los malos humores que hacen formar estos errados juicios. La caridad, no solamente no va á buscar el mal, sino que teme encontrarle, y si tropieza con él, vuelve á otra parte el rostro, y le disimula, cierra los ojos antes de verle desde que percibe el primer rumor, y luego con una santa sencillez piensa que no era verdaderamente el mal, sino solo una sombra ó fantasma. Y cuando forzosamente conoce que es el mismo mal, se aparta al instante, y procura olvidar su figura: la caridad es la mejor medicina de todas las enfermedades, pero en particular de esta. Todas las cosas aparecen amarillas á los ojos de los que tienen ictericia, y dicen que para curarse de este mal se ha de llevar la celidonia bajo de la planta del pie. Es el vicio de juzgar temerariamente una especie de ictericia espiritual, que á los que la padecen les hace ver todas las cosas como malas, y el que quiera curarse de ella ha de aplicar los remedios, no á los ojos, sino á los afectos, que son como pies del alma. Si tus afectos son suaves, serán suaves tus juicios, si son caritativos, tambien tus juicios lo serán. Ve aquí tres ejemplos admirables. Habia dicho Isac que Rebeca era hermana suya, vió Abimelec que jugaba con ella, esto es, que la acariciaba con ternura, y al punto juzgó que era su esposa: unos ojos malignos la hubieran juzgado su manceba, ó creyéndola hermana, le hubieran tenido por incestuoso; pero Abimelec siguió la opinion mas caritativa que se podia formar del hecho. Así es menester que hagamos siempre, Filotea, juzgando del prójimo lo mas favorable que podamos, y si se puede mirar con cien aspectos una accion misma, la hemos de mirar por el mejor de todos. Conocia claramente san José que nuestra señora estaban en cinta, pero como por otra parte la miraba tan santa, pura y angelical, no pudo persuadirse que hubiese mal alguno en su preñez, por lo cual determina, alejándose de ella, dejar á Dios el juicio: de este modo, con todo ser vehemente el argumento para hacerle formar mal concepto de la Virgen, él jamas quizo juzgarla: ¿y por qué? porque era justo, dice el espíritu de Dios, y el justo cuando no puede escusar ni el hecho ni la intencion de un sugeto, á quien por otra parte reconoce bueno, no quiere juzgarle, sino aparta de su pensamiento la especie, y deja á Dios el juicio. Finalmente el Salvador crucificado no pudiendo absolutamente escusar el pecado de los que le habian puesto en la cruz, trata siquiera de minorar la malicia, alegando su ignorancia. Cuando no podamos nosotros escusar el pecado, juzguémosle á lo menos digno de compasion, atribuyéndole á la causa mas tolerable que pueda haber, como es la ignorancia ó la flaqueza.
¿Pues qué, nunca se puede juzgar al prójimo? nunca: porque Dios es, Filotea, quien juzga en justicia á los delincuentes, y aunque para ser oido de nosotros, habla por boca de los magistrados, estos son sus ministros é intérpretes no mas, y como oráculos suyos no pueden decir mas de lo que el Señor les enseña: y si lo hacen de otra suerte, gobernándose por sus propias pasiones, entonces sí que son ellos los que juzgan, y los que por consiguiente serán juzgados; porque á los hombres, como hombres, les está vedado juzgar á los otros hombres.
Mas no pienses que el ver ó conocer una cosa es juzgar, porque el juicio supone (á lo menos en frase de la Escritura) alguna dificultad pequeña ó grande, verdadera ó aparente, que es necesario vencer: y aun por eso nos dice, que los que no creen, están ya juzgados, porque ya no cabe duda de su condenacion. No es malo, pues, dudar del prójimo, porque lo prohibido es el juzgar, no el dudar; pero aun la duda ó sospecha, para que sea lícita, ha de ser ni mas ni menos de lo que persuaden las razones y argumentos en que se funda, pues de otro modo las dudas y sospechas son temerarias. Si algun malicioso hubiera visto á Jacob dar un ósculo á Raquel junto al pozo, ó á Rebeca recibir los brazaletes y pendientes que le dio Eliécer, hombre desconocido en aquel pais, hubiera sin duda pensado mal de estos dos dechados de castidad, pero sin razon ni fundamento; porque cuando una accion es indiferente en sí misma, es sospecha temeraria inferir de ella una consecuencia mala, no habiendo muchas circunstancias que corroboren el argumento. Tambien es juicio temerario sacar de un acto solo la consecuencia para desacreditar á una persona, pero esto luego lo esplicaré con mas claridad.
Finalmente los que velan cuidadosamente sobre su conciencia, están menos espuestos á hacer juicios temerarios; porque así como las abejas, viendo las nieblas en tiempo revuelto, se recogen dentro de su panal á formar la miel, así el pensamiento de las almas buenas no se para en objetos enmarañados, ni anda vagando entre las acciones oscuras de los prójimos; antes bien, por no encontrarlas, se recoge dentro del corazon á formar buenos buenos propósitos para su propia enmienda.
