3. La imitación de Cristo (Tomas De Kempis)

 3. La imitación de Cristo (Tomas De Kempis)

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Capítulo: XXIII
REFLEXIÓN SOBRE LA MUERTE
1. Muy pronto se referirá a ti esta realidad:
mira bien en qué situación tan distinta te encontrarás.
Hoy día está una persona
y mañana no se presenta.
Cuando se aparta algo de la vista
muy pronto desaparece de la mente.
Por la rutina e insensibilidad de nuestras facultades
sólo tomamos en cuenta lo presente
y no prevemos más lo que vendrá después.
Así deberías conducirte en todas tus actividades y pensamientos
como si hoy mismo te fueras a morir.
Si hubiera tranquilidad en tu conciencia
no tendrías mucho temor a la muerte.
Mejor sería evitar los pecados que pretender
huir de la muerte.
Si hoy no te encuentras preparado ¿de qué modo lo estarás mañana?
Mañana es día incierto ¿y qué sabes si tendrás mañana?
2. ¿Qué te aprovecha seguir viviendo cuando tan poco te enmiendas?
Una larga vida no siempre nos corrige
sino con frecuencia aumenta más las culpas.
¡Ojalá durante un solo día
nos hubiéramos comportado bien en este mundo!
Muchos cuentan los años que pasaron desde su propósito de conversión
y con frecuencia es muy pequeño
el fruto de su corrección.
Si nos aterroriza morir
puede ser más peligroso vivir.
Feliz quien tiene siempre ante sus ojos la hora de
su muerte
y diariamente se prepara a morir bien.
Si alguna vez viste a un hombre morir
piensa que por el mismo camino tendrás que partir.
3. Por la mañana, piensa que no alcanzarás la tarde
y cuando llegue la tarde, no te atrevas a prometerte la mañana.
Por eso mismo, manténte siempre listo
de tal manera que nunca te sorprenda la muerte sin preparación.
Muchos mueren súbita e imprevistamente
porque “a la hora que no se piensa vendrá el Hijo del hombre”
(Lc 12,40).
Cuando llegue esta última hora
empezarás a apreciar de forma muy distinta toda tu vida pasada
y sentirás gran dolor por haber sido tan negligente y pusilánime.
¡Qué feliz y juicioso
el que se esfuerza ahora en su vida
como ha elegido encontrarse al morir!
La valoración justa del mundo, el deseo entusiasta de progresar en las virtudes, el amor a la austeridad, esfuerzo de la autocorrección, la prontitud en obedecer,
la abnegación de sí mismos y el soportar cualquier contradicción
por amor de Cristo darán gran confianza a la hora de la muerte.
Pocos se perfeccionan con la enfermedad,
como los que hacen largas peregrinaciones y poco se santifican.
5. No confíes ciegamente en amigos y conocidos
ni difieras tu salvación para el futuro
porque más pronto te olvidarán las personas que estimas.
Mejor es ahora prever lo que sobrevendrá
y tener preparadas algunas buenas obras para ello
que estar esperanzado en el auxilio ajeno.
¿Si no eres solícito por ti mismo en el presente
quién se preocupará por ti en el futuro?
Ahora es el tiempo más valioso.
Ahora son los días de salvación.
Ahora es el tiempo aceptable.
Pero ¡qué lamentable! porque no lo gastas útilmente
pudiendo ganar en él para que vivas eternamente.
Llegará el momento cuando desearás un solo día o una sola hora
para enmendarte, y no sé si lo obtendrás.
6. Atiende, queridísimo amigo, de qué peligro te puedes librar
y de cuán gran temor te puedes sustraer
si ahora eres cuidadoso y estás como pendiente
de la muerte.
Estudia ahora vivir de tal manera
que en la hora de la muerte puedes más bien alegrarte
que temer.
Aprende ahora a morir para este mundo
de manera que empieces a vivir con Cristo.
Aprende ahora a despreciar las cosas
para que logres libremente alcanzar a Cristo.
Domina ahora tu cuerpo con la austeridad
para que puedas tener confianza cierta.
7. ¡Necio! Piensas vivir largo tiempo
y no tienes asegurado un solo día.
¡Cuántos quedaron frustrados
porque se les arrancó de aquí inesperadamente!
