El contenido de la tradición deliberada

 La tradición deliberada difiere de la espontánea en cuanto que requiere más atención. En primer lugar, requiere atención para mantener su fuerza ante el creciente individualismo que amenaza con erosionarla. Confucio

consideraba que ésta era la responsabilidad principal de la educación en su más amplio sentido. Pero, en segundo lugar, requiere que se dé atención al contenido de esa educación. ¿Cuál es el carácter de la vida social que debe
engendrar? Las pautas principales de la respuesta de Confucio pueden agruparse bajo cinco términos clave.

1. Jen. Jen, que etimológicamente es una combinación del signo para “ser humano” y para “dos”, denomina la relación ideal que deben tener las personas. Aunque se traduce por bondad, benevolencia y amor, lo que mejor la define quizás sea cordialidad humana. En la forma en que Confucio veía la vida, jen era la virtud de las virtudes. Era una perfección sublime, hasta trascendente, que él confesaba no haber visto jamás plenamente encarnada. Como implica una serie de las mejores capacidades humanas en condiciones óptimas, es una virtud tan exaltada que uno «no puede ser sino cauto al hablar de ella». Para el ser noble vale más que la vida misma. «El estudioso decidido y el hombre de jen [... ] sacrificarán hasta sus vidas para conservar su jen íntegro.»
Jen implica de forma simultánea un sentimiento de humanidad hacia los demás y de respeto por uno mismo, un sentido indivisible de la dignidad de la vida humana allí donde se presente. De él se derivan, de forma automática, otras actitudes, como la magnanimidad, la buena fe y la caridad. En la dirección del jen se encuentra la perfección de todo aquello que lo haría a uno humano en grado supremo. En la vida pública inspira la diligencia incansable. En la vida privada se expresa en la cortesía, la generosidad y la empatía, la capacidad de «medir los sentimientos de otros según los propios». Tratada negativamente, esta empatía conduce hacia lo que se ha llamado la Regla de Plata: «No hagas a otros lo que no te gustaría que te hicieran a ti», pero no hay razón para quedarse con este enfoque negativo porque Confucio también lo expresó de manera positiva. «La persona de jen, deseando afirmarse a sí misma, busca también la afirmación.» Semejante amplitud de corazón no conoce las fronteras nacionales, porque
todo quien posee el jen sabe que «dentro de los cuatro mares todos los hombres son hermanos».

2. Chun tzu. El segundo concepto es chun tzu. Si jen es la relación ideal entre los seres humanos, chun tzu se refiere a la condición ideal en esas relaciones. Ha sido traducido como persona superior y como humanidad en
su esplendor, pero quizás persona madura sea un término tan fiel como cualquier otro.
Chun tzu es lo opuesto de la persona mezquina, la persona malvada, la persona de espíritu pequeño. La persona chun tzu, completamente adecuada, elegante, aborda su vida, y la vida del universo en general, como una anfitriona ideal que se siente tan cómoda en su entorno que está relajada por completo y, sintiéndose así, puede dedicarse por entero a hacer que los
demás se sientan igual. Dueña de un respeto por sí misma que genera el respeto a los demás, se acerca a otras personas pensando «¿qué puedo hacer para complacerles?» y no «¿qué puedo obtener de ellos?».
La adecuación de la anfitriona va acompañada de un aire plácido y gracia. Elegante, segura y competente, es una persona de modales perfectos. Sus movimientos no son ni bruscos ni violentos, su expresión es abierta, su
habla está exenta de groserías y vulgaridades. No habla mucho, no hace alardes, no se impone a nadie ni demuestra su superioridad, «excepto quizás en los deportes». Constantemente ceñida a sus modales, aunque los demás olviden los suyos, sabe siempre cómo comportarse y ofrecer iniciativas llenas de gracia cuando otros recurren a convencionalismos. Educada para hacer frente a cualquier eventualidad «sin preocupación ni temor», ni el éxito se le sube a la cabeza ni se amarga ante la adversidad.
Confucio creía que sólo una persona totalmente real puede sentar las grandes bases de una sociedad civilizada. Sólo en la medida en que quienes integran la sociedad se conviertan en chun tzu, podrá encaminarse el mundo hacia la paz. Si hay rectitud en el corazón, habrá belleza en el carácter. Si hay belleza en el carácter, habrá armonía en el hogar. Si hay armonía en el hogar, habrá orden en la nación. Si hay orden en la nación, habrá paz en el mundo.

