El contenido2 de la tradición deliberada (cont.)
4. Te. El cuarto concepto que Confucio propuso a sus conciudadanos fue te. El significado literal de esta palabra era poder, pero con el sentido concreto del poder por el que se rigen los hombres. Sin embargo, éste es sólo el
comienzo de la definición, porque ¿qué es este poder? Hemos señalado el rechazo de Confucio a la idea de los realistas de que la única medida eficaz es el empleo de la fuerza física. El grado en que su juicio era acertado queda demostrado históricamente con una dinastía, la Ch’in, cuya política se
ajustaba al concepto realista. Al comienzo, el éxito fue sorprendente pues produjo, por primera vez, la unión de China, a la que dio su nombre actual, tras convertirse de Ch’in en China. Pero la dinastía se colapsó en menos de
una generación (vivo testigo de la sentencia de Talleyrand: «Se puede hacer cualquier cosa con las bayonetas, excepto sentarse sobre ellas»). Una de las historias más conocidas de todas las de Confucio cuenta cómo, hallándose éste en la cara solitaria del monte T'ai, escuchó el lamento fúnebre de una mujer. Al preguntarle por qué lloraba, la mujer respondió:
-Al padre de mi marido lo mató aquí un tigre, a mi marido también y ahora mi hijo ha corrido la misma suerte.
-¿Por qué te quedas entonces en un lugar tan terrible? -le preguntó confucio.
-Porque aquí no hay ningún gobernante opresor --replicó la mujer.
-Nunca olvidéis, discípulos -dijo Confucio a sus alumnos-, que un gobierno opresor es más cruel que un tigre.
Confucio estaba convencido de que ningún gobierno puede oprimir a todos los ciudadanos todo el tiempo, ni siquiera a una gran cantidad de ellos durante un tiempo prolongado, sino que debe contar con la aceptación de su voluntad, con una apreciable confianza en lo que está haciendo. Señalando que los tres elementos esenciales de gobierno eran la suficiencia
económica, la suficiencia militar y la confianza del pueblo, Confucio añadió que éste último era el más importante porque «si el pueblo no tiene
confianza en su gobierno, éste no podrá sostenerse».
Este consentimiento espontáneo de los ciudadanos, esta moral sin la que las naciones no pueden sobrevivir, surgen únicamente cuando el pueblo siente que sus líderes son capaces, que se dedican con sinceridad al
bien común y que poseen la clase de carácter que demanda respeto. El verdadero te, por consiguiente, es el poder del ejemplo moral. En suma, el bien no echa raíces en la sociedad ni por la fuerza ni por la ley, sino por la influencia de las personas a quienes admiramos. Todo gira en torno a la persona que dirige el gobierno. Si es astuta o inepta, no hay esperanza para
la sociedad, pero si es de verdad un Rey del Consentimiento cuyas sanciones surgen de una rectitud innata, formará un gabinete de “aliados incorruptibles”. Su total dedicación al bienestar público estimulará, a su vez, la conciencia pública de los líderes locales y seguirá su curso hasta inspirar a toda la ciudadanía. No obstante, para que el proceso funcione, los gobernantes no deben tener ambiciones personales, lo que justifica las palabras de Confucio al respecto: «Sólo son dignos de gobernar quienes preferirían ser eximidos de hacerlo».
Las siguientes sentencias resumen la idea que Confucio tenía de te:
Aquél que ejerce el gobierno por medio de su virtud [te] puede ser comparado con la estrella polar, que se mantiene en su lugar mientras las demás giran en torno a ella.
Cuando el barón de Lu le preguntó cómo debía gobernar, Confucio le respondió: «Gobernar es mantener la rectitud. Si tú, señor, conduces a tu
gente con rectitud, ¿cuál de tus súbditos se atreverá a abandonar esa línea de conducta?».
En otra ocasión, cuando el mismo gobernante le preguntó si los ingobernables debían ser ejecutados, Confucio contestó: «¿Qué necesidad hay de que el gobierno tenga la pena de muerte? Si tú muestras un sincero deseo de ser bueno, tu pueblo también será bueno. La virtud del príncipe es como el viento; la virtud del pueblo, como la hierba. Está en la naturaleza
de la hierba inclinarse cuando el viento sopla sobre ella».
El juez Holmes solía decir que a él le gustaba pagar impuestos porque tenía la sensación de estar comprando civilización. Si existe esta actitud positiva, las cosas políticas marcharán bien, pero ¿cómo puede despertarse dicha actitud? Entre los teóricos occidentales, Confucio hubiera encontrado su portavoz en Platón:
Entonces dime, Critias, ¿cómo eligirá un hombre al gobernante que ha de gobernarle? ¿No elegirá a un hombre que primero haya puesto orden en sí mismo, sabiendo que los efectos de toda decisión que surja de la cólera, del orgullo o de la vanidad pueden multiplicarse mil veces sobre los ciudadanos?
Confucio también habría secundado a Thomas Jefferson, que creía que «todo el arte de gobernar reside en el arte de ser honrado».
5. Wen. El último concepto del gestalt* confuciano es el wen, que se refiere a “las artes de la paz" en oposición a “las artes de la guerra”, es decir, a la música, la pintura, la poesía, en suma, a la cultura en su expresión estética y espiritual.
Confucio daba muchísimo valor a las artes. Un simple estribillo lo hechizó de tal manera que durante tres meses no tuvo noción de lo que comía.
Consideraba que la gente indiferente al arte era humana sólo a medias. No obstante, no era el arte por el arte en sí lo que lo atraía. Era el poder del arte para transformar la naturaleza humana y conducirla hacia la virtud lo que le impresionaba, el poder del arte (de ennoblecer el corazón) para facilitar la consideración hacia otros que, de otra manera, hubiera sido difícil.
La poesía despierta la mente; la música le da el acabado. Las odas estimulan la mente. Ellas inducen a la autocontemplación. Ellas enseñan el arte de la sensibilidad. Ellas ayudan a frenar el resentimiento. Ellas crean la base del deber de servir a los padres y al príncipe de uno.
En la noción que tenía Confucio de wen hay una dimensión política adicional. ¿Qué tiene éxito en las relaciones internacionales? La respuesta de
los realistas a esta pregunta fue nuevamente la fuerza física. Eco de ella en nuestro siglo fue la respuesta de Stalin, cuando al preguntársele qué papel tendría el papa en el ataque que contemplaba contra Polonia, éste contestó con otra pregunta: «¿Cuántos batallones tiene?». La tendencia de Confucio era completamente diferente. En último término, la victoria es del país que desarrolla el wen más alto, la más exaltada cultura -la nación que tiene el mejor arte, la filosofía más noble, la poesía más excelsa, y que manifiesta darse cuenta de que «es el carácter moral de un vecindario lo que constituye su excelencia»-, porque en el fondo son éstas las cosas que, en todas partes, producen la admiración espontánea de la gente. Los galos eran bravos luchadores y tan faltos de cultura que se les consiraba bárbaros, pero
una vez que entendieron el significado de la civilización romana se les hizo tan evidente su superioridad que nunca más, tras la conquista de César, se rebelaron masivamente contra el dominio romano. Esto no le habría sorprendido a Confucio.
*En alemán: configuración. (N. de la T.)
Smith, Huston, LAS RELIGIONES DEL MUNDO, Editorial Kairós, Barcelona, 2011, p. 177.