Cuántas veces habrás escuchado decir
que uno murió por arma blanca, otro se ahogó, éste
se cayó desde lo alto y se rompió el cuello, otro comiendo se quedó tieso, aquél otro jugando encontró su fin, otro por causa del juego, otro por el hierro, otro por epidemia, otro a manos de delincuentes.
Así, el fin de todos es morirse,
y la vida de las personas pasa de pronto como una sombra.
8. ¿Quién te recordará después de la muerte
y quién orará por ti?
Realiza, realiza ahora, queridísimo hermano,
lo que puedas realizar,
porque no sabes cuando morirás
ni qué pasará en tu casa después que mueras.
Mientras tengas tiempo;
reúne riquezas inmortales;
fuera de tu salvación, nada pienses
y cuida solamente de lo que corresponde a Dios.
Hazte ahora de amigos venerando a los santos de Dios
e imitando sus acciones para que cuando debas abandonar
ésta vida, te reciban ellos en las eternas mansiones.
9. Manténte como peregrino y visitante sobre la tierra
a quien nada le importa los manejos del mundo.
Mantén liberado tu corazón
y siempre levantado hacia Dios
porque no posee aquí ciudad permanente.
Dirige a Él tus oraciones con llamados angustiosos y lágrimas cotidianas, para que merezcas pasar con felicidad
hacia Dios, a través de tu muerte. Amén.

Capítulo: XXIV
JUICIO Y CASTIGOS DE LOS PECADORES
1. Dirige tu mirada al fin en todas las cosas
y de qué manera comparecerás ante el juez justísimo
para quien nada está oculto
ni se deja aplacar con sobornos, ni acepta excusas
sino que, como justo juez, juzgará.
Tú, pecador miserable y tonto,
¿qué responderás a Dios que conoce todas tus maldades
tú que a veces tienes miedo del rostro airado de un simple hombre?
¿Por qué no te previenes para el día del juicio
cuando ninguno podrá disculparse o alegar por otro
sino que cada uno tendrá bastante con llevar su propio peso?
Ahora es fructífera tu labor, tu llanto es aceptable,
atendibles tus gemidos, tu dolor
compensatorio y purificador.
2. Tiene un lugar grande y saludable de purificación la persona
paciente que al recibir injurias sin motivo
le apena más la malicia del otro que su propia ofensa,
que ruega a Dios voluntariamente por quienes lo contrarían,
de corazón perdona los agravios
que no se demora en pedir perdón a otros,
más fácilmente se compadece que monta en cólera,
con frecuencia dirige su misma violencia hacia sí
y se empeña en dominar bajo el yugo de su espíritu
las tendencias deshonestas de su naturaleza.
Mejor es ahora limpiarse de pecados y cortar las
costumbres depravadas que reservar para el
futuro su expiación.
Verdaderamente nosotros mismos nos engañamos
por el desarreglado afecto que tenemos a nuestros malos impulsos.
3. ¿Qué cosa distinta a tus pecados devorará ese fuego?
Mientras más ampliamente te disculpas ahora a ti mismo
y sigues tus inclinaciones deshonestas,
con mayor intransigencia se te exigirá que pagues
y más material reservas para que arda.
En lo que peque la persona,
en eso será más gravemente castigada.
Allí los perezosos serán estimulados con punzones ardientes
y atormentados los glotones con inmensa
sed y hambre.
Allí los lujuriosos y amantes deshonestos de placeres serán zambullidos en asfalto ardiente y pestífero azufre;
los envidiosos aullarán de dolor como perros rabiosos.
4. No habrá maldad que no reciba su castigo específico.
Allí todos los altaneros quedarán repletos de vergüenza
y restringidos los avaros por miserable indigencia.
Allí será más grave pasar una hora de sufrimiento
que aquí cien años de penitencia amarguísima.
Allí no hay ningún descanso, si [sic] el menor consuelo
para los condenados.
aquí sin embargo cesan los sufrimientos de vez en cuando
y se puede gozar la satisfacción de la amistad.
Ten ahora cuidado y arrepiéntete de tus faltas
para que el día del juicio estés seguro con los santos.
Porque entonces estarán los justos de pie y sin temor
ante quienes los angustiaron y hundieron (Sb 5,1).
