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Dicho en una palabra, a la fe

 “Hermann Hesse experimentó en su propia carne estas contradicciones de los esfuerzos humanos. En una de sus cartas escribe que el camino de la lucha por el bien termina inevitablemente en desesperación y fracaso, es decir, termina en la comprensión de que no existe realización pura de las virtudes, ni obediencia perfecta, ni un servicio cumplido, que la justicia es un ideal inasequible y la bondad un bello deseo irrealizable. Este pesimismo lleva o al hundimiento espiritual o a instalarse en un tercer del espíritu, es decir, en una atmósfera y vida nueva más allá de la ley y la moral, en un anticipo de gracia y salvación, en un nuevo género de suprema irresponsabilidad, dicho en una palabra, a la fe. Pasaje de: Anselm Grün & Meinrad Dufner. “Una espiritualidad desde abajo.” ePubLibre, 1994-01-01. iBooks.  Es posible que este material esté protegido por copyright.

Imposibilidad de vivir según la voluntad de Dios

 “Sólo cuando se ha llegado a la conclusión de la imposibilidad de vivir por una parte una vida según la voluntad de Dios y por otra, a la convicción de no ser posible trasformar nuestras deficiencias con el propio esfuerzo, se está en disposición de comprender el alcance del abandono total y confiado en las manos de Dios.” Pasaje de: Anselm Grün & Meinrad Dufner. “Una espiritualidad desde abajo.” ePubLibre, 1994-01-01. iBooks.  Es posible que este material esté protegido por copyright.

Atribuir los logros de mi espiritualidad a merecimientos propios

 “Llegará un día en que me sienta cansado de tanto ensayo de trasformación. Tanto intento de sentirme libre en Dios no será entonces virtud mía de la que pueda enorgullecerme sino la expresión de este presentarme desnudo ante ti. Entonces me dejaré caer en Dios porque es la única posibilidad que me queda. Y me sentiré al fin libre de tanta absurda pretensión de atribuir los logros de mi espiritualidad a merecimientos propios.” Pasaje de: Anselm Grün & Meinrad Dufner. “Una espiritualidad desde abajo.” ePubLibre, 1994-01-01. iBooks.  Es posible que este material esté protegido por copyright.

Nombre para hablar con Dios

En el proceso de la búsqueda habrá sufrido usted pena, angustia, esperanza, confianza, toda la serie de emociones humanas. Dios habrá sido el Deseado y habrá sido el Frustrante. Habrá sido Aquel por quien usted suspira y Aquel a quien odia porque se le escapa, Aquel a quien ama por encima de todas las cosas, sin Quien usted no puede vivir y a Quien no puede perdonar, porque no contesta, y muchas otras cosas. Y a lo largo de esta búsqueda surgirán gradualmente palabras, con las que podrá hablar con Dios por su propia experiencia en la búsqueda del Santo Grial, palabras que serán particulares suyas. Puede notar que coinciden con muchas palabras que han usado otros. Entonces cesarán de ser palabras anónimas, serán palabras que tendrá usted en común con otra gente, pero que se han convertido en palabras verdaderamente suyas. Pero no use palabras que están en un diccionario corriente, palabras que no le pertenezcan. Cuando comience a oír que suena una cadena al otro lado de...

¿Cómo podemos orar?

Despiértese por la mañana y como primer acto, dé gracias a Dios por ello, incluso si no se siente especialmente feliz respecto del día que le aguarda.  «Este día, que el Señor ha hecho, recibámoslo con alegría y demos gracias por él».  Una vez que haya hecho esto, dese tiempo para reconocer la verdad de lo que ha dicho y realmente sentirlo (quizá a nivel de profunda convicción y no en un modo que podría llamarse optimista). Y entonces, levántese, lávese, límpiese, haga lo que tenga que hacer y vuelva otra vez a Dios.  Vuelva a Dios otra vez con dos convicciones.  Una, que pertenece a Dios y otra, que este día es propiedad de Dios mismo y que es completamente nuevo y reciente. Que no ha existido nunca antes. Para decirlo con una expresión rusa, es como un vasto territorio cubierto de nieve. Nadie lo ha pisado aún. Está virgen y puro delante de usted.  Y ahora, ¿qué viene? Lo que viene después es que usted le pide a Dios que bendiga este día,...

Estoy aquí en la presencia de Dios

¿Qué podemos hacer? Este es el primer ejercicio. Puede hacerse en momentos en los que no tenga absolutamente nada que hacer, cuando nada le impulse hacia adelante o hacia atrás o cuando pueda emplear cinco minutos, tres minutos o media hora de ocio y de no hacer nada. Usted se sienta y dice: «Estoy sentado. No estoy haciendo nada. No haré nada durante cinco minutos» y luego se tranquiliza y constantemente durante este tiempo (uno o dos minutos es lo más que podrá aguantarlo para empezar) se dice: «Estoy aquí en la presencia de Dios, en mi propia presencia y en presencia del mobiliario que me rodea, quieto, sin moverme». Hay, desde luego, una cosa más que debe hacer: debe decidir que en el espacio de esos dos minutos, cinco minutos, que se ha asignado para aprender que el presente existe, no será distraído ni por el teléfono, una llamada a la puerta o un súbito empuje de energía que le impulse a hacer enseguida lo que ha dejado de hacer durante los diez años últimos. Así ...

«Jesús, hijo de David, ten piedad de mí»

Sabemos por los Evangelios que Bartimaeus se encontraba al lado del camino, ciego sin remedio, sin fe ni esperanza en ayuda humana y reducido a mendigar para ganar su vida, sin esperar realmente en la caridad (la palabra significa cuidado), sino en la clase de caridad que consiste en arrojar unas monedas a alguien a quien ni siquiera has mirado. Y un día este hombre, que ya ha abandonado la esperanza, que estaba sentado sobre el polvo en su ceguera total, oyó hablar del hombre, un nuevo profeta que estaba haciendo milagros por Tierra Santa. Si hubiera tenido ojos probablemente habría echado a correr por el país hasta encontrarle, pero no podía seguir los movimientos de aquel hacedor de maravillas. Así que permaneció donde estaba y la existencia de uno, que posiblemente podía curarle, debió acrecentar su desesperación, agudizarla. Y un día percibió el paso de una multitud, una multitud que no se parecía a otras multitudes. Probablemente, como todos los ciegos, había desarr...