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Estén siempre alegres (gaudete)

Estén siempre alegres (gaudete) 16 Estén siempre alegres, 17 oren sin cesar 18 y den gracias a Dios en toda ocasión; ésta es, por voluntad de Dios, su vocación de cristianos. 19 No apaguen el Espíritu, 20 no desprecien lo que dicen los profetas. 21 Examínenlo todo y quédense con lo bueno. 22 Eviten toda clase de mal, dondequiera lo encuentren. 23 Que el Dios de la paz los haga santos en toda su persona. Que se digne guardarlos sin reproche, en su espíritu, su alma y su cuerpo, hasta la venida de Cristo Jesús, nuestro Señor. 24 El que los llamó es fiel, y así lo hará.  Primera Carta de Pablo a los Tesalonicenses 5, 16-24

Las siete palabras de Jesús en la cruz

 Las siete palabras de Jesús en la cruz por Karl Rahner, SJ Escrito por Ecclesia Digital Primera Palabra: "PADRE, PERDÓNALOS PORQUE NO SABEN LO QUE HACEN” (Lc 23,34) Cuelgas de la cruz. Te han clavado. No te puedes separar de este palo erguido sobre el cielo y la tierra. Las heridas queman tu cuerpo. La corona de espinas atormenta tu cabeza. Tus manos y tus pies heridos son como traspasados por un hierro candente. Y tu alma es un mar de desolación, de dolor, de desesperación. Los responsables están ahí, al pie de la cruz. Ni siquiera se alejan para dejarte, al menos, morir solo. Se quedan. Ríen. Están convencidos de tener la razón. El estado en que estás es la demostración más evidente: la prueba de que su acto no es sino el cumplimiento de la justicia más santa, un homenaje a Dios, del que deben estar orgullosos. Se ríen, insultan, blasfeman. Mientras tanto cae sobre ti, más terrible que los dolores de tu cuerpo, la desesperación ante tal iniquidad. ¿Existen hombres capaces de ta...

Dios nos visita con el dolor o con la alegría

Y cuando en medio de este desengaño de todo lo de acá, que todo cristiano debe vivir, sentimos que sólo uno es capaz de recoger ese nuestro ser total, que queremos entregar en un incontenible impulso de amor; cuando soportamos a pie firme ese profundo y total desengaño de todo, sin desesperación y sin ilusión; entonces comenzamos a amar a Dios. Suspiramos por algo, y no sabemos a punto fijo qué es, pero estamos bien seguros de que es algo que el mundo no nos puede dar. Y a este desconocido ser, ansiado y amado, debemos darle, con exclusión de todo otro ser, su propio nombre: Dios. Así despierta espontáneamente el amor a Dios en nuestra alma; casi sin advertirlo, suspira el hombre por el Dios de su corazón y por su participación en la eternidad. Así, suave y espontáneamente, comienza a buscar a Aquel Único que permanece cuando todo se hunde, a Aquel Único que nos envuelve y nos ama, al Dios de los deseos de nuestro pobre corazón. Otras veces no es este desengaño de las cosas de acá lo q...

Las tenues llamadas de nuestro inquieto corazón hacia Dios

Si nos parece muchas veces que no tenemos poder alguno sobre nuestro frío corazón, podemos siempre, al menos, una cosa: poner oído atento a los callados, tímidos, casi inconscientes movimientos de este amor de Dios, a las tenues llamadas de nuestro inquieto corazón hacia Dios. Los mil afanes de nuestra vida nos dejan con frecuencia cansados y desabridos; las mismas alegrías se tornan insípidas; presentimos a veces que aun nuestros mejores amigos quedan lejos de nosotros, y las mismas palabras de cariño de los hombres de nuestra mayor intimidad penetran en nuestros oídos como de lejos, lánguidas y frías. Todo lo que el mundo valora lo sentimos como vana granjería sin valor de fondo. Lo nuevo se hace viejo, los días quedan atrás, el seco saber se torna vacío y frío, la vida se marcha, la riqueza se evapora, el favor del vulgo sabe a capricho, los sentidos se embotan, el mundo es cambio, los amigos mueren. Y todo esto no es más que la suerte común de la vida ordinaria, aunque los hombres ...

Oración a Nuestra Señora de Guadalupe - Rezandovoy

  https://rezandovoy.org/reproductor/oracion/2020-12-12

Dame que yo me deje amar por Ti; porque aun esto es don Tuyo

Una cosa queda por declarar de este amor de Dios para que no sea mal comprendido. Verdad es que en mayor o menor grado vibra en el altar del corazón de todo hombre la llama del impulso a olvidarse de sí, a entregarse al más alto (esto aun en la rencorosa llama del perdido y desesperado que no puede amar); pero esta llama no es aún por sí sola el amor a Dios, ni aun por el solo hecho de subir hacia Aquél que llama su Dios. Tal impulso hacia arriba sólo entonces es amor cristiano cuando Dios lo salva con su gracia. Esto quiere decir dos cosas. Primero, que Dios ha de preservar este altísimo vuelo del hombre (preservarlo, salvarlo) de constituirse en una suprema expresión de soberbia, en pretensión loca de hacerse por su propio esfuerzo semejante a Dios, o en centelleante impaciencia de arrebatar para sí a Dios. Sólo cuando la inaccesible majestad y santidad del Dios eterno se abaja al hombre; cuando el hombre, para su gran bien, se hunde en adoración ante el lejano Dios, y postra ante Él...

La gozosa certeza de que primero nos amó Dios

 Y este amor de Dios se estremece con la gozosa certeza de que primero nos amó Él, y de que en todo momento responde a la llamada del amor, que sube hasta su corazón desde este valle de lo caduco y de la muerte. El amor no piensa en sí, es delicado y fiel; ama a Dios por Él mismo y no por la paga, pues él se es a sí mismo bastante paga. Aguanta en las horas turbias, sobrepuja amarguras; las aguas de la aflicción no llegan a apagarlo; es callado y no gusta de muchas palabras; porque el amor grande es casto y recatado. Valiente y confiado, y con todo respetuoso, odia la plebeya confianza y descorteses maneras ante el incomprensible Dios, pues no es amor a un cualquiera, sino amor a todo un Dios. El amor es un adherirse a otro, un darse todo a otro; por ello todo lo noble e indeciblemente sabroso encerrado en lo supremo y último que un corazón amante puede hacer, deriva de aquello que se ama. Por ello es tan supereminentemente santo y grande el amor de Dios; por ello es inextinguible....