5. Entonces se sentará a juzgar
quien ahora se somete con humildad a los juicios de los hombres.
Entonces tendrá gran confianza el pobre y humilde
pero el arrogante estará aterrado por todas partes.
Entonces se hará patente que el auténtico sabio en este mundo
fue el que aprendió a aparecer como tonto y despreciado por Cristo.
Entonces se alegrarán todas las personas devotas
y se entristecerán todos los irreligiosos.
Entonces se animará más el cuerpo que sufrió privaciones
que si siempre se hubiera nutrido con delicias.
Entonces resplandecerá la ropa modesta
y se oscurecerán los finos vestidos.
Entonces se valorizará más la vivienda pobre
que el palacio recubierto de oro.
Entonces más ayudará la constante paciencia
que todo el poderío del mundo.
Entonces será más encomiada la simple obediencia
que los profundos conocimientos.
Entonces se ponderará más el desprecio de las riquezas
que todos los tesoros de la tierra.
Entonces te aliviará más haber orado con dedicación
que haber comido exquisitamente.
Entonces te gozarás más de haber respetado el silencio
que de largas habladurías.
Entonces valdrán más las actividades santas
que muchas bellas palabras.
Entonces satisfará más la vida austera y la ardua penitencia
que todos los deleites de la tierra.
6. Aprende ahora a sufrir moderadamente
para que puedas liberarte de sufrimientos mayores.
Prueba aquí primero de lo que serás capaz después.
Si ahora puedes soportar tan poco
¿Cómo podrás aguantar las torturas eternas?
Si al presente sobrellevas tan impacientemente un breve padecimiento
¿qué hará entonces el infierno?
La verdad es que no puedes tener dos gozos completos:
deleitarte aquí en el mundo y después reinar con Cristo.
Si hasta el día de hoy hubieras vivido en medio dehonores y libertinaje
y te llegara el momento de morir
¿de que te habría servido?
Todo, por tanto, es vaciedad
fuera de amar y servir a Dios.
Quien ama a Dios con todo su corazón
no teme a la muerte, ni a los suplicios, ni al juicio [sic]
ni al infierno
porque el perfecto amor nos da seguro acceso a Dios.
No extrañe que quien insiste en deleitarse y
en pecar esté asustado por la muerte y el juicio.
Bueno es, con todo, que si el amor no nos aparta del mal,
por lo menos el miedo al infierno nos cohiba.
Porque el que pospone el temor a Dios, no puede
durar mucho tiempo obrando bien
sino que caerá pronto en las trampas del demonio.

Capítulo: XXV
PERMANENTE REFORMA DE TODA NUESTRA VIDA
1. Sé atento y cuidadoso en servir a Dios
y medita con frecuencia: ¿A qué has venido?
¿Por qué te has retirado del mundo?
¿Acaso no fue por vivir para Dios y transformarte en
persona del Espíritu?
Anímate, pues, a progresar
porque pronto vas a recibir el premio de tus esfuerzos,
y no habrá para ti más temor ni dolor al final.
Ahora trabajarás poco
y encontrarás magnífico descanso y perpetua alegría.
Si te mantienes fiel y entusiasta en tus acciones
Dios, sin duda, será más fiel y generoso en retribuirte.
2. Cierta persona sufría gran angustia
fluctuando frecuentemente entre el miedo y la confianza;
un buen día, cargado de tristeza,
se arrojó delante de un altar en la Iglesia para orar
y revolviendo dentro de sí los pensamientos, decía [sic]
“Si supiera por cuánto tiempo más
iré a perseverar en el servicio de Dios...”
Al instante escuchó interiormente la respuesta divina:
“Sabiendo esto ¿cómo te comportarías?
Haz ahora lo que harías entonces y estarás bien seguro”.
A partir de ahí, consolado y reconfortado
se ofreció a la voluntad divina
y cesó la angustia y confusión.
No quiso investigar con curiosidad para saber
qué pasaría con él en el futuro
sino más bien se preocupó de inquirir cuál sea la
perfecta y satisfactoria voluntad de Dios (Rm 12,2)
para empezar y completar toda buena obra.
3. “Confía en el Señor y haz el bien, dice el salmista,
habita tu tierra y serás alimentado con sus riquezas” (Sal 37,3).