3. Li. El tercer concepto, li, tiene dos significados. El primero es corrección, el modo en que deben hacerse las cosas. Confucio creía que no era realista pensar que la gente podía decidir correctamente por su cuenta cuáles debían ser esos modos. Según él necesitaban
modelos, por lo que quería que vieran los mejores modelos que su historia social les ofrecía para poder así observarlos, memorizarlos y emularlos. Los franceses, quienes por cuya cultura culinaria así como también por su arte de vivir en general son, en Occidente, quienes más tienen en común con los chinos, poseen varias expresiones idiomáticas que captan tan bien esta idea que se han incorporado a otros idiomas occidentales. Savoir faire, el conocimiento de cómo comportarse bien en cualquier circunstancia; comme il faut, la forma en que deben hacerse las cosas; à propos, aquello
que es correcto; y esprit, la forma adecuada de sentir las cosas. Confucio quería cultivar el carácter de los chinos precisamente en estas direcciones.
Mediante máximas (ridiculizadas en Occidente con parodias de «Confucio dice...»), anécdotas (las Analectas están llenas de ellas) y su propio ejemplo («cuando Confucio estaba en su pueblo era sencillo y sincero, pero ante la corte hablaba con circunspección») buscó ordenar toda la manera de vivir, de modo que nadie que hubiese sido bien educado pudiera tener dudas de cómo comportarse. «Los modales hacen al hombre», observó un obispo medieval. Confucio se le había anticipado.
La corrección cubre una amplia gama de cosas, pero podemos captar la esencia de lo que a Confucio le preocupaba si leemos sus enseñanzas sobre la Rectificación de los Nombres: la Doctrina del Justo Medio, las Cinco
Relaciones Constantes, la Familia y la Edad.
«Si los términos no son correctos», señaló Confucio, el lenguaje no está de acuerdo con la verdad de las cosas. Si el lenguaje no está de acuerdo con la verdad de las cosas, los asuntos no pueden llegar a buen término [...] Por tanto, un hombre superior considera necesario
utilizar correctamente los nombres de las cosas cuando habla y, también, que lo que dice pueda cumplirse adecuadamente. Lo que el hombre superior necesita es que en sus palabras no haya ninguna incorrección.
Quizás esto suene a lógica común, pero Confucio trataba con ello un problema que en nuestra época ha dado lugar a una nueva disciplina: la semántica, la investigación de la relación entre las palabras, el pensamiento
y la realidad objetiva. Todo pensamiento humano se expresa en palabras y, si las palabras son incorrectas, el pensamiento no puede expresarse bien. Cuando Confucio dice que nada es más importante que un padre sea padre, que un gobernante sea gobernante, lo que quiere decir es que debemos saber lo que queremos decir al usar esas palabras, pero también, e igual de importante, que el significado de las palabras debe coincidir con las cosas a las que se aplican. La Rectificación de los Nombres es una llamada a una semántica normativa, la creación de un lenguaje en el que los nombres clave de las cosas tengan el significado que deben tener, si la vida está bien ordenada.
Tan importante era para la visión de Confucio la Doctrina del Justo Medio, que un libro con ese título destaca como esencial en el canon confuciano. Las dos palabras chinas para medio son chun yung, literalmente “medio” y “constante”. En consecuencia, el Medio es la forma “constantemente en el medio” de extremos opuestos. Teniendo como guía el “nada en exceso”, el concepto occidental más próximo es el “justo medio” de Aristóteles. El Medio proporciona a un temperamento sensible un equilibrio que le mantiene alejado del exceso y la indulgencia y, con ello, contiene el
florecimiento de la depravación. El Libro de li advierte: «No debe complacerse el orgullo. No debe satisfacerse la voluntad por entero. No debe practicarse el placer en exceso». El respeto al Medio produce armonía y equilibrio, fomenta el compromiso y propicia una contención beneficiosa. Prudente con el exceso, «alejada por igual del entusiasmo y de la indiferencia» respecto de valores puros, la consideración que China ha hecho del Medio la ha preservado, típica pero no universalmente, del fanatismo.
