¿Cómo podemos orar?

Despiértese por la mañana y como primer acto, dé gracias a Dios por ello, incluso si no se siente especialmente feliz respecto del día que le aguarda. 


«Este día, que el Señor ha hecho, recibámoslo con alegría y demos gracias por él». 


Una vez que haya hecho esto, dese tiempo para reconocer la verdad de lo que ha dicho y realmente sentirlo (quizá a nivel de profunda convicción y no en un modo que podría llamarse optimista). Y entonces, levántese, lávese, límpiese, haga lo que tenga que hacer y vuelva otra vez a Dios. 


Vuelva a Dios otra vez con dos convicciones. 


Una, que pertenece a Dios y otra, que este día es propiedad de Dios mismo y que es completamente nuevo y reciente. Que no ha existido nunca antes. Para decirlo con una expresión rusa, es como un vasto territorio cubierto de nieve. Nadie lo ha pisado aún. Está virgen y puro delante de usted. 


Y ahora, ¿qué viene? Lo que viene después es que usted le pide a Dios que bendiga este día, que todo en él debería ser bendecido y regido por El. 


Después de esto, usted actuará seriamente porque muchas veces uno dice: «Oh Dios, bendíceme», y después de recibir la bendición, actuamos como el hijo pródigo: cogemos todos nuestros bienes y nos marchamos a un país extranjero para llevar una vida de desorden.


Este día esta bendecido por Dios y es propiedad de Dios y ahora, entremos en él. 


Adéntrese en él como el propio mensajero de Dios; a quien quiera que encuentre, le encuentra en el camino de Dios. Está usted allí para ser la presencia del Señor Dios, la presencia de Cristo, la presencia del Espíritu; la presencia del Evangelio: ésta es su función en este día particular. 


Dios no ha dicho nunca que cuando te encuentras en una situación en Su propio Nombre, El será crucificado y tú saldrás vencedor. Debe estar usted preparado para, en nombre de Dios, como el Hijo de Dios hizo, pasar por situaciones sucesivas, situaciones de humillación, con humildad, en verdad y dispuesto a ser perseguido y demás. 


Generalmente, lo que esperamos cuando cumplimos los mandamientos de Dios es ver unos resultados maravillosos enseguida; leemos cosas así, a veces, en las vidas de los santos. Cuando, por ejemplo, nos dan una bofetada, ponemos la otra mejilla, sin pensar ni remotamente que nos van a golpear, sino esperando que la otra persona diga: «¡Oh, qué humildad!»; usted ha sido recompensado y la otra persona salva su alma. Pero no ocurre de ese modo. Usted paga los daños y muchas veces el castigo es duro. Lo que importa es que esté usted preparado para ello. 


En cuanto al día, si usted acepta que este día ha sido bendecido por Dios, elegido por Dios con su propia mano, entonces todas las personas que encuentre son un don de Dios, cada circunstancia por la que atraviese es un regalo de Dios, sea amarga o dulce, le guste o le disguste. Es el propio regalo de Dios, y si lo acepta de ese modo, puede hacer frente a cualquier situación. 


Pero debe hacerle frente sabiendo que puede pasar cualquier cosa, sea buena o no, y si camina usted en nombre de Dios a lo largo de un día que ha salido fresco y nuevo de Sus propias manos y que ha sido bendecido para que usted viva en él, en ese caso, puede usted complementar la oración y la vida como si fueran las dos caras de una moneda. Usted actúa y reza como quien respira, porque todo lo que sucede requiere la bendición de Dios.



Hace años hablé de esto en Taizé, y mantuve correspondencia con unos treinta chicos y chicas de allí. Una de ellas me escribió diciendo: «He intentado seguir su consejo. Lo intenté con toda energía. No he dejado pasar un minuto sin actuar y orar, actuar y orar y ahora no puedo oír la palabra de Dios. No puedo soportar esta clase de oración». Yo le contesté: «Has cogido una indigestión. Debías haber usado el sentido común en la oración como se usa en la vida ordinaria. No puedes empezar, si no has orado nunca antes, con dieciocho horas de diálogo y oración con Dios continuamente mientras haces otras cosas. Pero puedes fácilmente reservar unos minutos y concentrarte en ellos con toda energía. Simplemente vuelve los ojos hacia Dios, sonríele y adelante. Hay momentos en que puedes decir a Dios: «Sencillamente tengo que descansar un poco. No tengo fuerzas para estar contigo todo el tiempo», lo cual es perfectamente cierto. Usted no es capaz todavía de estar en compañía de Dios todo el tiempo. Pues, bien, dígalo. Dios lo sabe perfectamente, haga usted lo que haga. Váyase aparte y diga un momento: «Voy a descansar. Por un momento acepto ser menos perfecto».


Así podemos descansar y contemplar las cosas que también son cosas de Dios —árboles y edificios—y luego, después de un rato, volver a El. Si intentamos orar continuamente, nos sentiremos vencidos muy pronto, pero si escogemos momentos inteligentemente, podremos hacerlo.


Si hace esto, podrá orar. Puede hacer la prueba, pero no olvide ser sobrio, porque existe un pecado que los Padres Espirituales llamaban «codicia espiritual», que consiste en querer más y más de parte de Dios cuando usted debería ponerse a dieta y contentarse con un poco, que es suficiente para sus necesidades.



Comenzar a Orar, El Metropolitano de Sourozh, Anthony Bloom, p. 29.

Entradas más populares de este blog

B-El sendero (Biblia) de la vida recta

Rezo del Viacrucis

Examen de Conciencia - Jesuitas