La causa principal por la que muchos se retraen
de su progresiva y animosa reforma
es el horror a las dificultades y al esfuerzo del combate.
Por eso, progresarán más que otros en las virtudes cristianas
quienes empleen todas sus energías en vencer valerosamente
lo que más les dificulta y contraría.
Porque allí cada uno aprovecha más, y merece gracias más amplias
donde se vence más a sí mismo y se mortifica por el Espíritu.
4. Pero no todos tienen que vencer y mortificar lo mismo.
Sin embargo, el aplicado y con espíritu de competencia
será más valeroso en su aprovechamiento,
aunque tenga fuertes pasiones
que otro de temperamento tranquilo
menos fervoroso para las virtudes.
Dos cosas ayudan especialmente para una profunda reforma
sustraerse con violencia de todo aquello a que
nos inclina nuestra naturaleza desviada
y perseguir con ardor el bien que más nos hace falta.
Procura también precaver y vencer
lo que más frecuentemente te desagrada en los demás.
5. En todas partes procura tu perfeccionamiento
de manera que si ves o escuchas buenos ejemplos
puedas llegar a imitarlos.
Si encuentras algo reprensible cuídate de no hacerlo igual.
O si alguna vez lo hiciste
inmediatamente dedícate a corregirlo.
Así como tus ojos miran a los demás
igualmente los otros se fijan en ti, [sic]
¡Qué feliz y grato es contemplar a los hermanos
entusiastas y devotos
condescendientes y disciplinados!
¡Qué triste y pesado es ver que van de aquí para allá,
sin objetivo
los que no realizan aquello para lo que fueron llamados!
¡Qué dañino es despreciar el propósito de su vocación
y dirigir sus facultades a lo que no se les encomendó!
6. Acuérdate de la decisión que asumiste
y propónte como modelo al Crucificado.
Bien puedes avergonzarte,
contemplando la vida de Jesucristo
que hasta ahora no te preocupaste
de imitarlo más a Él
aunque hace largo tiempo que estás en el camino de Dios.
La persona religiosa que con dedicación y devoción
trate de ejercitarse en la vida y pasión del Señor,
encontrará que le son útiles y necesarias mayormente
y que no le es posible encontrar nada mejor fuera de Jesús.
¡Si Jesús crucificado viniera a nuestro corazón
qué pronto y suficientemente seríamos enseñados!
7. El ferviente religioso
sabe recibir bien y aceptar
todo lo que le mandan.
El negligente y tibio
tiene una aflicción sobre otra
y de todas partes padece angustias
porque carece de las alegrías interiores
y le está prohibido buscar las exteriores.
El religioso que vive fuera de la disciplina
está cerca de caer gravemente.
Quien busca la relajación y las dispensas
siempre estará entre angustias
porque lo uno o lo otro le descontentará.
8. ¿Cómo hacen tantos otros religiosos
que se encuentran muy satisfechos bajo la disciplina conventual?
Salen rara vez, viven abstraídos, comen pobremente,
se visten con sencillez, trabajan mucho, hablan poco [sic]
pasan la noche en vela, madrugan, tienen largas horas de oración,
estudian frecuentemente y se mantienen en perfecto orden.
Fíjate en los cartujos, los cisterciences y en los monjes o monjas
de las diversas órdenes religiosas
cómo cada noche se levantan para recitar salmos al Señor.
Y por eso sería una torpeza de tu parte,
que holgazanearas en tiempo tan santo
mientras tan gran multitud de religiosos
inicia su jubilosa alabanza a Dios.
¡Ojalá ninguna otra cosa nos correspondiese
sino alabar a Dios Nuestro Señor
con todo el corazón y los labios!
¡Ojalá nunca tuvieras necesidad
de comer, ni beber, ni dormir
sino que siempre te fuera posible alabar a Dios
y estar libre para dedicarte solamente a las realidades espirituales!
Entonces serías mucho más feliz que ahora
que te ves obligado a atender a tu naturaleza humana
por cualquier necesidad.
¡Ojalá no tuvieras estas necesidades
sino únicamente alimentos para el espíritu
que desgraciadamente rara vez saboreamos lo suficiente!
9. Cuando alguien llega a este punto,
de no buscar su satisfacción en ninguna criatura
entonces empieza recién a sentir a Dios perfectamente,
y a estar contento de cualquier cosa que suceda.