Ocuparse en examinar vidas agenas es de almas ociosas, esceptuando á los que tienen otros á su cargo, ya sea en la familia, ó en la república, pues para estos uno de los principales cargos de conciencia es velar sobre las de los otros. Cumplan pues con su obligacion amorosamente, y hecho esto, manténganse recogidos en sí propios.
Capitulo XXIX
De la maledicencia
Produce el juicio temerario inquietud y menosprecio del prójimo, orgullo y complacencia de si mismo, con otros muchos y muy perniciosos efectos, entre los cuales, uno de los mas notables es la maledicencia, verdadera peste de las conversaciones. Ojalá tuviera yo en mi mano un carbon encendido del altar santo para tocar los labios de los hombres, y purificarlos de su iniquidad y pecado, como lo hizo el Serafin con el profeta Isaías, pues quien quitase del mundo la maledicencia, quitaria gran parte de los pecados y de la maldad.
El que injustamente roba á su prójimo la fama, ademas de pecar, queda obligado á la restitucion, bien que de diversos modos, segun la diversidad de murmuraciones; porque nadie puede entrar en el cielo llevando los bienes de otro, y entre los bienes esteriores la fama es el mas precioso. Es la maledicencia especie de homicidio: tenemos tres géneros de vida, espiritual, que consiste en la gracia de Dios, corporal, que proviene del alma, y civil, que se mantiene con la buena fama: la primera se pierde por el pecado, la segunda por la muerte, y por la maledicencia la tercera. Pero el murmurador hace de ordinario tres homicidios con solo una estocada de su lengua, dando muerte espiritual á su alma, y á la de quien le escucha, y muerte civil á la persona de quien murmura, pues, como dice S. Bernardo135, el que murmura y el que escucha la murmuracion tiene en sí al demonio, uno en la lengua, y otro en el oido. Aguzaron sus lenguas como la de la serpiente136, dice David de los murmuradores: y si la serpiente, como enseña Aristóteles, tiene la lengua dividida, y con dos puntas, tal es la del murmurador, que con un golpe solo hiere y envenena el oido de quien le escucha, y la reputacion de la persona de quien habla.
Sobremanera te encargo, amada Filotea, que jamas hables mal de persona alguna, ni directa ni indirectamente: guárdate de imputar al prójimo crímines y pecados falsos, de manifestarlos ocultos, de ponderarlos públicos, de dar siniestra interpretacion á las obras buenas, de negar lo bueno que sabes de alguno, de disimularlo maliciosamente, ó de disminuirlo con tus palabras, porque todas estas cosas son grande ofensa de Dios; pero mucho mayor acusar á alguno con falsedad, ó negar la verdad en perjuicio de tercero, en lo cual hay dos pecados, la mentira y el daño del prójimo.
No hay murmuradores mas finos y venenosos que aquellos que para hablar mal empiezan celebrando ó diciendo algunas prendas y dotes de las personas de quienes murmuran: protesto, dicen, que le estimo, y que en lo demas es muy buen hombre; pero con todo no puedo menos de confesar la verdad, ha obrado mal cometiendo tal perfidia: fulana es muy buena muchacha, pero se dejó sorprender: y siempre usan de semejantes rodeos: ¿no conoces en esto el artificio? Como el que dispara el arco tira hácia sí la flecha todo cuanto puede, pero es para lanzarla con mayor impetu, así estos parece que tiran hácia sí la maledicencia, pero es para despedirla con mayor fuerza, y que penetre otro tanto los corazones de los que escuchan. La murmuracion que se dice en fiesta es tambien mas cruel que todas, porque así como la cicuta en sí no es veneno activo, sino lento, y cuyos efectos se pueden atajar fácilmente peor tomada con vino es incurable: así la murmuracion que, dicha sin artificio, hubiera entrado por un oido y salido por el otro, como suele decirse, cuando viene envuelta en alguna espresion aguda y graciosa se queda muy impresa en la memoria de los que la escuchan. Tienen en sus labios, dice David, veneno de áspides137, porque el aspid hace una picadura casi imperceptible, y su veneno al principio causa una comezon agradable, con la cual se dilatan el corazon y las entrañas, y reciben el veneno, á que despues es imposible contrarestar.
No digas, fulano es un borracho, por haberle visto embriagado una vez, ni le llames adúltero, por haber visto que cayó en este pecado, ni le apellides incestuoso, por haberle cogido en este delito, pues no basta un acto solo para caracterizar al sugeto. Párose una vez el sol para contribuir á la victoria de Josué, oscurecióse otra en testimonio de la victoria del Salvador: ¿diremos por esto que es inmoble, ú oscuro? Una vez se embriagó Noé, otra Lot, y este ademas cometió un gravísimo incesto, sin embargo á ninguno de los dos se puede llamar borracho, ni á Lot incestuoso. No fué S. Pedro sangriento, porque una vez derramó sangre, ni porque blasfemó en una ocasion, blasfemo: que el nombre de vicioso ó virtuoso se adquiere por la continuacion y el hábito, así que es impostura tratar á uno de colérico ó ladron, por haberle visto una vez robar ó encolerizarse.
