Nombre para hablar con Dios
En el proceso de la búsqueda habrá sufrido usted pena, angustia, esperanza, confianza, toda la serie de emociones humanas. Dios habrá sido el Deseado y habrá sido el Frustrante. Habrá sido Aquel por quien usted suspira y Aquel a quien odia porque se le escapa, Aquel a quien ama por encima de todas las cosas, sin Quien usted no puede vivir y a Quien no puede perdonar, porque no contesta, y muchas otras cosas. Y a lo largo de esta búsqueda surgirán gradualmente palabras, con las que podrá hablar con Dios por su propia experiencia en la búsqueda del Santo Grial, palabras que serán particulares suyas. Puede notar que coinciden con muchas palabras que han usado otros. Entonces cesarán de ser palabras anónimas, serán palabras que tendrá usted en común con otra gente, pero que se han convertido en palabras verdaderamente suyas. Pero no use palabras que están en un diccionario corriente, palabras que no le pertenezcan. Cuando comience a oír que suena una cadena al otro lado de la puerta, cuando sienta que ésta se va a abrir, entonces pronuncie las palabras propias y llame a Dios por el nombre con que le distingue en su propia vida. En ese momento se habrán encontrado. En la relación de eterna dependencia y de enriquecimiento que sigue, tendrá mucho tiempo para descubrir otras palabras, para desechar las palabras de odio y de angustia. Como los mártires de los que se habla en el Libro de la Revelación, dirá usted: «Tú has sido justo y verdadero en todo momento». Y estas palabras borrarán todas las palabras de amargura, todos los nombres de tono cruel, pero usted conservará los nombres personales, creados por usted, que serán una relación real y un modo auténtico de comunicarse con el Dios vivo.
Lo que he dicho respecto al aprendizaje de la oración es, yo creo, bastante práctico como para que usted pueda ejercitarse. Es obvio que se podía haber dicho mucho más sobre otras cosas, pero trate de ensayar en torno a lo que le he sugerido y verá que no es una pérdida de tiempo. Busque un nombre, y si no tiene un nombre, no se sorprenda de que nadie le oiga: no llama a nadie.
Comenzar a Orar, El Metropolitano de Sourozh, Anthony Bloom, p. 42.