Entonces no se entusiasma por lo grandioso
ni se deprime por lo pequeño
sino que íntegra y confiadamente se pone en manos de Dios
quien es todo para él en todas las cosas
para el que nada se pierde, ni muere
sino que todo vive en Él
y le sirve al instante según su Voluntad.
10. Acuérdate siempre del Fin
porque el tiempo perdido no vuelve.
Sin atención y diligencia
nunca adquirirás las virtudes.
Si empiezas a entibiarte,
empiezas tu mal proceder.
En cambio, si te entregas con calor al servicio de Dios
encontrarás gran paz y sentirás menos el esfuerzo
por el favor de Dios y el amor a la virtud.
La persona ardorosa y diligente
está preparada para todo.
Mayor esfuerzo hace falta
para resistir los vicios y pasiones adversas
que para desarrollar el trabajo físico.
Quien no evita los defectos pequeños,
poco a poco caerá en los grandes.
Te alegrarás siempre al anochecer
si has empleado el día provechosamente.
Vigílate tú mismo, anímate tú mismo, corrígete tú mismo
y hagan lo que hagan los demás
no te descuides de ti mismo.
Tanto progresarás
cuanto contigo mismo ejercites tu energía. Así es.

PARTE SEGUNDA
CONSEJOS PARA LA VIDA DE DIOS EN NOSOTROS
Capítulo: I
LA COMUNICACIÓN INTERIOR
1. “El Reino de Dios está entre ustedes” (Jn 17,21), dice el Señor.
Conviértete de todo corazón al Señor
abandona las maldades de éste mundo
y tu vida encontrará reposo.
Aprende a menospreciar los intereses exteriores,
entrégate a los interiores y verás que el Reino de Dios llega a ti.
Porque el Reino de Dios es paz y alegría con el
Espíritu Santo (Rm 14,17)
que no se da a los faltos de piedad.
Cuando Cristo venga a ti, te mostrará su amor
siempre que encuentre allí dentro un hogar preparado.
Todo esplendor y belleza se encuentra dentro
y ahí le gusta entrar.
Frecuentemente visita a la persona de vida interior
le conversa suavemente, le manifiesta su afecto,
mucha paz y maravillosa intimidad.
2. Anímate, buen amigo, prepara tu corazón al Señor
para que condescienda en venir a ti y habitar en ti.
Por eso dice: “Si alguno me ama, seguirá mis enseñanzas;
mi Padre y yo vendremos a él y viviremos con él” (Jn 14,23).
Dale sitio a Jesús
y niégales el ingreso a todos los demás.
Cuando tengas a Cristo
serás rico y con él tendrás suficiente.
Él se encargará de ti y será tu fiel proveedor en todo
para que nada tengas que esperar de los demás.
Las personas cambian mucho y fallan rápidamente
pero Cristo permanece para siempre y se mantiene firme hasta el fin.
3. No debe ponerse mucha confianza en seres frágiles y mortales,
aunque nos sean útiles o muy queridos
ni nos debe entristecer demasiado
si algunas veces se nos enfrentan o contradicen.
Quien hoy está contigo,
mañana puede serte contrario, y viceversa;
con frecuencia cambian como el viento.
Pon toda tu confianza en Dios
y que Él sea siempre tu temor y tu amor.
El mismo responderá por Ti
y te hará bien, de la mejor manera.
No tienes aquí residencia permanente
y por donde vayas serás extranjero y peregrino
ni tendrás el menor reposo
a menos que estés unido íntimamente a Cristo.
4. ¿Qué miras a tu alrededor
si no es éste el lugar de tu descanso?
En el cielo debe estar tu habitación
y observar como de paso las realidades creadas.
Pasan todas las cosas
y tú juntamente con ellas.
Atiende a no adherirte a ellas
no suceda que te apresen y perezcas.
Junto al Altísimo debe estar tu pensamiento
y dirigirse sin cesar tu invocación a Cristo.
Si no sabes especular sobre las altas realidades del Cielo
descansa pensando en la pasión de Cristo
y habita gustoso en sus sagradas llagas.
