El proyecto confuciano
Supongamos que la tradición deliberada que Confucio trataba de crear se hubiera hecho realidad. ¿Qué le hubiera parecido la vida a un chino inmerso en ella?
Le hubiera atraído como un interminable proyecto de cultivarse a sí mismo para llegar a ser más completamente humano. En el proyecto confuciano, la persona buena es la que siempre intenta ser mejor.El proyecto no se intenta en un vacío; no es como los yogis que se retiran a las cavernas de las montañas para descubrir al Dios que llevan dentro de sí. Por el contrario, un confucianista con inclinación hacia su propia cultivación toma posición en el centro de las contracorrientes, siempre cambiantes e incesantes, de las relaciones humanas, y no desea que las cosas sean de otro modo; la santidad en solitario no tenía sentido alguno para Confucio. Pero la cuestión no se reduce a que las relaciones humanas sean gratificantes, sino que es más honda; consiste más bien en que, sin las relaciones humanas, no hay ser. El ser es un centro de relaciones, está construido por sus interacciones con otros y definido por la suma de sus roles sociales.
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Las corrientes de aire asaltan al águila, pero ésta las utiliza para controlar su altitud ajustando la inclinación de sus alas. Nuestra vida humana, al igual que un águila en vuelo, también tiene movimiento, pero la atmósfera en la cual se mueve son las relaciones humanas. El proyecto
confuciano consiste en dominar el arte de ajustar nuestras alas para elevarnos hacia la meta evasiva, pero accesible, de la perfección humana, o, como hubiera dicho Confucio, hacia la meta de ser más completamente humano.
Smith, Huston, LAS RELIGIONES DEL MUNDO, Editorial Kairós, Barcelona, 2011, p. 185.