«Jesús, hijo de David, ten piedad de mí»

Sabemos por los Evangelios que Bartimaeus se encontraba al lado del camino, ciego sin remedio, sin fe ni esperanza en ayuda humana y reducido a mendigar para ganar su vida, sin esperar realmente en la caridad (la palabra significa cuidado), sino en la clase de caridad que consiste en arrojar unas monedas a alguien a quien ni siquiera has mirado. Y un día este hombre, que ya ha abandonado la esperanza, que estaba sentado sobre el polvo en su ceguera total, oyó hablar del hombre, un nuevo profeta que estaba haciendo milagros por Tierra Santa. Si hubiera tenido ojos probablemente habría echado a correr por el país hasta encontrarle, pero no podía seguir los movimientos de aquel hacedor de maravillas. Así que permaneció donde estaba y la existencia de uno, que posiblemente podía curarle, debió acrecentar su desesperación, agudizarla. Y un día percibió el paso de una multitud, una multitud que no se parecía a otras multitudes. Probablemente, como todos los ciegos, había desarrollado el sentido de la audición y una sensibilidad más fina que la nuestra, porque preguntó: «¿Quién pasa por aquí?» Y le dijeron: «Jesús de Nazaret». Y entonces se puso de pie en un acceso de extrema desesperación y de extrema esperanza. Extrema esperanza, porque Cristo estaba a su alcance, pero al fondo, latente, la desesperación porque en unos pocos pasos podía estar al lado de Bartimaeus y unos pocos pasos más podían apartarle de él y probablemente no volvería a cruzarse en su camino nunca más. Y movido por aquella desesperada esperanza empezó a gritar y clamar: «Jesús, hijo de David, ten piedad de mí». Fue una perfecta profesión de fe. Y en aquel momento, como su desesperación era tan grande, pudo sacar de sí tan atrevida esperanza de ser curado, salvado, recuperado. Y Cristo le oyó.

Hay un grado de desesperación que está fundido a la total y perfecta esperanza. Este es el punto en el cual, por habernos introducido en nosotros mismos, estaremos en disposición de orar; y entonces «Señor, ten misericordia» es bastante. No necesitamos hacer ninguno de los elaborados discursos que se encuentran en manuales de oración. Es bastante exclamar simplemente en medio de la desesperación: «¡Socorro!» y seréis escuchados.

A menudo no encontramos suficiente intensidad en nuestra oración, suficiente convicción, suficiente fe, porque nuestra desesperación no es bastante profunda. Queremos a Dios, además de muchas otras cosas que tenemos, queremos su ayuda, pero simultáneamente tratamos de hallar apoyo en cualquier sitio, y guardamos a Dios en la reserva como nuestro último cartucho. Nos dirigimos a los príncipes y a los hijos de los hombres y decimos: «Oh, Dios, dales la fuerza para que me ayuden». Pocas veces dejamos de lado a los príncipes y a los hijos de los hombres y decimos: «No voy a pedir ayuda a nadie, prefiero Tu ayuda». Si nuestra desesperación viene de suficiente profundidad, si lo que pedimos y por lo que clamamos es tan esencial que contiene todas las necesidades de nuestra vida, entonces encontraremos palabras de oración y seremos capaces de alcanzar el centro de la oración y encontrarnos con Dios.


Comenzar a Orar, El Metropolitano de Sourozh, Anthony Bloom, p. 27.

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