Si te refugias con devoción
en las heridas y preciosos estigmas de Jesús
te sentirás muy reconfortado en las aflicciones,
no te preocuparás tanto de los desplantes que te hagan
y podrás soportar fácilmente las palabras hirientes.
5. Cristo fue despreciado por muchos mientras vivió en la tierra
y, en medio de ofensas, fue abandonado por sus
conocidos y amigos
cuando tenía de ellos mayor necesidad.
Cristo aceptó sufrir y ser despreciado
¿y tú te atreves a quejarte de alguna cosa?
Cristo tuvo adversarios y contradictores
¿y tú pretendes que todos te sean amigos y benefactores?
¿Cómo va a premiarse tu paciencia
si nada adverso te ocurre?
Si no quieres sufrir nada que te moleste
¿cómo llegarás a ser amigo de Cristo?
Sopórtate con Cristo y por Cristo
si quieres reinar con Cristo.
6. Si alguna vez, al menos,
penetrases perfectamente en el interior de Jesús
y saboreases un poquito de su encendido amor
entonces dejarías de prestar atención
a tus propias comodidades o incomodidades
alegrándote más bien de soportar ofensas
porque el amor de Jesús hace que las personas
se den menos importancia a sí mismas.
El que ama a Jesús y a la Verdad,
y sinceramente aprecia su vida interior
manteniéndose libre de condicionamientos alienantes
puede también libremente comprometerse con Dios,
elevarse espiritualmente por encima de sí mismo
y descansar con gran alegría.
7. Quien aprecia las cosas como son,
no como se dice o se considera,
es, de verdad, un sabio
y más instruido por Dios que por cualquier persona.
Quien sabe conducirse dentro de sí,
y darle su justo valor a las cosas exteriores
no requiere lugar o tiempo determinado
para dedicarse a los ejercicios que lo llevan a Dios.
La persona de vida interior pronto se recoge dentro de sí
porque nunca se desparrama totalmente al exterior.
No le causa problema el trabajo ordinario
o las ocupaciones correspondientes al tiempo indicado
sino que sabe acomodarse a ellas tal como vienen.
Quien está bien dispuesto y organizado interiormente
no le da importancia a los hechos famosos o perversos
de los otros.
Porque cualquiera puede sufrir impedimentos y distracciones
en la medida que se deja atraer por las cosas.
8. Si te comportases rectamente y de verdad fueses puro
todo se convertiría para ti en beneficio y provecho.
Por eso muchas cosas te desagradan y con frecuencia te confunden [sic]
porque aún no te has mortificado perfectamente
ni te has liberado de tantos intereses rastreros.
Nada mancha ni compromete así nuestro corazón
como el amor inconveniente a lo creado.
Si desatiendes las satisfacciones exteriores,
podrás contemplar las realidades divinas
y alegrarte interiormente con frecuencia.

Capítulo: II
HUMILDE SUJECIÓN
1. No estés demasiado pendiente
de lo que te suceda a favor o en contra
sino busca y procura
que Dios esté contigo en todo lo que haces.
Ten la conciencia en paz y Dios te defenderá bien.
Porque a quien El quiere ayudar
ninguna maldad le puede dañar.
Si tú sabes callar y sufrir
sin duda verás venir el auxilio de Dios.
El sabe bien cuándo y cómo liberarte
y por eso te debes someter.
A veces es muy conveniente, para defensa de tu propia humildad,
que otros conozcan y discutan nuestros defectos.
2. Cuando alguno reconoce sus defectos
aplaca con facilidad a los otros
y suavemente satisface a los airados contra él.
Al humilde, Dios protege y libera
al humilde ama y consuela.
Al humilde, Dios se inclina
al humilde concede su mayores favores
y después de su depresión, eleva hasta la Gloria.
Al humilde le revela sus secretos
y lo atrae e invita dulcemente hacia sí.
El humilde, luego de reconocida su falta,
se encuentra felizmente en paz
porque se mantiene firme en Dios y no en el mundo.
No creas que algo aprovechaste
mientras no te sientas el último de todos.

Capítulo: III
BONDAD Y PAZ
1. Ponte primero a ti mismo en paz
y podrás después pacificar a otros.
La persona pacífica se perfecciona más
que la que mucho sabe.
La persona alterada convierte el bien en mal
y con más facilidad cree lo malo.
La persona buena y pacífica todo lo convierte en bien.