Las Cinco Relaciones Constantes que constituyen el entramado de la vida social son, en el proyecto confuciano, las que se mantienen entre padres e hijos, maridos y mujeres, hijos mayores e hijos menores, amigos mayores y amigos menores, y gobernantes y súbditos. Es vital para la salud de una sociedad que estas relaciones clave se constituyan bien. Ninguna de ellas es transitoria y, en cada una de ellas, las distintas respuestas son adecuadas a los dos términos. Los padres deben amar, los hijos, adorar; los hijos mayores deben ser gentiles, los menores, respetuosos; los maridos deben ser buenos, las mujeres, “oyentes”; los amigos mayores deben ser considerados, los menores, deferentes; los gobernantes, benevolentes, los
súbditos, leales. De hecho, Confucio dice que uno nunca está solo cuando actúa. Toda acción afecta a alguien. He aquí, en estas cinco relaciones, un marco dentro del cual podéis lograr la máxima individualidad sin dañar el
entramado de la vida de la cual depende vuestra propia vida.
El hecho de que tres de las Cinco Relaciones pertenezcan a la familia es indicativo de la importancia que Confucio atribuía a esta institución. En este sentido, Confucio no inventaba el supuesto de que la familia es la unidad básica de la sociedad, sino que daba continuidad a la antigua hipótesis china, gráficamente entroncada en una leyenda que atribuye al héroe que "inventó” la familia el haber elevado a los chinos del nivel animal al humano. A su vez, dentro de la familia, la pieza clave es el respeto de los niños hacia sus padres, de ahí el concepto de piedad filial. Alguien ha escrito recientemente que, cuando el sentido de paternidad pierde significado
para los hijos, la civilización está en peligro, palabras con las que Confucio no podría haber estado más de acuerdo. «El deber de los hijos para con sus padres es la fuente de la cual emanan todas las virtudes.» La literatura
confuciana está salpicada de relatos sobre hijos devotos. Muchos de ellos son extravagantes como, por ejemplo, el de la mujer cuya suegra anciana se moría de ganas de comer pescado en pleno invierno, por lo cual la joven se echó sobre el hielo que cubría la charca y, con su pecho desnudo, lo derritió para que la anciana pudiera coger los peces que asomaban por el agujero.
Esta consideración hacia los mayores de la familia no se limitaba a los padres, sino que se aplicaba en general a todos los ancianos según el concepto de Confucio sobre el respeto a los mayores. En este concepto hay implícitos dos aspectos. A título puramente utilitario, sería muy bueno tener una sociedad en la que (después de una cierta edad) los jóvenes cuidaran a los viejos, dado que pronto los jóvenes se harán también viejos y podrán ser retribuidos con la misma atención. Pero, además, había en juego algo más que el aspecto utilitario. Confucio creía que los jóvenes debían honrar y servir a los ancianos no simplemente a modo de saldar una deuda, sino a modo de rendir un merecido tributo al valor intrínseco de la vejez porque, tal como él la veía, los años no sólo traen experiencia y sazón sino que también dan madurez a la sabiduría y al espíritu Los ancianos nos aventajan en todo aquello que más importancia tiene.
Esta visión es tan opuesta a la que tiene Occidente, que venera la juventud, que nos es casi imposible imaginarnos cómo sería la vida si pudiésemos aspirar a ser servidos y respetados más con cada año que pasara.
Transcurrida la infancia, cada año sería proporcionalmente mayor el número de personas que abandonarían presurosas la mesa para llenar la tetera, sin esperar a que lo hiciera uno, y nos escucharían con creciente atención y respeto. Tres de las Cinco Grandes Relaciones se centran en el respeto a los mayores.
Hasta ahora hemos delineado las características importantes de li en su primer significado, que es la corrección o lo que está bien. El otro significado de la palabra, que es ritual, en realidad se fusiona con el primero porque cuando se desenvuelve uno con corrección, según los conceptos confucianos, toda la vida del individuo se convierte en una danza sagrada, es decir, en un ritual. Así queda coreografiada la vida social, con sus pasos básicos delineados, dejando poco margen para la improvisación. Se establece un modelo para cada acto, desde la forma en que el emperador rinde cuentas al cielo sobre su mandato, cada tres años, hasta la forma en que uno atiende en su hogar al más humilde de los visitantes y le sirve el té. La mujer de Alfred North Whitehead contó que en Cambridge había un vicario que concluía su sermón diciendo: «Por último, hermanos míos, la vida no ofrece problema alguno para quienes se conducen como es debido». Li es el plano original de Conducirse bien en la vida.