Se espone á no decir verdad el que llama á otro vicioso, aunque lo haya sido mucho tiempo: así mintió Simon leproso cuando llamó pecadora á Magdalena, que lo habia sido poco antes, pero ya entonces no lo era sino muy santa penitente; por lo cual tomó nuestro Señor á su cargo defenderla: el necio fariseo juzgaba gran pecador, ó quizá injusto, adúltero y ladron al publicano, pero se engañaba mucho, porque habia sido justificado entonces mismo: y pues la bondad de Dios es tan grande, que basta un momento para impetrar y alcanzar su gracia, no puede haber certidumbre de que hoy sea pecador el que ayer lo era. Ni el dia de ayer puede juzgar al de hoy, ni el de hoy al de ayer, solo el último de todos es el que á todos los juzga, luego nunca podemos decir que un hombre es malo, que vivió mal en tal tiempo, que obró mal poco antes; pero de ningun modo inferir de lo de ayer para hoy, ni de lo de hoy para ayer, y menos para mañana.
Al mismo tiempo que debemos ser sumamente mirados en no hablar mal del prójimo, hemos de huir de alabar y hablar bien del vicio, que es el estremo opuesto, en que suelen caer algunos, por evitar la maledicencia. No digas, por disculpar á otro, que es claro y sincero cuando es murmurador: no llames generoso y aseado al que es manifestantemente vano: no dés á las familiaridades peligrosas título de sencillez ó bondad de genio, ni á la desobediencia de zelo, ni á la arrogancia de franqueza, ni de amistad á la lascivia, que no es necesario, amada Filotea, para huir del vicio de la maledicencia, favorecer, lisonjear ó fomentar otros; antes bien se ha de decir claramente y con franqueza mal del mal, y vituperar lo que es vituperable, que así se da gloria á Dios, con tal que se guarden las condiciones siguientes.
Para vituperar laudablemente los vicios de otro es necesario que así lo exija la utilidad de aquel de quien se habla, ó de aquellos con quienes se habla. Cuando se cuentan delante de las doncellas las familiaridades indiscretas, y ciertamente peligrosas de aquellos y de aquellas, y la liviandad de palabras y ademanes lúbricos sin duda, que usa fulano ó fulana; si no vitupero claramente el mal, sino que quiero escusarle, pongo en peligro á las almas tiernas que lo escuchan de resbalarse á alguna cosa semejante: luego el bien de estos pide con claridad vitupere yo tales cosas al punto que las oigo, á menos que pueda reservar esta buena obra para otro tiempo mas á popósito, en que se ejecute con menos daño de aquellos á quienes se habla.
Demas de esto es necesario que me toque á mí hablar sobre el asunto, como sucede cuando soy una de las primeras personas de la conversacion, que si no hablo, parecerá que apruebo el vicio; pues si soy de los menores, no debo entrometerme á censurar, y sobre todo es necesario que mis palabras sean medidas, para no decir ni aun una demas. Si, por ejemplo, motejo la familiaridad de aquel joven y de aquella señorita, porque es demasiado indiscreta y peligrosa. ¡Dios mio, qué balanza tan fina debo tener para no abultar el hecho ni una tilde! si no hay mas que ligeras apariencias, esto solo he de decir; si hay únicamente imprudencia, ni verdadera apariencia de mal, sino puro pretesto de murmuracion, que solo pudo hallarse la malicia, ó no diré nada, ó diré esto mismo. Para juzgar al prójimo ha de ser mi lengua como el cuchillo del cirujano, que va á cortar entre los nervios y tendones, he de dar el golpe tan justo, que ni digas mas ni menos de lo que hay: y finalmente al vituperar el vicio se ha de procurar, cuanto sea posible, disculpar á la persona en quien se halla.
Cierto es que se puede hablar sin reparo de los pecadores infames, públicos y manifiestos, con tal que sea con espíritu de caridad y compasion, y no con presuncion y arrogancia, ni complaciéndose en el mal del otro, que esto último es propio de corazones viles y bajos. Esceptuo entre todos á los enemigos declarados de Dios y de su Iglesia, que á estos se le debe desacreditar todo cuanto se pueda: tales son las sectas de hereges y cismáticos, y los caudillos de ellas; porque es caridad gritar al lobo cuando anda entre las ovejas, esté donde estuviere.
Algunos se creen con derecho de juzgar y censurar á los príncipes, y de murmurar de naciones enteras, segun los diversos afectos que tienen para con ellas. No cometas tal falta, Filotea, porque ademas de la ofensa de Dios, podrá acarrearte mil disputas.
Cuando oígas hablar mal, suspende el juicio, si puedes hacerlo con justicia, si no escusa la intencion del acusado; si ni aun esto pudieres, muestra compasion de él, y muda la conversacion teniendo presente, y recordando á los otros, que los que no caen en faltas debe esta gracia á Dios solo: procura hacer con suavidad que el maldiciente entre sí, y di alguna otra cosa buena de la persona ofendida, si la sabes.