Quien vive bien en paz
de nadie sospecha.
En cambio, quien está lleno de maldad y trastornado
es agitado por variadas suspicacias.
Ni él se está tranquilo
ni permite que otros lo estén.
Dice con frecuencia lo que no debería decir
y omite hacer lo que más le convendría.
Piensa en las obligaciones de los demás
y se descuida de las propias.
Interésate primero por ti mismo
y luego podrás, con justicia, interesarte por lo demás.
2. Tú sí que sabes bien disculpar y colorear tus acciones
y no quieres recibir las disculpas de los otros.
Sería más justo que tú mismo te acusaras
y excusaras a tu hermano.
Si quieres que te soporten,
soporta tú a los demás.
Fíjate qué lejos estás todavía
de la auténtica caridad y humildad
que con nadie sabe encolerizarse ni indignarse
sino contra sí mismo.
No es gran cosa relacionarse con personas buenas y tranquilas;
esto, naturalmente, le agrada a cualquiera
y cada uno de buena gana vive en paz
con quienes piensan como él, y lo estiman.
Pero poder permanecer pacíficamente
con los toscos, perversos, descontrolados,
o con quienes nos contrarían
es una gracia muy especial
y una actitud de verdad valiente y digna de alabanza.
3. Hay quienes viven en paz consigo mismos
y procuran vivir en paz con los demás.
Y hay quienes ni tienen paz consigo mismos
ni permiten que los demás la tengan.
Son pesados para los demás
pero son más pesados para sí.
Y hay quienes saben conservarse en paz
y procuran pacificar a los otros.
Sin embargo, toda nuestra paz,
en ésta difícil existencia
debe establecerse más en la sencilla tolerancia
que evitando sentir las contrariedades.
El que mejor sabe padecer
mayor paz adquirirá.
Éste es el vencedor de sí mismo y dominador del mundo,
el amigo de Cristo y heredero de los bienes eternos.

Capítulo: IV
PUREZA EN LA MENTE Y SINCERIDAD EN LA INTENCIÓN
1. Mediante dos alas las personas se elevan
sobre las limitaciones humanas:
ellas son la sinceridad y la pureza.
Sinceridad debe haber en la intención,
pureza en los afectos.
La sinceridad orienta hacia Dios
la pureza lo abraza y aprecia.
Ninguna buena acción te obstaculizará
si estás libre interiormente de afectos desordenados.
Si nada intentas ni deseas fuera de la voluntad de Dios
y la utilidad de tu prójimo
podrás gozar enteramente de la libertad interior.
Si tu corazón fuese recto
entonces toda la naturaleza
sería para ti espejo de vida y libro de santa enseñanza.
No existe ninguna criatura tan pequeña o tan vulgar
que no represente de alguna manera la bondad de Dios.
2. Si tú fueses interiormente bueno y puro
entonces verías y comprenderías bien, sin impedimento todas las cosas.
El corazón puro atraviesa el Cielo y el Infierno.
Según cada uno es interiormente,
de la misma manera juzga el exterior.
Si existe alegría en este mundo
es porque hay personas de corazón puro.
Si existe en alguna parte pena y angustia
es donde habita la mala conciencia.
Como el hierro enrojece cuando lo meten en el fuego
y se pone todo candente
así la persona que íntegramente se convierte a Dios
se desentorpece y transforma renovándose.
3. Cuando alguno comienza a desanimarse
entonces le tiene miedo al esfuerzo
y con gusto recibe las compensaciones exteriores.
Pero cuando empieza a dominarse perfectamente a sí mismo
y caminar con ánimo por el camino de Dios
entonces se le hacen livianas las cosas que creía pesadas.

Capítulo: V
CONOCIMIENTO DE SÍ MISMO
1. No podemos confiar excesivamente en nosotros mismos
porque con frecuencia nos falta la gracia y el criterio.
Poca lucidez hay en nosotros
y ésta, muy pronto por negligencia, la perdemos.
Muchas veces se nos pasa inadvertido
lo ciegos que estamos interiormente.
Muchas veces actuamos mal
y peor lo disculpamos.
A veces nos motivan las pasiones
y estimamos que es afán por servir a Dios.
Reprendemos a los otros por pequeñeces
y pasamos tranquilamente sobre nuestras grandes fallas.