4. Te. El cuarto concepto que Confucio propuso a sus conciudadanos fue te. El significado literal de esta palabra era poder, pero con el sentido concreto del poder por el que se rigen los hombres. Sin embargo, éste es sólo el
comienzo de la definición, porque ¿qué es este poder? Hemos señalado el rechazo de Confucio a la idea de los realistas de que la única medida eficaz es el empleo de la fuerza física. El grado en que su juicio era acertado queda demostrado históricamente con una dinastía, la Ch’in, cuya política se ajustaba al concepto realista. Al comienzo, el éxito fue sorprendente pues produjo, por primera vez, la unión de China, a la que dio su nombre actual, tras convertirse de Ch’in en China. Pero la dinastía se colapsó en menos de una generación (vivo testigo de la sentencia de Talleyrand: «Se puede hacer cualquier cosa con las bayonetas, excepto sentarse sobre ellas»). Una de las historias más conocidas de todas las de Confucio cuenta cómo, hallándose éste en la cara solitaria del monte T'ai, escuchó el lamento fúnebre de una mujer. Al preguntarle por qué lloraba, la mujer respondió:
-Al padre de mi marido lo mató aquí un tigre, a mi marido también y ahora mi hijo ha corrido la misma suerte.
-¿Por qué te quedas entonces en un lugar tan terrible? -le preguntó confucio.
-Porque aquí no hay ningún gobernante opresor --replicó la mujer.
-Nunca olvidéis, discípulos -dijo Confucio a sus alumnos-, que un gobierno opresor es más cruel que un tigre.
Confucio estaba convencido de que ningún gobierno puede oprimir a todos los ciudadanos todo el tiempo, ni siquiera a una gran cantidad de ellos durante un tiempo prolongado, sino que debe contar con la aceptación de su voluntad, con una apreciable confianza en lo que está haciendo. Señalando que los tres elementos esenciales de gobierno eran la suficiencia
económica, la suficiencia militar y la confianza del pueblo, Confucio añadió que éste último era el más importante porque «si el pueblo no tiene
confianza en su gobierno, éste no podrá sostenerse».
Este consentimiento espontáneo de los ciudadanos, esta moral sin la que las naciones no pueden sobrevivir, surgen únicamente cuando el pueblo siente que sus líderes son capaces, que se dedican con sinceridad al
bien común y que poseen la clase de carácter que demanda respeto. El verdadero te, por consiguiente, es el poder del ejemplo moral. En suma, el bien no echa raíces en la sociedad ni por la fuerza ni por la ley, sino por la influencia de las personas a quienes admiramos. Todo gira en torno a la persona que dirige el gobierno. Si es astuta o inepta, no hay esperanza para
la sociedad, pero si es de verdad un Rey del Consentimiento cuyas sanciones surgen de una rectitud innata, formará un gabinete de “aliados incorruptibles”. Su total dedicación al bienestar público estimulará, a su vez, la conciencia pública de los líderes locales y seguirá su curso hasta inspirar a toda la ciudadanía. No obstante, para que el proceso funcione, los gobernantes no deben tener ambiciones personales, lo que justifica las palabras de Confucio al respecto: «Sólo son dignos de gobernar quienes preferirían ser eximidos de hacerlo».
Las siguientes sentencias resumen la idea que Confucio tenía de te:
Aquél que ejerce el gobierno por medio de su virtud [te] puede ser comparado con la estrella polar, que se mantiene en su lugar mientras las demás giran en torno a ella.
Cuando el barón de Lu le preguntó cómo debía gobernar, Confucio le respondió: «Gobernar es mantener la rectitud. Si tú, señor, conduces a tu
gente con rectitud, ¿cuál de tus súbditos se atreverá a abandonar esa línea de conducta?».
En otra ocasión, cuando el mismo gobernante le preguntó si los ingobernables debían ser ejecutados, Confucio contestó: «¿Qué necesidad hay de que el gobierno tenga la pena de muerte? Si tú muestras un sincero deseo de ser bueno, tu pueblo también será bueno. La virtud del príncipe es como el viento; la virtud del pueblo, como la hierba. Está en la naturaleza
de la hierba inclinarse cuando el viento sopla sobre ella».
El juez Holmes solía decir que a él le gustaba pagar impuestos porque tenía la sensación de estar comprando civilización. Si existe esta actitud positiva, las cosas políticas marcharán bien, pero ¿cómo puede despertarse dicha actitud? Entre los teóricos occidentales, Confucio hubiera encontrado su portavoz en Platón:
Entonces dime, Critias, ¿cómo eligirá un hombre al gobernante que ha de gobernarle? ¿No elegirá a un hombre que primero haya puesto orden en sí mismo, sabiendo que los efectos de toda decisión que surja de la cólera, del orgullo o de la vanidad pueden multiplicarse mil veces sobre los ciudadanos?
Confucio también habría secundado a Thomas Jefferson, que creía que «todo el arte de gobernar reside en el arte de ser honrado».

5. Wen. El último concepto del gestalt* confuciano es el wen, que se refiere a “las artes de la paz" en oposición a “las artes de la guerra”, es decir, a la música, la pintura, la poesía, en suma, a la cultura en su expresión estética y espiritual.
Confucio daba muchísimo valor a las artes. Un simple estribillo lo hechizó de tal manera que durante tres meses no tuvo noción de lo que comía.
Consideraba que la gente indiferente al arte era humana sólo a medias. No obstante, no era el arte por el arte en sí lo que lo atraía. Era el poder del arte para transformar la naturaleza humana y conducirla hacia la virtud lo que le impresionaba, el poder del arte (de ennoblecer el corazón) para facilitar la consideración hacia otros que, de otra manera, hubiera sido difícil.
la consideración hacia otros que, de otra manera, hubiera sido difícil.
La poesía despierta la mente; la música le da el acabado. Las odas estimulan la mente. Ellas inducen a la autocontemplación. Ellas enseñan el arte de la sensibilidad. Ellas ayudan a frenar el resentimiento. Ellas crean la base del deber de servir a los padres y al príncipe de uno.
En la noción que tenía Confucio de wen hay una dimensión política adicional. ¿Qué tiene éxito en las relaciones internacionales? La respuesta de
los realistas a esta pregunta fue nuevamente la fuerza física. Eco de ella en nuestro siglo fue la respuesta de Stalin, cuando al preguntársele qué papel tendría el papa en el ataque que contemplaba contra Polonia, éste contestó con otra pregunta: «¿Cuántos batallones tiene?». La tendencia de Confucio era completamente diferente. En último término, la victoria es del país que desarrolla


*En alemán: configuración. (N. de la T.)


Smith, Huston, LAS RELIGIONES DEL MUNDO, Editorial Kairós, Barcelona, 2011, p. 177.

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