Pronto sentimos y ponderamos
lo que tenemos que soportar de los demás
y no nos damos cuenta de lo mucho que los otros nos soportan.
Quien bien y justamente califica lo propio
no encontrará nada grave de juzgar en el otro.
2. La persona atenta a su vida en Dios
antepone su propia vigilancia a la de los demás.
Y quien se reconoce a sí mismo con atención
con facilidad prefiere callar lo que corresponde a otros.
Nunca serás persona interior y consagrada
a menos que silencies lo ajeno
y te examines especialmente a ti mismo.
Si te orientas totalmente hacia Dios y hacia ti mismo
muy poco te moverá lo que percibas de fuera.
¿Dónde estás, cuando no estás presente a ti mismo?
Y cuando terminaste de recorrer todo, olvidado de ti
¿qué aprovechaste?
Si deseas tener paz y unión verdadera
conviene que pospongas todo hasta aquí
y tengas ojos solamente para ti.
3. Así que mucho progresarás
si procuras conservarte desobligado de lo inmediato.
Mucho decaerás
si juzgas dignos de tu total preocupación los asuntos pasajeros.
Nada te sea grandioso, ni elevado, ni agradable, ni aceptable
salvo puramente Dios o lo que sea de Dios.
Considera totalmente insustancial
cualquier satisfacción que te venga de las criaturas.
El alma amante de Dios
desprecia todas las cosas si falta Él.
Sólo Dios, eterno e inmenso, que llena todo,
es placer del espíritu y verdadera alegría del corazón.

Capítulo: VI
ALEGRÍA DE LA BUENA CONCIENCIA
1. Orgullo de la persona buena
es el testimonio de su buena conciencia (2Co 1,12).
Ten buena conciencia
y encontrarás siempre alegría.
La buena conciencia muchísimas cosas puede sobrellevar
y muy alegre está entre las adversidades.
Descansarás tranquilo
si tu corazón no te reprende.
No te alegres
sino cuando actúes correctamente.
Los malos nunca poseen verdadera alegría
ni sienten verdadera paz interior
porque “no está la paz con los faltos de piedad”, dice el Señor (Is 48,22).
Y si llegaran a decir: “Estamos en paz,
no nos ocurrirá nada malo, ¿quién se atreverá a dañarnos?”,
no les creas
porque de repente se levanta la cólera de Dios
y se convertirán en nada sus actos
y sus pensamientos perecerán.
2. Enorgullecerse en la tribulación no es difícil para los amantes
porque esto significa enorgullecerse en la cruz del Señor.
Es muy limitado el reconocimiento
que se da y recibe de personas.
El reconocimiento del mundo
siempre viene acompañado de tristeza.
El orgullo de las personas debe afincarse en sus conciencias,
no en la boca de los demás.
La alegría de los santos proviene de Dios y está en Dios
y su satisfacción es la verdad.
El que desea verdadera y eterna felicidad
no busca las temporales atenciones.
Y el que requiere la gloria temporal
o no la menosprecia de corazón
demuestra que ama menos a Dios.
Tiene gran tranquilidad de espíritu
quien no se altera por alabanzas o desprecios.
3. Fácilmente estará contento y pacificado
quien tenga la conciencia limpia.
No eres más santo si te alaban
ni más pecador si te insultan.
Lo que eres, eso eres
ni vales más aunque lo digan,
que cuanto Dios dice que vales.
Las personas ven la cara
el Señor mira el corazón (1Sam 16,7).
Las personas consideran los actos
el Señor penetra en la intención.
Es indicio de humildad de espíritu
actuar siempre con honestidad
y no autovalorarse exageradamente.
No aceptar consolarse con las atenciones de los demás
es señal de gran pureza e interna confianza.
Quien no requiere testimonios exteriores en favor suyo
está demostrando que se ha entregado totalmente a Dios.
No queda aprobado quien se recomiende a sí mismo
sino aquel a quien Dios reconoce, dice el Apóstol Pablo (2 Co 10,18)
Avanzar con Dios dentro de sí y no dejarse condicionar
por ningún afecto extraño, es la vida de la persona interior.
Capítulo: VII
AMOR A JESÚS SOBRE TODO LO DEMÁS

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